Isabel Peña, coguionista de ‘El ser querido’: «Después de As bestas, podíamos y debíamos permitirnos salir de esa zona en la que estábamos cómodos».
La película dirigida por Rodrigo Sorogoyen y protagonizada por Javier Bardem y Victoria Luengo se estrena en cines.

Isabel Peña es una de las guionistas más reconocidas y prestigiosas de nuestro país. Este 2026 se cumplen dieciséis años desde que ella y Rodrigo Sorogoyen se conocieron en la Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid (ECAM). Es aquí donde se encuentra el origen de uno de los tándems cinematográficos más consagrados y prolíficos del siglo XXI en la industria española.
Doble ganadora del Premio Goya al Mejor Guion Original por El reino (2019) y As bestas (2023), Isabel es un talento innato que ha firmado, junto a su inseparable compañero de fatigas, Rodrigo Sorogoyen, El ser querido, la mejor y más arriesgada película de su carrera.
Impulsada por esa tendencia instintiva a salir de su zona de confort para elevar su nivel de autoexigencia y alcanzar nuevas cotas artísticas, Isabel atiende a mundoCine pocas horas antes del estreno en España de su nuevo trabajo, que tuvo su premier mundial en la Sección Oficial del Festival de Cannes.
Hablamos con una de las mejores guionistas de nuestra cinematografía sobre el proceso creativo, el riesgo que asume un autor para hacer avanzar su arte y el trabajo colaborativo que supone hacer películas.
![Crítica de ‘El ser querido’ [Cannes2026]: Apabullante salto adelante de un inmenso cineasta.](https://mundocine.es/wp-content/uploads/2026/04/el-ser-querido-trailer.webp)
Jesús Casas: Rodrigo y tú lleváis más de una década escribiendo juntos los guiones de vuestras películas. Hasta ahora, habéis construido la tensión de manera narrativa y uno de los primeros aspectos que más llama la atención en El ser querido es el salto adelante que dais, haciendo que esa tensión se construya y se rompa también desde lo formal. ¿En qué momento del proceso creativo tomasteis la decisión de asumir ese riesgo respecto a vuestras películas anteriores?
Isabel Peña: Surge precisamente de eso que comentas: de querer romper con lo convencional, que, a su vez, se estaba convirtiendo en un lugar común para nosotros. Parece que habíamos caído en el thriller de una manera accidental y que algo nos hubiera hecho quedarnos anclados ahí. El cuerpo nos pedía muchísimo salir de esa zona en la que estábamos cómodos.
Después de As bestas creíamos que no solo nos lo podíamos permitir, porque nuestros socios tenían la confianza suficiente en nosotros como para hacerlo, sino que, además, era algo que nos debíamos permitir porque era lo que nos pedían el cuerpo, la cabeza… todo.
Sabíamos que era arriesgado porque algún espectador entrará a El ser querido pensando que es el nuevo thriller de Rodrigo Sorogoyen protagonizado por Javier Bardem y, quizá, pueda sentirse un pelín decepcionado desde esa expectativa, pero podemos vivir con ello.
J. C.: Hay una corriente actual que critica al cine por manejar siempre los mismos códigos, pero cuando alguien se sale de ese espacio habitual también se critica precisamente eso.
I. P.: Teníamos que hacerlo. Como creadores, pensamos en los cineastas que nos han estimulado y emocionado. Esos artistas siempre han sido valientes y han decidido asumir riesgos para seguir avanzando.

J. C.: Habéis conseguido, además, hacer virtud de un hecho que, a priori, parecía que podía perjudicar a la película: la sinopsis tan similar entre Valor sentimental, de Joachim Trier, y El ser querido. Sin embargo, viendo ambas películas, abordan la relación padre-hija y la de director-actriz desde puntos de vista cinematográficos completamente opuestos. ¿Os generó dudas ese paralelismo durante el proceso de escritura del guion?
I. P.: Voy a hablar con toda la sinceridad del mundo [exhala un suspiro intercalado con risas antes de responder].
Cuando se publicó la sinopsis de la película de Trier, que era muy detallada, Rodrigo y yo nos encontrábamos inmersos en la segunda gran crisis de escritura de El ser querido de las dos que tuvimos. Una de esas crisis tan fuertes que te llevan a borrar todo lo escrito en la pizarra y volver a empezar desde cero.
Durante dos días estuvimos un poco shockeados. Trier iba a empezar a rodar su película enseguida, el tío es muy bueno y, además, parecía que iba a contar la misma historia que nosotros. Esta noticia llegó justo en ese momento en el que lo estábamos pasando muy mal porque no éramos capaces de encontrar la forma de contar nuestra historia de padre e hija relacionada con el metacine de una forma particular.
No te voy a decir que salimos de aquella situación más fuertes porque suena un poco hortera y falso, pero sí con el estímulo y la confianza de que eran dos películas diferentes y de que aquello iba a elevar nuestro propio nivel de exigencia. Nos obligó a buscar una forma todavía más alejada de la suya para contar esta historia.
Primero fue una bofetada; después, un estímulo y, no te voy a negar, una fuente de preocupación porque, j*der, las películas iban a convivir y la nuestra iba a llegar más tarde. Nos iban a comparar y siempre seríamos la segunda en unos tiempos en los que parece obligatorio elegir una cosa sobre otra en casi todo. Pero son dos películas tan, tan diferentes entre sí que ojalá los espectadores puedan ver y disfrutar ambas sin sentir la necesidad de elegir entre una y otra.

