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Crítica de ‘Mr. Scorsese’: Alabado sea Marty.

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Que Mr. Martin Scorsese ascendió al Olimpo de los Dioses Cinematográficos desde hace décadas es algo aceptado por el público y la crítica de forma unánime. Tal vez el director de la llamada Generación de los 70 (Los Spielberg, Coppola, De Palma) con una filmografía más brillante, unitaria y coherente, aunque, por supuesto, no exenta de tropiezos y valles, que no restan ni un ápice de genialidad al asmático maestro neoyorkino.

Varios han sido los documentales que han tratado su obra a lo largo de los últimos años, pero esta miniserie de cinco capítulos que lanza Apple TV, Mr. Scorsese, se erige como el pentáptico definitivo, un «film-retrato» que viene a hacer justicia al llamado estilo scorsesiano, a sus temáticas y obsesiones, en resumen, a la imponente filmografía que Marty inició allá por los años 60.

Rebecca Miller (Llegó a mí)  actriz, escritora, guionista, directora, hija del dramaturgo Arthur Miller y esposa de Daniel Day Lewis –con el que Scorsese ha trabajado en dos ocasiones– parece la elección perfecta para este panegírico que abarca desde su infancia en Queens y Little Italy hasta sus últimos trabajos y proyectos, que, en la actualidad, con casi 83 años, tiene en marcha.

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Toda la miniserie se estructura en torno a una idea central, la dualidad de Scorsese (en definitiva, la de todos nosotros, miserables humanos) como santo y pecador, cura y gánster, dios y demonio, y, por ende, su elevación iluminada a los altares cinematográficos y su descenso más sombrío al infierno de la cocaína.

Tal vez el periplo dedicado a su infancia en el primer capítulo sea de los más interesantes y reveladores: cómo el severo asma que padecía le obligaba a permanecer en casa mientras los otros niños jugaban en la calle, y él tenía que conformarse con mirarlos –filmarlos– desde su ventana, imaginando todo tipo de historias a través de los storyboards que elaboraba desde muy pequeño. También, cómo le influyó de manera decisiva el barrio donde creció –Little Italy– a la hora de conformar su imaginario y su sentido de la moral. La violencia arraigada en las calles, ejercida por los «wise guys» (mafiosos, para que nos entendamos), que tantas veces acabaría retratando en sus películas con esa mezcla de rechazo, fascinación, respeto y odio que Scorsese profesa hacia ellos; no en vano, algunos de los que aparecen en el documental, como Sally Gaga, serían fuente directa de inspiración para personajes como Johnny Boy (Robert De Niro) en Malas calles (1973). 

Y mientras, en esa aparente contradicción de la que hablábamos, el enorme influjo de un sacerdote católico llamado Padre Príncipe, que le ayudaba a encontrar alivio espiritual en medio de tanta violencia. Sin olvidar la importancia capital de las horas y horas metido en las salas de cine con aire acondicionado –que le permitía sobrellevar el asma ante el tremendo calor del verano neoyorquino–, absorbiendo el cine neorrealista y profundamente humano de Rossellini, Visconti y De Sica.

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Uno de los grandes ejes de la importancia de Scorsese en la historia del cine –tan imitado hasta nuestros días– es la creación de un Estilo (sí, con mayúsculas) propio, único e innovador, que comenzó a fraguar desde sus primeros cortometrajes. Personajes que hablan a cámara, uso de la voz en off en primera persona y un montaje musical distintivo proporcionaban un aire fresco y novedoso, por supuesto, con claras resonancias de Cassavetes y de los directores de la Nouvelle Vague francesa. De toda esa condensación –o incluso decantación– de elementos estéticos y éticos surge su primer gran film, tras las decepciones (por motivos distintos) de Woodstock (1970) y Boxcar Bertha (1972): Malas calles (1973), que iba a retratar todas estas obsesiones mencionadas de forma brillante, colocándolo al instante como uno de los directores más talentosos del momento.

Tras un film a la europea como Alicia ya no vive aquí (1974), Scorsese acometería una de sus obras maestras: Taxi Driver (1976), una película que ya ha pasado al imaginario de la sociedad contemporánea con su famoso «You talkin’ to me?» y que supo reflejar –de la mano del guionista Paul Schrader– el amargo y colérico desencanto de la nación norteamericana tras la Guerra de Vietnam, anticipando conductas disfuncionales y psicopáticas que se extienden, con tremenda profusión, hasta nuestros días. La violencia que reflejaba el film era tan insoportable –por ser tan real– que el estudio obligó a Scorsese a rebajar el color de la sangre en su ya mítico final.

