Crítica de ‘La muerte de Robin Hood’: La subversión del mito.

La frase «quitarle el dinero a los ricos para dárselo a los pobres» tiene, de alguna manera, tres dimensiones diferentes. Por un lado, construye un mito, una idea de justicia social inseparable de Robin Hood que ha trascendido generaciones. Por otro, representa el lugar indiscutible que el personaje ocupa dentro de la cultura popular, convertido en una figura reconocible incluso por quienes no conocen en profundidad su historia. Por último, contiene también un punto ingenuo, casi infantil, una visión demasiado sencilla del bien y del mal que ha acompañado muchas de las representaciones del personaje.

Durante décadas, prácticamente todas las adaptaciones del arquero y forajido en cine y televisión han construido a su protagonista como una figura intachable. Desde las versiones del cine clásico con rostros tan reconocibles como Douglas Fairbanks, Errol Flynn o, posteriormente, Sean Connery, hasta la lectura menos idealizada de Ridley Scott, con Russell Crowe como protagonista, pasando, por supuesto, por el clásico animado de Disney. Todas estas reinterpretaciones, con sus más y sus menos, tenían un protagonista clásico, recto, que lucha contra las injusticias, y centraban sus tramas en la aventura, la acción e incluso el romance.
Es por eso que el abordaje que hace Michael Sarnoski (Un lugar tranquilo: Día uno) en La muerte de Robin Hood es de entrada tan interesante. La cinta es una pura subversión de todo lo que se asocia al personaje. El director es plenamente consciente de la historia que arrastra esta leyenda y la hace suya para deconstruirla en una interesante, aunque irregular, propuesta.

Si la mayoría de películas sobre esta figura son de aventuras, Sarnoski decide que esto solo ocupe el primer acto. Sin embargo, no es la acción que se suele asociar al personaje. El realizador estadounidense plaga esta primera parte de una violencia absolutamente brutal, dando un ritmo enérgico pero controlado a cada escena, donde la aspereza provocada por el pasar de los años ha calado en los personajes y sale ahora como un torrente de locura sanguinaria explícita que el cineasta filma con un sentido estético espectacular, utilizando angulares amplios y largos planos secuencia para sostener la acción. El choque de expectativas es tan fuerte y tan directo que rápidamente se posiciona no solo como lo mejor de la obra, sino como una de las mejores secuencias actioner de lo que va de año.
Este impacto viene dado también por una segunda diferencia que Sarnoski deja clara desde el primer momento. Si en otras representaciones Robin Hood es un hombre joven, fuerte y habilidoso, el de La muerte de Robin Hood es viejo, está cansado y es tremendamente oscuro. La aproximación que hace el director es sobre un personaje de quien solo hemos escuchado mentiras. No es un salvador, un agente de la justicia social ni un héroe, sino un bandido que estuvo años causando el caos, robando y matando de formas atroces a todo el que se pusiera en su camino solo por el hecho de poder hacerlo. Cuando se presenta, en su senectud, no está arrepentido, solo exhausto después de toda una vida de fechorías, y es una especie de ermitaño extraño, siniestro y solitario.

Hugh Jackman vuelve a los territorios de salvajismo, visceralidad e intensidad que ya enamoraron al gran público con su Logan, un protagonista que guarda claros vínculos con este Robin, al igual que con ese magnífico Nicolas Cage que protagonizaba Pig, película con la que Sarnoski se dio a conocer al mundo. Ataviado esta vez con una larga barba y melena blancas, el australiano da una actuación que, como su personaje, se sitúa siempre entre la locura violenta desquiciada y la contención rabiosa de alguien muy mayor y muy cansado para seguir protegiendo lo que es suyo, dando una complejidad doliente a un personaje a menudo infantilizado.

Después de un inicio arrollador, el filme traslada su acción a un convento en una isla, de donde no saldrá en la hora y media restante. En un movimiento muy habitual en este tipo de películas, los personajes reposan y se recuperan de toda la violencia, dando paso a diálogos que fortalecen el tratamiento de las temáticas, forjan relaciones y convierten la obra en algo mucho más contemplativo. Es aquí donde sufre súbitamente un importante bajón de ritmo y de interés. La cinta pasa a ser una de personajes, donde la posibilidad de redención empieza a hacerse palpable, pero la dramática de la situación no logra alzar el vuelo, dando una segunda mitad excesivamente lenta y hasta repetitiva.
Si bien la apuesta de Sarnoski es ciertamente osada, el cineasta confía demasiado en el conflicto interno del protagonista, pero no es capaz de externalizarlo de formas concretas más allá de diálogos y un abuso de momentos de reflexión silenciosa en la que las secuencias de montaje y la afectada música de Jim Ghedi toman el relato por completo.

En definitiva, La muerte de Robin Hood resulta bastante novedosa, una película que rompe con lo que cualquiera podría esperar del personaje y que ofrece un primer acto verdaderamente deslumbrante, pero que, conforme pasan los minutos, va volviéndose demasiado solemne hasta el punto de perder el interés.
NOTA: ★★★☆☆
«LA MUERTE DE ROBIN HOOD», ESTRENO MAÑANA EN CINES.
TRÁILER DE LA MUERTE DE ROBIN HOOD:
PÓSTER DE LA MUERTE DE ROBIN HOOD:

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