Crítica de ‘Scarlet’ (‘Hateshinaki Sukāretto’): Hamlet en femenino.

Mamoru Hosoda, el cineasta japonés nominado al Óscar, vuelve a los clásicos literarios con Scarlet, una adaptación libre de Hamlet, tras el éxito de taquilla que cosechó hace cinco años con su película Belle, inspirada en La bella y la bestia.

Scarlet nos sitúa en una Dinamarca reimaginada, ejecutando una deconstrucción de la tragedia shakespeariana antes mencionada. La trama sigue a una princesa medieval en su misión vengativa tras el asesinato de su padre a manos de su tío Claudio. Este cometido se tuerce cuando es envenenada por Claudio y queda atrapada en «El Otro Mundo», un limbo donde conviven muertos y vivos vagando eternamente.
Allí, se encuentra con varios personajes, entre ellos, una mujer-espíritu divino que recuerda a La Bruja del Páramo de El castillo ambulante y que se introduce como narrador omnisciente con su voz en off. También aparece Hijiri, un hombre idealista y empático, que actúa como la conciencia de Scarlet y que resulta ser un enfermero del Japón actual que tiene claros sus valores: el cuidado y la bondad por encima de todo. Acompañada por él, la protagonista realiza un viaje de autodescubrimiento, en el que choca constantemente con su ansia de venganza.

La cinta de animación propone una combinación entre personajes en 2D y entornos generados por 3DCG –los cuales añaden realismo y acción–, oscilando entre el isekai (subgénero de fantasía donde el personaje principal es transportado a un mundo paralelo) y la épica medieval. Aunque en este sentido la obra es espléndida y hermosa visualmente, su narrativa peca de abarcar demasiados temas y desafiar el tiempo, resultando redundante, de metraje excesivo y demasiado ambiciosa.
Hosoda toma también referencias pictóricas, como El Bosco o Rembrandt, y la película Ran, de Kurosawa, haciendo que destaque el gran uso del color y las capas, que crean una sensación hipersensorial. Los bellos paisajes, cubiertos por tonos rosáceos y cianes, contrastan con el cromatismo de «El Otro Mundo», donde la acción bélica y la desolación se manifiestan en la oscuridad y en un rojo intenso. No obstante, este efectismo pierde el hilo narrativo y, como consecuencia, la historia se alarga innecesariamente.

Entre tanto, Hosoda nos lleva a un viaje temporal, contándonos la historia actual del joven enfermero, además de introducirnos en diferentes culturas y puntos de vista. Totalmente reflexiva y antibelicista, la película no solo habla del perdón, del significado de la justicia y de la muerte, sino que se recrea especialmente en el mensaje piadoso de Hijiri, que termina siendo repetitivo y vacío, forzando incluso un fugaz enamoramiento entre nuestros dos protagonistas, con escenas que nos remiten directamente a La La Land.

Igualmente, hay un contraste entre mundos: el medieval, con Dinamarca representada como conflicto, rencor y tragedia clásica; y el actual, con Japón como presente y curación. Con todo, cabe destacar el montaje para unir ambos. Hosoda muestra su ingenio a través del match-cut, cosiendo ambas realidades y, a la vez, haciéndonos ir y volver de una a otra. El uso rápido y agresivo de las escenas de peleas se desvanecen en pausados y contemplativos planos de Hijiri, mostrando, con virtuosa técnica, las diferencias entre los personajes.

Finalmente, nos quedamos con Hamlet y con su frase «hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía», pues el director nipón propone un diálogo entre lo terrenal y el más allá.
NOTA: ★★½
«SCARTET», ESTRENO HOY EN CINES.
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