Crítica de ‘Magallanes’: La codicia y la violencia de la conquista.

A lo largo de los años, el director Lav Diaz ha forjado una carrera basada en narrar la intrahistoria de los sucesos que han marcado a su país, Filipinas. Tras unos primeros años en los que coqueteó con el cine de acción y el drama romántico, sellaría su estilo tan particular con Batang West Side (2001), en la que trataba de radiografiar el tema de la violencia en su país, partiendo de un crimen que asola la comunidad filipina en Nueva York. Esta cinta, junto a Evolution Of A Filipino Family (2004), terminaría de colocarlo en el panorama internacional como el cineasta más relevante de Filipinas, pasando por festivales como Cannes, con Norte, The End Of History (2013), Locarno, con con From What Is Before (2014), o Berlín, donde ganó el Oso de Oro en 2016 por The Woman Who Left.
Todas estas películas tenían unos rasgos comunes de autor total: la mencionada revisión de la historia de su país (especialmente de la dictadura de Ferdinand Marcos, entre los años 60 y los 80), protagonismos corales, historias sobre la vida cotidiana de ciudadanos comunes, planos abiertos para recoger las acciones completas, una marcada fotografía en blanco y negro y tiempos muy dilatados, con cintas que superaban las diez horas de duración.

Ahora se embarca en la narración de un hecho fundacional para el país, tratando una época mucho más remota de lo que acostumbra y también mucho más espinosa. Magallanes es un biopic histórico que recoge la vida del conquistador y su intento por abrir una nueva vía comercial navegable rodeando el continente americano para llegar a las islas Molucas, o islas de las Especias.
En esta ocasión, por encima del foco coral en la gente de a pie, Díaz pone el corazón de la narración en el hombre que da nombre al largometraje, interpretado por un contenido pero poderoso Gael García Bernal (Y tu mamá también, Holland), centralizando en él un interesante relato psicológico. Este protagonismo único y el tiempo pretérito no son lo único que convierten a esta película en una rara avis dentro del cine de Díaz, ya que logra resumir la vida del explorador en apenas dos horas y cuarenta minutos.

Sin embargo, el cineasta filipino no cede a elaborar un retrato estilizado y heroico de las hazañas del conquistador y sus tropas, sino que realiza un meditado esfuerzo por recordar constantemente, a través de su puesta en escena, quiénes son las verdaderas víctimas. En su ya clásico estilo, plagado de planos generales con gran profundidad de campo, el realizador deja a los extranjeros todo el espacio que necesiten en el fondo del plano para que se muevan y actúen a sus anchas, pero entrega el primer plano a los cadáveres de los nativos, potenciando la empatía y dejando bien claro qué es lo que de verdad le importa en este relato. Esta decisión de puesta en escena convierte a la obra en un estudio psicológico y de memoria, pero poniendo el foco, paradójicamente, en quien viene de fuera, reflexionando sobre cómo una vida guiada por la conquista y la codicia va pudriendo poco a poco a una persona.

En una escena de la película, previa a su segundo viaje por el Atlántico, un Magallanes ya frustrado y cansado por tanta muerte, dolor y tormento a su alrededor, tanto sufrido como causado, acaba gritando a un amigo, defendiendo lo que ha sido su vida y justificando que todo ha sido «por la corona, por la patria y por la religión». Díaz presenta al personaje conocido por todos como alguien arrastrado por los mandatos de la historia, sin más escapatoria que la de seguir hacia adelante, aunque sepa que lo que le espera no es otra cosa que más desesperación.

Eso sí, con su alejamiento formal, el cineasta consigue que la cinta no se convierta en un blanqueamiento de su figura, ni muestra piedad por él o por sus actos, sino que aprovecha al protagonista para transformarlo en una reflexión meditativa y calmada sobre la violencia, la codicia y la locura de la conquista.
Para ello, Díaz también sabe sacar partido a sus escenarios, convirtiendo la vastedad del océano o de las selvas de las islas en algo que empequeñece a los personajes y los apresa, con composiciones casi pictóricas de un preciosismo y peso brutal, que hunden al espectador en la butaca y convierten esos espacios propios de una película de aventuras en un slow cinema marca de la casa, más interesado en la contemplación y en los diálogos de cubierta que en los propios eventos que definieron uno de los hechos más importantes de la historia de la humanidad.

En definitiva, Magallanes no es una película para quien quiera conocer la historia pormenorizada del militar portugués y sus travesías, sino que toma a la figura histórica para ofrecer una reflexión que atraviesa la historia de un país y que supone una piedra más en la carrera de uno de los autores más particulares de nuestro tiempo.
NOTA: ★★★★☆
«MAGALLANES», ESTRENO MAÑANA EN CINES.
TRÁILER DE MAGALLANES:
PÓSTER DE MAGALLANES:

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