Crítica de ‘Pálida luz en las colinas’: Resonancia individual de la memoria colectiva.

Tennōheika banzai es una expresión nipona que se asociaba a los jóvenes soldados del Imperio que se dirigían a combatir en la Segunda Guerra Mundial, lo que era considerado un alto privilegio y, a su vez, una loa al emperador. Estos soldados acudían al combate y a una muerte más que probable bajo una presión social y psicológica extrema, fruto de una educación militarista basada en una férrea lealtad al emperador y un nacionalismo extremo.
Hacia el nudo central de Pálida luz en las colinas, película de Kei Ishikawa (Un hombre) que llega a nuestras carteleras, uno de los personajes masculinos de la trama, Jiro, deja entrever que su padre, reputado director de universidad y educador en los años previos a la bomba atómica de Nagasaki, formó parte de esta entroncada maquinaria de adoctrinamiento que llevó al país del sol naciente a vivir una de las mayores catástrofes humanas y bélicas, si no la mayor, de la historia de la humanidad.

La película, estrenada en Cannes, adapta la primera novela del prestigioso ganador del Premio Nobel de Literatura Kazuo Ishiguro, y se centra en el momento de transformación social que está viviendo la ciudad de Nagasaki, y el propio país nipón, pasados siete años del estallido de la bomba que lo arrasó todo. Una sociedad herida y en proceso de reconstrucción psicológica y material en la que el resentimiento al nacionalismo exacerbado, el duelo por las miles de vidas que se perdieron en apenas unos segundos y el miedo por las consecuencias de la radiación a lo largo de varias generaciones conviven entre sueños de realización personal y laboral que van más allá del archipiélago.
Vehículo de todo este contexto argumental, temático e histórico es Etsuko, una mujer embarazada que vive en el año 1952 con su pareja a escasos metros del punto cero donde cayó Fat Man, la bomba lanzada por el Ejército estadounidense. Esa misma mujer abandonó Japón para residir en Inglaterra junto a un soldado occidental con el que tuvo una hija que, treinta años más tarde, es periodista y se encarga de realizar un viaje al pasado con su madre a través de la memoria, el recuerdo y el dolor para completar los huecos que el desarraigo y la culpa aún ocupan en sus corazones. Los secretos florecen entre las cajas apiladas de un hogar que ya no lo es y que marcará la vida de ambas para siempre.

El gran cambio narrativo que aleja a la película de la literalidad de la obra es el de situar como canal a Niki en lugar del narrador principal de la novela, su madre Etsuko. A través de la curiosidad natural y profesional de su hija, la historia se estructura en dos lugares espaciotemporales distintos: la ciudad de Nagasaki en 1952 y la Inglaterra de 1982.
Cabe destacar la gran labor de Kei Ishikawa y su equipo de arte y producción para generar un ambiente onírico o ilusorio a través de la saturación de color y la sobreexposición de la luz del pasado, materializado mediante los recuerdos de Etsuko, y una gama cromática y una estética mucho más naturalistas y apagadas, propias del territorio británico donde se produce la entrevista con su hija; trabajo por el que merece una mención especial el director de fotografía polaco Piotr Niemyjski.
El guion, a cargo del propio Ishikawa, se encarga de remarcar el carácter trágico que arrastra la sociedad nipona años después del final de la guerra, así como la distancia social que se produce entre las personas, incluso dentro de un mismo núcleo familiar, cuyo papel en el conflicto bélico y sus posteriores consecuencias fueron muy diferentes.
En favor de la confusión y de la poca fidelidad que tienen los recuerdos, se genera una dualidad entre Etsuko y Sachiko, una misteriosa mujer que vive junto al río con su hija y que establece una estrecha y misteriosa amistad con tintes feministas y aperturistas respecto a la posición social de la mujer en el Japón de los años cincuenta.

Como apunta la introducción a este texto, hay otros personajes transversales a las dos mujeres que tienen como objeto reflejar un sentimiento social y político generacional como consecuencia de la II Guerra Mundial y del estallido de la bomba misma. Pudiendo llegar a ser interesantes por separado, todos los temas que aborda la película acaban diluyéndose en una dispersa historia de identidad, desarraigo y culpa que atraviesa tres décadas y que, para más inri, se guarda algún que otro giro de guion con la intención de generar un impacto en un espectador que, probablemente, haya llegado a su último acto con cierto hastío entre tanto vaivén.
Es una pena que su intento por navegar en la memoria acabe no siendo del todo satisfactorio, pues la capacidad para oprimir, distanciar y presionar a los personajes a través del encuadre y reflejar sus sentimientos mediante el uso expresivo del color y la ambientación son algunos de sus mayores puntos fuertes.

Las interpretaciones de Suzu Hirose (El niño y la bestia) y Fumi Nikaido (Shōgun) para construir la amistad femenina de los años cincuenta en Nagasaki como Etsuko y Sachiko, así como la pareja de madre e hija formada, respectivamente, por Yoh Yoshida (De tal padre, tal hijo) como Etsuko y Camilla Aiko (Kraven the Hunter) como su hija Niki, son de sobra convincentes y ayudan a mantener el interés por encima de la confusión y el misterio narrativos que, conscientemente, genera Kei Ishikawa.
Cabe destacar también a Tomokazu Miura (Días perfectos) como el profesor Ogata, que refleja bien el devenir que sufrieron en Japón aquellos que trabajaron con lealtad al régimen imperial previo a la II Guerra Mundial y la situación de discriminación y rechazo que vivieron años más tarde, incluso por parte de sus propios hijos, tras los efectos de la devastadora derrota.

Está muy lejos de ser una película deficiente pero, también, Pálida luz en las colinas se queda a un gran trecho por recorrer de otras adaptaciones de Kazuo Ishiguro como, sobre todo, Lo que queda del día, de James Ivory, o Nunca me abandones, protagonizada por un jovencísimo Andrew Garfield y con firma en el guion de Alex Garland. A medio camino entre la nostalgia y la melancolía como elementos sanadores de la culpa, la película se eleva gracias al carácter regresivo de su fotografía y a un destacable diseño de producción.
NOTA: ★★★☆☆
«PÁLIDA LUZ EN LAS COLINAS», YA EN CINES.
TRÁILER DE PÁLIDA LUZ EN LAS COLINAS:
PÓSTER DE PÁLIDA LUZ EN LAS COLINAS:

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