Y fue en ese momento, con Scorsese arrancando vigorosamente su carrera, cuando comenzó a caer en la trampa de la cocaína, que consumía por toneladas. Eran los días de New York, New York (1977) y El último vals (1978), instantes en que creía que nada podía frenarle, endiosado en su frenética hiperactividad, rodando cuesta abajo hacia una sima muy profunda en la que estuvo a punto de perder la vida. La rehabilitación le llegaría a través de su amigo Robert De Niro, que le insistía para que aceptara filmar la vida de Jake La Motta (Toro salvaje, 1980), alcanzando aquí su cénit estético y cinematográfico, años más tarde considerada como la mejor película de la década. Pero aún le llegarían momentos muy difíciles con El rey de la comedia (1982), cuando la industria le dio la espalda y pasó por el purgatorio de la inactividad, hasta que una aparentemente pequeña película –que luego se elevaría a la categoría de culto– le iba a hacer recuperar la fe en el cine y en sí mismo como director. Hablamos de After Hours (1985), una versión del Libro de Job adaptada a una noche kafkiana en el SoHo, donde el protagonista solo quiere volver a su casa. (Resulta fácil ver el paralelismo con su situación personal).

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Scorsese aceptó en los años siguientes películas menos autorales y más comerciales –véase El color del dinero (1986)– para demostrar que podía ser un director fiable para la industria, pero también puso en marcha proyectos más personales y polémicos como La última tentación de Cristo (1988), que le traería enormes dolores de cabeza por las protestas y escándalos generados por los grupos católicos que la consideraron blasfema. Y es que en la carrera de Scorsese siempre ha habido altos y bajos: cuando parecía que ya estaba asentado y considerado, venía algún varapalo en forma de boicot ultraconservador o de fracaso comercial. Finalmente, en 1990, casi como una reacción rabiosa a todo el calvario que nuestro mártir fílmico había tenido que atravesar, llegó la esencia más pura de su cine, el perfeccionamiento más virtuoso de su estilo. Sí, hablamos de Uno de los nuestros (1990), la Capilla Sixtina del cine de gánsteres, que completaría unos años después con esa coda monumental titulada Casino (1995). Frescos cada vez más grandes para un pintor cada vez más seguro de su talento.

Tras esta consagración fílmica vendrían títulos –para la modesta opinión del que esto firma– menores. Cintas como Kundun (1997) o Al límite (1999), que no pasarán a la historia del cine. Digamos que, a partir de estos años y tras tantas luchas superadas, Scorsese pudo respirar tranquilo, firmando aún, por supuesto, magníficas películas, especialmente en su particular asociación con Leonardo DiCaprio, con títulos como Gangs of New York (2002), El aviador (2004), Infiltrados (2006) –que por fin le dio su tan ansiado y merecido Óscar a Mejor Director– o tal vez su mayor éxito de taquilla y público: El lobo de Wall Street (2013).

Se retrata en los últimos capítulos su faceta como restaurador de grandes clásicos, o como productor y director de spots publicitarios. Incluso se dan pinceladas –aunque sin entrar en profundidad– de su relación con su esposa, Helen Morris, aquejada de un Parkinson cada vez más inhabilitante, y con sus tres hijas.

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De Mr. Scorsese podríamos decir que estamos ante una serie documental de corte clásico y más bien académica, sin grandes innovaciones ni alarde de estilo (¿es que acaso hacía falta?), pero con un muy buen trabajo de archivo, y que nos ofrece una visión caleidoscópica de la obra scorsesiana: de sus obsesiones y pasiones, de sus crímenes y castigos, de sus pecados y sus penitencias. Alabado sea el cine y alabado sea Marty.

NOTA: ★★★★☆

«MR SCORSESE» SE ESTRENA MAÑANA EN APPLE TV+.


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Pablo Fernández Barba

Pablo Fernández Barba

Guionista y Profesor de Guion, el cine es su pasión irrenunciable y la escritura en sus diversas variantes, suoficio. Diplomado en Guion por la Escuela de Cine de Madrid (ECAM) y cuenta con diversos libros de relatos publicados. La crítica de cine le ha acompañado desde niño y le parece un juego divertidísimo. Manda callar en las salas de cine, su templo personal.

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