Crítica de la serie ‘Bajo la superficie’ (‘Below’): ¿Y si ‘Tiburón’ hubiera echado el ancla en Terranova?

Una casa surca el mar remolcada por una barquita en la que viajan sus habitantes. Algo va mal, y el padre de la familia se adentra en ella para averiguar qué ocurre. De buenas a primeras, una fuerza invisible la arrastra hacia el fondo y la vivienda empieza a hundirse hasta que el océano se la traga. La onírica y atmosférica escena, levantada con efectos prácticos, dialoga con una página de la historia de Terranova: el Programa de Reasentamiento, todavía vigente. Si al menos el 75 % de los vecinos de una comunidad vota a favor de marcharse, el Gobierno les ofrece una compensación económica. En las primeras décadas del programa, no era raro ver a familias enteras cambiar de puerto con su hogar, dulce hogar, flotando sobre el agua.
Es una de esas secuencias de apertura que se quedan a vivir en la retina, tanto en la nuestra como en la del crío, su hijo, que ha cortado la cuerda para no acabar compartiendo código postal con Bob Esponja y se queda ojiplático ante un no sé qué que atisba en el agua. A la vista de lo que viene después, también es un aviso a navegantes de lo que Bajo la superficie (Below) pudo ser y, lamentablemente, no llegó a ser.

Saltamos en el tiempo. Aquel niño es Calvin Penney, ahora pescador, padre soltero de tres hijos y anclado –nunca mejor dicho– en aquella tragedia. Es verano en la neblinosa costa atlántica de Canadá, durante el Come Home Year, una tradición real en la que los isleños que se marcharon a buscarse la vida fuera vuelven al nido por unas semanas. Os podéis hacer a la idea: lo que en Tiburón (1975) era el 4 de julio en la isla de Amity, aquí es este gran reencuentro familiar el momento elegido por una criatura marina sin identificar para aguar la fiesta (valga el chiste). Para proteger al clan Penney, Calvin acabará haciendo piña con una bióloga marina recién llegada a la isla.

En la red de Bajo la superficie hay buena pesca. Josh Hartnett (Oppenheimer, La trampa), que sigue disfrutando de su particular Josh-aissance, da vida a este traumatizado lugareño, y sus tres hijos son Charlie Heaton (Stranger Things), a quien, después de vérselas con el Demogorgon, lo de los monstruos no le pilla de nuevas; Ruby Stokes, la cazafantasmas titular de Lockwood & Co.; y Rohan Campbell, otro veterano del género (Halloween: El final).

La otra gran captura de la miniserie (o eso dicen, porque su final cierra la historia tanto como la deja abierta a una continuación) está detrás de la cámara. La fotografía baña cada plano en una paleta fría, de un verde agua lechoso y desaturado, que se extiende del cielo y el mar hasta la piel de los personajes, mientras el formato panorámico, en torno al 2,20:1, los empequeñece frente al paisaje terranovense. El resultado es una ambientación irreprochable, propia de las mejores leyendas marineras. Si el terror acompañara, hablaríamos de otra cosa.
Esas estampas tienen, además, denominación de origen. Rodados sobre el terreno, en St. John’s, sus seis episodios se empapan de la idiosincrasia de Terranova: el acento de sus gentes y los oficios de toda la vida, algunos tan insólitos como la pesca de icebergs, en la que marineros salen a la caza de estas gigantescas moles de hielo flotante para vender sus bloques a pubs y destilerías, donde acaban convertidos en agua pura, cerveza artesanal y vodka. Y, sobre todo, esa relación casi simbiótica con un mar que alimenta, amenaza y define una forma de vida que se resiste a desaparecer. Todo ello hace de la ficción creada por Jesse McKeown (The Umbrella Academy) una ventana a un rincón del mundo que muy pocos conocemos y que rara vez se deja ver en pantalla.

Lástima de su desarrollo, cada vez más absurdo («bruja del mar» incluida, lo que invita a compararla con la de La maldición de Widow’s Bay, una serie superior en todos los aspectos), de unos personajes trazados con brocha gorda y de unas situaciones surgidas del enorme témpano varado en el puerto, cargadas de potencial para el horror, pero incomprensiblemente desaprovechadas.
Dicen que de un iceberg solo asoma una décima parte y que el grueso se esconde bajo el agua. Aquí ocurre justo al revés: lo mejor flota a la vista de todos, en la superficie, mientras que lo que hay debajo –la bestia marina, el misterio, el miedo, los mensajes ecologistas y anticapitalistas– acaba haciendo aguas (expresión que nunca vino tan a cuento). Y ya que hablamos de lo que hay bajo la superficie, hagamos la prueba. Si pasáramos la producción canadiense por ese medidor de la calidad del hielo que aparece en pantalla, no daría la talla para el whisky de las grandes ocasiones, pero sí se llevaría el sello de apta para el consumo.

Como aquella casa del primer episodio, Bajo la superficie zarpa a flote y termina en el fondo del mar. Eso sí, nos deja con ganas de hacer las maletas rumbo a Terranova para someternos a la ceremonia del screech, el ritual con el que la isla da la bienvenida a los forasteros: un chupito de ron oscuro de origen jamaicano y un beso en los morros a un bacalao (ugh, esto último nos lo saltaremos).
NOTA: ★★½
«BAJO LA SUPERFICIE» SE ESTRENA EL 8 DE OCTUBRE EN NETFLIX.
TRÁILER DE BAJO LA SUPERFICIE:
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