Clive Russell, actor británico: «El único lugar donde me sentía seguro y vivo era sobre el escenario».
Charlamos con el intérprete que dio vida a Pez Negro en ‘Juego de Tronos’ durante la Granada FicZone 2026.

En plena madurez de una carrera que abarca más de cinco décadas, Clive Russell llegó a Granada para encontrarse con los fans de la Granada FicZone, uno de los festivales de cultura pop más queridos del sur de Europa.
Actor escocés de presencia imponente y sensibilidad profunda, Russell ha transitado con naturalidad por el drama, la fantasía épica, la comedia y el teatro clásico, construyendo una filmografía que va desde Juego de Tronos y Outlander hasta el cine independiente y la televisión británica. Su físico inconfundible y su capacidad para habitar personajes de enorme humanidad, lo han convertido en un rostro inolvidable para varias generaciones de espectadores.
La entrevista que nos concedió tuvo lugar en un día gris y lluvioso en Granada, con el recinto del festival lleno pese al clima y un público español especialmente afectuoso. En ese ambiente cercano y vibrante, conversamos sobre el oficio de actuar, la relación con el público, la memoria emocional que sostiene una carrera larga, la dignidad de personajes como ‘Pez Negro’ Tully y los papeles que aún sueña con interpretar. Un diálogo íntimo con un actor que ha aprendido a escuchar, a observar y a encontrar verdad incluso en los mundos más fantásticos.

Mario Hernández: Señor Russell, cuando uno observa su trayectoria, lo que destaca es la amplitud: drama, fantasía épica, historias contemporáneas… Ha recorrido muchísimos territorios, y nos gustaría saber cómo describiría su situación personal y profesional en este momento.
Clive Russell: Creo que el hecho de que me describas así tiene mucho que ver con que llevo trabajando muchísimo, muchísimo tiempo y soy bastante mayor. Eso es lo primero.
He tenido la suerte de no pasar largos periodos sin trabajo. Siempre ha habido algo disponible: educación, teatro, el West End, televisión, cine… Soy muy consciente de la fortuna que he tenido.
Supongo que también tiene que ver con mi aspecto e imagen inusuales. No hay muchos hombres de mi edad que se parezcan a mí, y eso ha sido así toda mi vida. Hay algo único en mí físicamente, y eso es una ventaja en un trabajo donde importa cómo te ves y lo que eso comunica.
M. H.: Y aun así, independientemente del género o la producción, hay algo constante: el público conecta con usted de forma muy directa. ¿Qué le ha sorprendido o conmovido sobre cómo la gente recibe su trabajo, especialmente en eventos como este?
C. R.: Creo que todavía hay en mí un chico de catorce años que tenía miedo del mundo, pero también se maravillaba con él. Ese parece ser mi lugar en el mundo. No estoy seguro de si es algo que haya hecho conscientemente; es una conexión misteriosa entre el actor en pantalla y las personas que miran.
En eventos como este es donde descubres lo que la gente piensa de ti y por qué se emociona con lo que haces. No es algo que puedas describir objetivamente. Cuando vienes a lugares como este, la gente suele decir: «Me encanta tu trabajo».
La semana pasada, por ejemplo, estaba en un taller mecánico con mi esposa y la mujer que nos atendió me dijo: «Usted es actor. Sé de qué le conozco». Yo esperaba que mencionara Juego de Tronos o alguna cosa reciente, pero no, recordó algo que hice hace cuarenta años: una serie sobre plataformas petrolíferas [Roughnecks].
Esto pasa mucho. La gente tiene su propio recuerdo de ti y de dónde te vio por primera vez, y es muy agradable que te reconozcan.

M. H.: Ha mencionado que empezó trabajando en educación. ¿Cuál fue el punto de inflexión que le hizo darse cuenta de que el teatro o el cine podían ser su profesión?
C. R.: Durante toda mi etapa escolar conseguía hacer reír a la clase. Nunca me sentí incómodo cuando me ponía delante de todos haciendo el payaso: corría, hacía bromas, imitaciones… Los profesores eran tan público como la clase.
Siempre que surgía algo formal, como una obra de teatro o una presentación, acababa involucrado. Recuerdo que hice una parodia del discurso de Churchill de «lucharemos en las playas», en la que interpretaba a un miembro del consejo del carbón llamado Lord Coal Bucket. Acabó convirtiéndose en una sátira sobre la comunidad minera donde vivíamos. Todos se rieron y alguien tocó el hombro de mi madre y le dijo: «Tiene un actor en casa, querida Margaret».
También recuerdo que una vez estaba en el escenario y alguien se olvidó de salir, así que improvisé hasta que la actriz entró. La gente se volvió a reír. Me resultaba natural.
Además, cuando eres tan alto como yo y estás creciendo, de repente pasas de ser una persona de tamaño «normal» a estar «ahí arriba». A eso se suma que te salen granos en la cara y empiezas a avergonzarte, a no querer que la gente te mire. El único lugar donde me sentía seguro y vivo era sobre el escenario. Esa conexión viene de muy lejos.
M. H.: Muchos de sus personajes más memorables, desde Juego de Tronos hasta Outlander, son figuras fuertes y complejas con pasados complicados. ¿Qué le atrae de estos personajes poderosos y qué busca en ellos para hacerlos humanos?
C. R.: La respuesta es similar a cuando alguien pregunta: «¿Qué harías con este papel?». Buscas lo que reconoces en ti mismo. Cuando interpreté a «Pez Negro», por ejemplo, era un hombre honorable y directo. Yo soy bastante abierto y relajado, así que pude aportar eso.
También puedo aportar fisicidad: puedo moverme, puedo luchar, la gente me escucha cuando hablo. Una de las frustraciones cuando eres un actor joven es que nadie te escucha. Ahora sí. Los actores jóvenes se acercan a mí sorprendidos y me preguntan: «¿Cómo sigues trabajando?». Y la verdad es que no lo haces tú, es la gente la que responde a tu trabajo y a tu presencia.
Con los años aprendí algo importante: no moverse demasiado. Cuando era joven, era muy payaso, muy físico, pero estar quieto y mirar a la gente a los ojos te da un poder enorme en escena. Eso es algo que aporto a mis personajes.