J. C.: En una película en la que volvéis a rodearos de un grandísimo reparto, es inevitable hablar de Javier Bardem y Victoria Luengo, brillantes interpretando a Esteban y Emilia, padre e hija, respectivamente. ¿Cómo se gestó la construcción de unos personajes que mantienen una tensión elevadísima durante todo el metraje?
I. P.: La construcción de los personajes es algo que me resulta difícil concretar porque los vas construyendo hasta el final, de una manera progresiva. Sí que existe un trabajo previo en el que escribes una biografía de cada uno, definiendo una serie de rasgos propios y, sobre todo, planteando conflictos, dilemas y heridas internas que terminan moldeándolos.
De alguna forma, al menos en la manera algo caótica en la que trabajamos Rodrigo y yo, es como si el personaje, la trama y el tema estuvieran tan íntimamente relacionados entre sí que una escena que escribes a última hora todavía puede hacerte descubrir algo nuevo sobre el personaje.
Trabajamos haciéndonos preguntas de manera constante sobre cómo son estos personajes. Intentamos mirar mucho a nuestro alrededor: a las personas que conoces, a aquellas con las que te cruzas por la calle o a quienes aparecen en un documental. Todo eso termina confluyendo en un lugar único, donde el personaje –o la persona– acaba adquiriendo una entidad propia.
J. C.: Hablando de los personajes de Esteban y Emilia, y relacionándolo con la diferente estructura y la forma en la que habéis abordado esta película, El ser querido comienza con una secuencia entre padre e hija de planos cerradísimos, cuya tensión se palpa y en cualquier otra película podría ser perfectamente el clímax de la misma. Ese inicio conecta directamente con el alma de El ser querido.
I. P.: Es bastante curioso eso y también te voy a responder desde la más absoluta sinceridad [vuelve a sonreír antes de responder].
Rodrigo y yo sentíamos, de una forma muy orgánica, que estábamos empezando nuestras películas siempre desde un mismo código. Si piensas en El reino, Madre, Antidisturbios o As bestas, todas arrancan con una escena muy larga, con mucho diálogo y mucho contenido sobre los personajes y los temas que aborda la historia.
En El ser querido nos dijimos: «No vamos a repetirnos, vamos a hacer algo diferente». Había cuatro escenas escritas, rodadas y montadas antes de la comida entre Esteban y Emilia con la que finalmente comienza la película. Pero, por lo que sea, cada vez que llegábamos a los visionados esas escenas terminaban cayéndose. Y eran escenas que estaban realmente bien.
De hecho, hay una en concreto que me gustaba muchísimo y, si te parece, te la cuento. Trataba de Esteban en su casa, conviviendo con su mujer tras haberse mudado a Madrid. Él ponía un DVD en el reproductor y se sentaba a ver unas imágenes que el espectador nunca llegaba a ver; solo las escuchaba. La cámara permanecía fija en Esteban mientras observaba la pantalla. De fondo se escuchaba una voz femenina y él permanecía completamente absorto, hasta que el espectador descubría que aquel material correspondía a unas imágenes de su hija, Emilia, actuando.
Esa escena me gustaba mucho, pero, pese a estar muy bien rodada e interpretada, en los visionados había algo en el tempo de la película que nos pedía empezar, una vez más, con una escena de largo diálogo entre los dos protagonistas. Aunque no queríamos, hemos vuelto a repetirnos [sonríe.] Por el bien de la película, espero [concluye entre risas].

J. C.: Comentas que todos los elementos de la película están conectados entre sí para favorecer la relación tan tensa y ardua que mantienen los dos protagonistas. Me gustaría hablar de la localización: Fuerteventura, un lugar árido y volcánico donde transcurre gran parte de la trama de El ser querido. ¿Cómo llega esta isla al guion?
I. P.: Recuerdo que queríamos que la película ficticia que rueda el personaje de Javier Bardem fuese una de género histórico. Este director, además, tenía que rodar en suelo español después de regresar al país tras muchos años trabajando fuera.
Fue un camino paralelo: la necesidad de encontrar un lugar en el que Esteban situara la historia de su película en el Sáhara y que, al mismo tiempo, fuera coherente con lo que Rodrigo y yo queríamos contar en nuestro guion.
Nos parecía muy interesante que el rodaje tuviese que trasladarse a una isla, porque no es lo mismo rodar en Madrid, donde cada uno vuelve a su casa cuando acaba la jornada, que hacerlo en un lugar donde todos tienen que regresar al mismo hotel, generando una situación casi de colonias infantiles por el tipo de convivencia que se crea durante un rodaje. Entiendo el proceso creativo así: una decisión te lleva a una necesidad y, a su vez, esa necesidad conduce a una nueva idea. Y así llegamos a Fuerteventura.
J. C.: Y tiene todo el sentido, porque cuando la película rompe formalmente también lo hace en consonancia con la propia morfología de la isla.
I. P.: De hecho, cuando fuimos allí a localizar pensamos de inmediato: «Esto ha sido una buena idea». Había escenas que en el guion estaban escritas de una determinada forma y que, al llegar al lugar, modificaban la manera en la que debían suceder. De algún modo, la propia isla terminó de completar el proceso creativo que nosotros habíamos iniciado.

