Crítica de ‘Omaha’: Conmovedor viaje entre la iniciación y el duelo.

Cuando uno piensa en «Omaha», puede hacerlo en la playa francesa donde tuvo lugar uno de los asaltos más sangrientos del desembarco de Normandía, clave para el desenlace final de la Segunda Guerra Mundial, o también en la variante del juego de cartas que tiene su alter ego en otra ciudad norteamericana: el póker Texas Hold’em. Ni una ni la otra, ni tan siquiera la propia mención a la ciudad más grande del estado de Nebraska, espacio físico que sí aparece en la película que supone el debut en la dirección de Cole Webley.
Omaha es un lugar etéreo, evocador, que sobrevuela el film sin apenas mencionarse y que tiene que ver, en esencia, con todo lo que pasa por la cabeza de John Magaro (Past Lives), el único miembro del trío que conforma esta familia rota cuyo nombre no llega a pronunciarse a lo largo de todo el metraje, y de su hija mayor, Ella, que deberá pasar de la infancia a la madurez de manera precoz.
Omaha también es un contexto, el de la gran crisis económica e inmobiliaria que asoló Estados Unidos –y, por ende, al mundo occidental– allá por 2008, pero cuyas consecuencias sobre las personas podrían ser las de cualquiera. De representar esa universalidad se encarga su director, insinuando, pero en ningún caso subrayando, cualquier marco que pueda subyugar el verdadero centro de Omaha, que en todo momento es la emoción.
Una sugerida ya en el primer plano de la película, que muestra una encimera repleta de flores marchitas y cartas abiertas, antes de dar paso a una silla vacía, la de una ausencia que apenas se nombra, pero que siempre está presente en la road movie en la que se embarcan este padre, sus dos hijos –a los que saca de la cama de madrugada– y el perro, ante el inminente aviso de desahucio por parte de las autoridades.
Es precisamente el punto de vista que escoge para aportar esta información –el de la niña desde el interior del coche, observando cómo su padre conversa con una agente de policía sin que nosotros escuchemos lo que dicen– uno de los valores narrativos más interesantes de esta ópera prima que obtuvo reconocimiento en el Festival de Sundance de 2025 y que posteriormente se presentó en el Festival de Cine de Gijón. Un punto de vista que va alternándose, evolucionando y modificándose a medida que avanza una historia cuyo peso, como el del coche que ambos personajes empujan hasta arrancar en varias ocasiones, recae sobre el padre y la hija mayor.

A caballo entre el viaje iniciático de Ella, a quien Webley otorga en varias escenas el papel de madre con el niño menor de esta familia, que apenas tiene tres años, y la carga anímica tan insoportable como persistente que comporta el personaje de John Magaro, que, ante una profunda depresión marcada por el duelo y la inactividad laboral, ha caído en un agujero de autodestrucción cuyo único haz de luz es salvar a sus hijos de sí mismo.
Resulta interesante la construcción de este personaje, del que ni siquiera vemos la cara en los primeros compases de la película y que, en otras escenas, aparece hundido en la parte inferior del encuadre o lateralizado hasta casi desaparecer, síntomas visuales indicativos de la inestabilidad emocional y la afectación psicológica que le están ocasionando los elementos familiares y las consecuencias económicas de la crisis.
John Magaro logra aportar matices a un personaje que apenas verbaliza lo que siente y cuyos actos son, en ocasiones, difíciles de aceptar para el espectador, y que le dan mayor profundidad y bagaje a un tipo que, por las circunstancias que le rodean, no ha tomado las mejores decisiones posibles y, con toda probabilidad, ya no quiera tomar ninguna más.

Es ahí donde aparece el personaje de Ella, catalizador de los conflictos y decisiones del padre, a la vez que espejo en el que se refleja la compleja realidad social y económica de los Estados Unidos de la Gran Depresión. Lejos de mostrarla como alguien inocente y naíf, Webley otorga a la joven Molly Belle Right la responsabilidad de construir un personaje que inicia un viaje transformador en el que su papel cambia de hija a madre, y en el que deberá madurar a pasos agigantados hasta las últimas consecuencias de la película. La crudeza y la fuerza que la actriz mantiene durante toda la película, así como la ternura con la que mina los momentos con su hermano pequeño, destacan muy por encima de lo que se podría esperar de una intérprete que tan solo tenía once años durante el rodaje de Omaha.

Afín al carácter desgarrador e intimista del que está cargado este viaje, la luz del crepúsculo o del amanecer suele estar presente en las situaciones de mayor reflexión de sus dos personajes protagónicos, y la tonalidad terrosa de la Norteamérica profunda acompaña y da una sensación de páramo sobre el que asirse a algo que pueda sostener el carácter trágico de la historia de esta familia.

Pocas veces destacaré o defenderé en una película la decisión de contar el contexto a través de un mensaje escrito al inicio o al final, pero Cole Webley logra que el mensaje final, que aparece cuando la pantalla funde a negro, ofrezca otra perspectiva al espectador que desconoce las leyes o la administración americanas de los últimos veinte años, haciendo que haya que volver a repensar el visionado para encajar aún mejor las piezas de este viaje.

Omaha es un notable debut en el largometraje que Cole Webley utiliza, además, para reivindicar una situación de desprotección infantil y tragedia que muchas familias de lo que denominamos «primer mundo capitalista» viven cuando hay una crisis económica que las arrastra a la crisis social. Una relación padre-hija que logrará conectar con el espectador a través de la emoción, desde los silencios, y con algún toque de sentimentalismo que le hubiera ido mejor a la propuesta.
NOTA: ★★★½
«OMAHA», YA EN CINES.
TRÁILER DE OMAHA:
PÓSTER DE OMAHA:

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