Crítica de ‘Dreams’: Un prisma completo del sueño americano.

El primer trimestre del 2026 ha resonado con fuerza en el contexto migratorio y fronterizo de Estados Unidos. Pese a que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas –en adelante ICE– fue creado en 2003 como herramienta institucional de la Ley de Seguridad Nacional, promovida por George W. Bush en 2002 en respuesta a los atentados del 11-S, su relevancia internacional se ha disparado a raíz de la agresiva estrategia de deportación masiva aprobada por el gobierno trumpista durante estos primeros meses de 2026, con los agentes de este cuerpo de seguridad nacional y migratoria copando las noticias de todo el mundo con detenciones desmedidamente violentas de ciudadanos inmigrantes no reglados, incluyendo menores de edad.
No se queda aquí Michel Franco, destacado cineasta mexicano de Después de Lucía (2012) y Las hijas de Abril (2017), ambas películas premiadas en el Festival de Cannes, que firma y dirige esta Dreams, un título que juega con la paradoja entre su sentido semántico y el significado contextual de lo que narra. Y es que el conflicto migratorio entre EE. UU. y México –y demás países centro y suramericanos– se remonta mucho más atrás en el tiempo, y habría que retroceder casi doscientos años para comprender cómo se han establecido y arraigado las relaciones de poder y clase entre ciudadanos estadounidenses de estatus medio-alto y los propios migrantes mexicanos que, en muchos casos, continúan siendo meros utensilios domésticos o laborales en el contexto social americano en el año 2026.

No tarda ni un segundo Franco en mostrar la intencionalidad de Dreams, cuando el título de la película se abalanza sobre el espectador hasta desaparecer para dejar paso a un plano fijo de un enorme camión parado en una cuneta, cuyo siguiente plano es el interior de la caja de carga, donde se aglomeran multitud de migrantes con el deseo de cruzar la frontera. Fernando (Isaac Hernández) es uno de ellos y la cámara del cineasta mexicano sigue su punto de vista en su travesía hasta San Francisco, donde accede sin problemas a una casa adinerada –que bien podría ser colindante de la de Scottie Ferguson en Vértigo– y que, vemos de inmediato, pertenece a una filántropa norteamericana con la que mantiene un affaire de fuerte carga sexual. El deseo del joven bailarín mexicano por cumplir el sueño americano choca con el del personaje interpretado por Jessica Chastain, que no es otro que mantener la relación lo más lejos posible de su entorno laboral y estatus social.

Ejercicio cinematográfico continuista con su anterior propuesta, Memory (2023), también protagonizada por la ganadora del Óscar a la Mejor Actriz por Los ojos de Tammy Faye, Michel Franco vuelve a envolver su feroz crítica al sistema y a las relaciones de poder entre estadounidenses y migrantes en una estética minimalista y aséptica, distante con el espectador y con sus personajes, que viven una relación amorosa en la que el director mexicano mira de frente a través de la tensión y virulencia sexual que forja la química entre el joven bailarín inmigrante y la empoderada empresaria.
Tal es así que la película carece en su metraje de toda música extradiegética que apunte o subraye el conflicto dramático, mientras que su gama cromática, sobre todo afín al mundo del personaje de Chastain, se mueve entre grises y blancos, encalando una fachada impoluta que esconde un conflicto interno entre el deseo carnal y el estatus profesional y social.

En el guion, hay una decisión que puede entenderse como ambigua en ciertas situaciones que la pareja vive, pero, más que eso, se trata de la sutileza y elegancia del texto para no resultar discursivo o explícito en la discriminación racial y clasista que sufren los inmigrantes sin documentación, caso de Fernando, en determinados contextos de Estados Unidos. Si bien el personaje de Chastain se muestra como una filántropa en pro de la ayuda a la inmigración y sus colectivos a través de su fundación, son varios los momentos en los que la cotidianeidad de sus acciones refleja la distancia que marca públicamente con su trasunto amoroso en la intimidad. Es esta dicotomía hipócrita de la mujer y la imposibilidad de cumplir un deseo mutuo lo que eleva la película y su mensaje crítico.

Sería injusto destacar únicamente el frío, calculador y, a la vez, tremendamente sexual personaje que Jessica Chastain construye para dar vida a esta mujer de negocios que intenta sobrevivir al racismo arraigado en la sociedad y en su propia educación para balancear su pasión sentimental con el prestigio y los privilegios sociales que ha alcanzado a lo largo de los años. El incipiente actor mexicano, galardonado como Mejor Bailarín del Mundo, Isaac Hernández, es un gran reflejo del migrante que deja atrás su hogar, su familia y su trabajo para luchar por sus sueños en Estados Unidos y encontrarse con todas las dificultades derivadas de su nacionalidad, tanto en su futuro en la danza mientras escala en el Ballet de San Francisco como en el progreso orgánico de su relación sentimental con Jennifer. Hernández no solo ofrece un acting corporal de altísima altura en las escenas de danza, sino también en las coreografías de escenas íntimas de marcado carácter sexual que protagoniza con su compañera de reparto. Sorprende su fuerza y magnetismo ante la cámara en una de sus primeras apariciones como intérprete.

El cine de Michel Franco sigue evolucionando de forma progresiva y dando pasos seguros dentro de una filmografía que tomó cierto impulso cuando emigró a los Estados Unidos, aunque sigue manteniendo un control total de su estética cuidada al detalle y de unas historias de carácter intimista que muestran las sombras que habitan los lienzos impecables de su universo cinematográfico.
NOTA: ★★★½
«DREAMS» YA EN CINES.
TRÁILER DE DREAMS:
PÓSTER DE DREAMS:

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