Crítica de ‘La constelación del perro’: Batiburrillo sci-fi que no logra encontrar su propia identidad.

¿Qué tienen las historias postapocalípticas que resultan tan atractivas desde el primer momento? En los últimos años, en toda clase de medios narrativos, las historias en las que se fabula sobre un posible fin del mundo tal y como lo conocemos han supuesto éxitos mayúsculos. Es el caso de The Last of Us en el terreno de los videojuegos, The Walking Dead en el mundo del cómic (aunque ambas tuvieron también grandes adaptaciones en la pequeña pantalla) o La carretera, de Cormac McCarthy, en la literatura, entre muchísimos otros ejemplos.
Los contextos extremos de todos estos relatos son un caldo de cultivo único para crear conflictos que van más allá de la pura amenaza a nuestra forma de vida y alcanzan dimensiones sociales y psicológicas como pocos géneros pueden hacerlo. Así, salen a la palestra nuevas visiones sobre la unión comunal, el valor de la moralidad en situaciones límite y hasta dónde podemos llevar nuestro instinto de supervivencia sin perder la humanidad.
Merece la pena cuestionarse la trascendencia de estas temáticas y de este tipo de historias a la hora de reflexionar sobre La constelación del perro, la última película de Ridley Scott (Alien, el octavo pasajero), ya que resulta casi imposible desligar esta bamboleante adaptación de la novela homónima de Peter Heller de las corrientes más utilizadas a lo largo de los años.

En la cinta, seguimos a Hig (interpretado por Jacob Elordi), un piloto sobreviviente de un virus mortal que debe luchar por su supervivencia contra un grupo de carroñeros errantes conocido como los Segadores, mientras lidia con la pérdida de su esposa. Atrapado en un paisaje desolado, con apenas la ayuda de su perro y de su compañero Bangley (Josh Brolin), Hig encontrará aliados y enemigos mientras busca redención y propósito en medio del caos.

Desde su propia premisa, se puede apreciar que la trama de la película no va a suponer una sorpresa demasiado grande para cualquier espectador familiarizado con el género. Sin embargo, este cine ha demostrado innumerables veces que, si el estilo, el ritmo, el interés y el tono son los adecuados, puede proporcionar entretenimiento de primer nivel. Lamentablemente, estas cuatro cualidades sufren continuos altibajos a lo largo de las dos horas de metraje.

Scott, que cumplirá 89 años en apenas un par de meses, afronta la obra con artesanía, sencillez e incluso clasicismo. En su primer acto, el filme se presenta con un tono sorprendentemente tranquilo en comparación con lo visto en el material promocional, que priorizaba la acción espectacular. Sin embargo, la apuesta de Scott parece acercarse más a una especie de western sci-fi, en el que brilla la soledad del protagonista (a excepción del maravilloso perro Jasper), la música, claramente inspirada por el trabajo de Gustavo Santaolalla en la citada The Last of Us, y la inmensidad del paisaje que se aprecia mientras Hig vuela con su avioneta por los cielos de Colorado.
Esa primera sección contiene, probablemente, lo mejor de la película. Su ambiente crepuscular, marcado por la fotografía apagada de Erik Messerschmidt (El asesino) y la imponente figura de un más que correcto (y a la vez deprimido) Jacob Elordi (Euphoria), consigue atrapar al espectador mientras se adentra en el mundo que plantea. No obstante, Scott y su guionista, Mark L. Smith (El renacido), no logran darle una dirección clara ni un objetivo al protagonista hasta muy avanzada la trama. Esto solo hace que la experiencia se vuelva excesivamente cargante debido al nostálgico estatismo de la historia.

Para compensarlo, la cinta pretende dar no una, sino dos vueltas de tuerca en su segundo y tercer acto. Con cada una de ellas, la producción trata de reenganchar al espectador alterando el tono y el ritmo marcados desde el principio y creando conflictos a marchas forzadas. Esto se aprecia claramente con la aparición del personaje de Margaret Qualley (La sustancia), otra superviviente que se convierte en el interés romántico de Hig y que transforma la película en una especie de comedia romántica a costa de su padre, interpretado por Guy Pearce (The Brutalist).
Y cuando parece que la paciencia se está agotando, Scott saca filo a su capacidad de incomodar y crear tensión con un violento y siniestro segmento tipo «madhouse» que actúa como acto final y en el que los protagonistas se jugarán la vida en el cierre del filme.

Estas dos transformaciones súbitas e imprevisibles de la historia hubieran dado para un acercamiento independiente al género, pero en esta película se sienten tan impostadas como la mayoría de diálogos entre Elordi y Qualley, y terminan por evidenciar la falta de sentido de una película que, aunque entretenida y con un cuidado aparato visual, parece haber sido escrita con el piloto automático.
NOTA: ★★½
«LA CONSTELACIÓN DEL PERRO», ESTRENO HOY EN CINES.
TRÁILER DE LA CONSTELACIÓN DEL PERRO:
PÓSTER DE LA CONSTELACIÓN DEL PERRO:

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