J. C.: Si hablamos de escenas, es inevitable detenernos en una que va a llamar muchísimo la atención y que tiene que ver, por un lado, con el equipo de rodaje y, por otro, con Javier Bardem. ¿De qué manera se construye desde el guion una escena tan inmersiva en la que el espectador se siente como uno más de esa mesa donde todo ocurre?
I. P. : Creo que la clave es la risa. Cuando encontramos el momento de la risa floja en esa escena, fue la pieza que nos hizo confiar en que una situación que llevábamos muy al extremo iba a funcionar.
Es ese humor lo que ancla al espectador a la mesa a través de una situación que todos hemos vivido en algún momento u otro. De pequeños se nos escapaba la risa en clase, pero también es algo que me ha podido pasar multitud de veces en mi vida adulta: esos momentos en los que intentas por todos los medios que no ocurra algo… y ocurre. Esa conexión con una experiencia que cualquier espectador puede haber vivido es lo que nos ancla a la situación y lo que hace que funcione.
El resto, al movernos dentro de un código tan hiperrealista como el de esa escena, se basa en confiar en que llevarlo al extremo nos iba a conducir a buen puerto, porque ya teníamos al espectador creyéndose lo que estaba ocurriendo.
J. C.: Sobre todo porque el humor, además de imprevisible, también hace que el espectador baje las defensas, facilitando las consecuencias de lo que ocurre después.
I. P.: Exacto. La risa ancla al espectador a la situación y el código naturalista e hiperrealista de la película es el que te hace pensar que aquello que ocurre está pasando de verdad.

J. C.: Desde su premier en Cannes, Javier Bardem está teniendo un merecido reconocimiento por uno de los mejores trabajos de su carrera. Quería hablar –y destacar– también el magistral trabajo de Victoria Luengo, que da la réplica a la perfección al tsunami que es su padre en la ficción y Bardem en su interpretación. Hay una escena de Victoria que siento que es muy especial y que me recuerda a otra muy icónica de Taxi Driver. ¿Cómo se incorpora esta escena que supone un punto de inflexión para Emilia?
I. P.: Qué guay que aludas a esta escena, porque también se encuentra entre mis favoritas de la película.
Cuando surgió dentro de la estructura y, posteriormente, en el guion, era una escena que nos encantaba a Rodrigo y a mí porque tenía una extrañeza que la hacía muy particular. Es como si Emilia intentara descubrir cuánto hay de su padre dentro de ella.
En un principio, estaba colocada en la primera mitad del guion. Cuando llegó el momento del rodaje, la interpretación de Victoria, de la mano de la dirección de Rodrigo, alcanzó un nivel de profundidad tal que, durante el montaje, tanto Alberto del Campo como Rodrigo se dieron cuenta de que había que colocar la escena mucho más adelante.
Cuando la vi situada en el montaje final, sentí que era una grandísima decisión. Me hizo sentir muy orgullosa de cómo trabajamos y de cómo concebimos hacer películas: como un gran trabajo de equipo en el que, confiando en tus compañeros, una escena puede transformarse y convertirse en algo de lo que estamos hablando aquí ahora y que, de no ser así, quizá se habría quedado como una escena con mucha menos profundidad.
Bueno, y Victoria Luengo en esa escena, y en toda la película, está… ¡buah!, increíble.

J. C.: Para ir poniendo el punto y final a la entrevista, viniendo de un éxito tan rotundo en taquilla y crítica como As bestas, sumado al riesgo formal y narrativo que habéis asumido con esta película, ¿cómo os sentís a unas horas del esperadísimo estreno en nuestro país?
I. P.: Estamos muy, muy nerviosos porque, como hablábamos antes, nos hemos arriesgado. Ya lo estábamos con una película como As bestas, que era mucho más clarividente. Es una película que explicas y sabes lo que vas a ver. Pese a ello, estábamos de los p*tos nervios.
Ahora, además de estar más nerviosos, hay algo que tiene que ver con la gestión de las expectativas, que nunca son buenas. El hecho de que la anterior funcionase tan bien genera unas expectativas en los espectadores que no sabes si vas a cumplir. Esto siempre juega un poco en contra.
Pero también hay muchísima alegría, porque este es un momento que llevamos esperando mucho tiempo. Poder ir de la mano de un equipo que, además, es familia hace que el recorrido sea una experiencia mucho más apetecible.
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