M. H.: Ha trabajado en televisión, cine, teatro… y en géneros muy distintos. ¿Qué ha aprendido sobre usted mismo como actor que solo con el tiempo adquiere claridad?
C. R.: Esa es una pregunta vital muy importante. Creo que he aprendido la diferencia entre escuchar y oír. Para escuchar de verdad necesitas cierta disposición: no interrumpir, no corregir, no intentar educar al otro, que es algo que muchos hombres hacen. Yo lo hacía más antes; ahora mucho menos.
Creo que la gente siente que la escucho. No juzgo rápido, no tengo una agenda que quiera imponer. Me gusta conocer gente. Esa es una cualidad que a menudo se asocia con los personajes mayores, con la sabiduría, aunque también puedo interpretar a completos idiotas, por supuesto.
El año pasado interpreté a un hombre teatral y pomposo en una comedia; alguien que no escuchaba en absoluto. Fue un placer. Puedes interpretar lo que observas en los demás, no solo lo que eres, pero tu propia experiencia, como hijo, padre o abuelo, te aporta una riqueza emocional que inevitablemente influye en tu trabajo.
M. H.: Muchos artistas trabajan desde lugares íntimos: recuerdos, silencios familiares, emociones profundas. ¿Qué parte de usted siente que influye más en sus interpretaciones?
C. R.: He aprendido a mirar a la gente a los ojos. Mantener el contacto visual es difícil; solo se consigue cuando alguien realmente te cautiva, como cuando estás enamorado. Los niños lo hacen de forma natural: se plantan delante de ti, te miran fijamente y no apartan la vista. Luego dicen algo que pincha tu pomposidad. Llevo eso conmigo.
Físicamente, tengo mucho que ofrecer: puedo ser alto e imponente, pero también encorvado y roto. Si inclino la cabeza hacia adelante, parezco cincuenta años mayor de repente. Mi cuerpo me permite ser un soldado, un anciano, un hombre destrozado… muchas cosas.

M. H.: El público le recuerda con especial cariño por interpretar al Pez Negro. ¿Qué significó ese papel para usted y por qué cree que tuvo tanta repercusión entre los espectadores?
C. R.: Era uno de los pocos hombres decentes de la serie. Aquel era un mundo horrible, lleno de gente terrible, y él destacaba. En los libros era un personaje más completo, pero incluso en la serie tenía una dignidad innegable. No creo que sus soldados lo hubieran abandonado jamás. Era el tipo de líder en el que no esperas encontrar traición, por eso su muerte causó tal impacto.
M. H.: Después de tantos proyectos y personajes, ¿hay algo que aún no haya explorado y que le gustaría abordar?
Clive Russell: Quizá algo de ciencia ficción. Pero la sorpresa ha sido una constante en mi vida desde que cumplí los cuarenta: mis hijos, mis nietos, la gente que he conocido, los trabajos que han ido llegando… Ha sido glorioso.
Hace poco estuve en Úbeda, un pueblecito en lo alto de una colina, durante una celebración local con gente disfrazada caminando por las calles. Me sentí increíblemente bien recibido. No sabía qué estaba ocurriendo; pensaba que era una especie de Comic Con, pero descubrí al momento que se trataba de una tradición popular, una celebración preciosa. La vida está llena de sorpresas así.
Si hablamos de un papel concreto, me gustaría interpretar al rey Lear. Probablemente soy demasiado mayor para hacerlo en teatro, ya que es agotador, pero en cine podría ser posible. Tienes tiempo para recuperarte entre escenas. No paro de decirle a directores: «Si vas a hacer El rey Lear, yo soy tu hombre».
Hay una serie de la BBC, Mint, una especie de historia familiar de gánsteres similar en argumento a Romeo y Julieta, donde interpreto al líder de una banda que está en prisión viendo cómo sus hijos lo arruinan todo. Es una especie de Succession. Mi personaje tiene algo de Lear, porque sabe que sus hijos no están a la altura, pero está atrapado y no puede hacer nada. De todas formas, me encantaría explorar algún día la versión de Shakespeare.
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