Crítica de ‘We Are Aliens’ [Cannes2026]: Una amistad rota hecha papiroflexia que te deja a medio camino de la abducción.

Antes de poner rumbo a su meca particular en el Festival de Annecy para competir por el Cristal al Mejor Largometraje, las propuestas animadas más estimulantes y variopintas de la temporada han decidido hacer una escala previa en la Costa Azul, desplegándose a lo largo y ancho de las diferentes secciones de la 79.ª edición del Festival de Cannes.
Así lo han hecho In Waves, en la Semana de la Crítica; Viva Carmen, en la Quincena de Cineastas; Iron Boy, en Un Certain Regard; Lucy Lost, en un pase familiar; y Tangles, la mayor aspirante de todas ellas a los premios de la Academia, en forma de proyección especial. Es We Are Aliens, una propuesta muy peculiar y un tanto marciana (nunca mejor dicho), la que completa la mencionada ruta Cannes-Annecy tras su estreno en la Quincena de Cineastas.
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Esta producción, ubicada en un pueblo japonés, nos presenta a Tsubasa y a Gyotaro. El primero, con la voz de Ryota Bando (Renoir), es un niño silencioso, tímido y retraído; el segundo, interpretado por Amane Okayama (Cloud), es el clásico payaso de la clase. Ambos fueron inseparables, uña y carne, durante su tierna etapa escolar, pero su bonita amistad se rompió para siempre a causa de un incidente que, por supuesto, no vamos a destripar en estas líneas, y que, en su temática, nos recuerda a filmes que también han pasado por el certamen francés como Monster (2023), de Hirokazu Kore-eda, y Close (2022), de Lukas Dhont, pero sin el calado y maestría de aquellos referentes de carne y hueso.

El objeto que unió (y, en cierto modo, separó) a estos dos críos es una pequeña estrella ninja de origami, una figura de papel hecha por Tsubasa en la que se refleja la errática estructura de la película. Y es que, el filme imita el mecanismo de la papiroflexia modular, ya que hace confluir dos realidades independientes (dos hojas) que acaban ensamblándose para dar lugar a un todo.
De este modo, la historia se presenta inicialmente bajo la única óptica de Tsubasa para, posteriormente, fragmentarse hacia la mitad, coincidiendo con la sugerente y tardía aparición del rótulo We Are Aliens. En ese punto, la narración retrocede para reconstruir los mismos hechos –cómo se conocieron los protagonistas y el devenir de sus vidas– pero desde la perspectiva de Gyotaro, ofreciéndonos un juego de espejos de secuencias análogas con las que rellenar los huecos y darle un nuevo significado a la primera versión.
Sin embargo, este recurso termina convirtiéndose, cuando pasamos a la mirada del segundo niño, en un ejercicio verdaderamente reiterativo y, haciendo honor al título, sumamente alienante. Porque este bucle provoca que el espectador conecte y desconecte sucesivamente con los acontecimientos, haciendo que las costuras de este primer largometraje de Kohei Kadowaki, que se inspira en sus propios recuerdos de juventud sobre un primer amor intenso y el difícil distanciamiento de un amigo, se vuelvan demasiado visibles.

Además de la estructura, este simple origami también nos habla de los personajes. Resulta significativo que la estrella esté fabricada combinando papel azul y amarillo, colores recurrentes en la ropa de cada uno durante la infancia y que revelan su personalidad de entonces: Tsubasa vestía siempre de azul, un color que representa su calma; mientras que Gyotaro llevaba ropa amarilla, un tono que evoca su felicidad y energía.
Sin embargo, es el rojo el que más nos habla de cómo ha digerido cada uno el suceso que los separó. No lo busquéis en sus armarios, sino en esa luna de sangre que protagoniza la secuencia de apertura –y que reaparecerá más adelante en un tenso enfrentamiento–, la cual plantea una pregunta infantil que vuelve a jugar –esta vez con mejores resultados– con las dualidades: «¿Es la luna roja porque está enfadada o porque está avergonzada?». La primera opción representa la ira y el resentimiento de Gyotaro por lo ocurrido, mientras que la segunda pertenece a Tsubasa y encarna el peso de la culpa en relación con dicho evento.
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Esta dicotomía se traslada asimismo a una animación que, sin destacar por una personalidad rompedora, utiliza una técnica híbrida entre la rotoscopia –empleando imágenes reales como base para dotar a los movimientos de una fluidez orgánica– y la animación 2D que emula el trazo del lápiz o el carboncillo. El realizador juega, además, con una distorsión que mira de reojo al manga de terror, ya sea cuando Tsubasa alucina y visualiza a Gyotaro como un ser de otro mundo (algo que contagia con eficacia al propio espectador), o cuando, conforme los protagonistas crecen, los contornos se vuelven más sucios y las facciones ganan un sombreado tétrico y hasta caricaturesco, al tiempo que la paleta cromática se vuelve mucho más sombría que en la niñez.

Una pena que, en su obsesión por doblar el papel tantas veces, el director ha terminado por arrugar la narrativa de una propuesta que merecía un viaje mucho más fluido y directo al corazón. La ópera prima de Kohei Kadowaki es un debut tan prometedor como irregular en sus pliegues. Al final, We Are Aliens nos deja una sensación agridulce, pues no termina de abducirnos.
NOTA: ★★½
«WE ARE ALIENS» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE CANNES.
TRÁILER DE WE ARE ALIENS:
PÓSTER DE WE ARE ALIENS:

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