Crítica de ‘Resident Evil’: Cero instinto de supervivencia en Raccoon City.

El cine y los videojuegos nunca se han llevado del todo bien. El mundo de las adaptaciones tocó fondo cuando la franquicia cinematográfica de Resident Evil, dirigida en gran parte por Paul W. S. Anderson, se alejó radicalmente del material original, generando un rechazo casi generalizado. Ese «casi» reside en un nicho que valoró, de forma no irónica, el trabajo del director y que reivindica cintas como Resident Evil: Retribution (2012), una rareza apasionante.
Quizá ahora nos encontremos ante un renacer del videojuego en la gran pantalla. No solo porque cada vez más producciones –especialmente las de acción– emplean técnicas que recuerdan al lenguaje visual y espacial del videojuego (véase John Wick 4), sino porque en los últimos años han salido adaptaciones fructíferas como las series Fallout (Prime Video) o The Last of Us (HBO Max). En ese contexto, no resulta nada extraño, sino más bien natural, que sagas con un alto contenido cinematográfico terminen recibiendo adaptaciones fieles y de gran presupuesto.

Zach Cregger lleva empleando recursos propios del mundo del videojuego desde su primer largometraje, Barbarian (2022), en el que la cámara adoptaba una perspectiva en primera persona propia de un shooter y se utilizaba un esquema espacial que recordaba a cualquier survival horror. Con tan solo tres largometrajes en su haber, Cregger se está ganando a pulso ser reconocido como un autor total. Y si bien podemos encontrarles defectos a todas sus películas, es innegable que todas tienen algo: quizá sea una premisa tan potente que su endeble misterio sobrevive más allá de lo esperado (Weapons), o un cambio de tono tan radical que pasamos del terror más abrasivo a la comedia absurda (la antes mencionada Barbarian). En el caso de su nueva y tercera película, la apuesta es sencilla: hacer una adaptación de Resident Evil que no solo sea fiel al alma de la saga de Capcom, sino que consiga sentirse como un videojuego.
En ella seguimos a Bryan, interpretado por Austin Abrams (Weapons, Euphoria), un repartidor de material sanitario que debe entregar un paquete de gran valor en Raccoon City. Sí, la misma ciudad donde transcurren los acontecimientos de Resident Evil 2, sumida en un apocalipsis zombi provocado por un virus incontrolable. Pero Bryan no es policía, ni agente de la CIA, ni un civil preparado. Bryan es lo que en el mundo de los videojuegos llamaríamos un NPC: alguien cuya existencia solo descubriríamos si nos detuviéramos a leer una nota o escuchar una grabación. Es una persona completamente normal y anodina que, además, es un inútil. Un «héroe» con cero instintos de supervivencia; alguien que, en un mundo realista, se mataría tropezándose al bajar unas escaleras.

Esta historia, tan sencilla en su desarrollo, deriva hacia un cine de aventuras y terror gracias a una dirección muy acertada. Sin alcanzar el nivel claustrofóbico y laberíntico de Barbarian, Cregger rueda Resident Evil con soltura y dinamismo. Si bien algunas escenas carecen de la creatividad suficiente en la puesta en escena como para elevarse por encima de lo anecdótico –una condición que impregna toda la película–, el trabajo de cámara resulta realmente potente.
Queda claro que al cineasta le apasiona el universo de Resident Evil, quizá no tanto como fan (aunque la cinta está repleta de referencias), sino por las inmensas posibilidades que este ofrece. Sin embargo, su interés no reside tanto en lo aterrador como en lo cómico. Por supuesto, a Cregger le encanta el terror, pero este funciona aquí como propulsor de la comedia.
Siendo este su guion menos elaborado hasta la fecha –al prescindir de sus característicos juegos estructurales–, todo está construido como un chiste. Tanto la estructura general (con un desenlace tan sarcástico como trágico) como el desarrollo secuencia a secuencia (repitiendo el mismo modelo de suspense con final cómico) funcionan bajo esa lógica. Incluso en los momentos donde el drama asoma, todo termina resolviéndose con un chascarrillo.

Los juegos no suelen tomarse demasiado en serio a sí mismos, pero el Resident Evil de Zach Cregger lo hace todavía menos. El director estadounidense utiliza al protagonista como vehículo, casi como una excusa, para construir elaborados y aterradores set pieces al más puro estilo de la saga. Lo que empieza en las afueras con un encuentro nocturno en carretera, avanza hacia una casa, continúa en una calle solitaria de la ciudad y culmina en un hospital plagado de infectados. Todo está bañado por una diabólica ironía: ¿ves a este pobre tipo? Mira qué mal lo pasa, qué malas decisiones toma y cuántas veces ha estado a punto de morir. Un sentido del humor que es toda una seña de identidad de su director, pero que en esta ocasión también provoca algunos estragos.

No es que Resident Evil no dé miedo, es que parece no tener ninguna intención de hacerlo. Al principio existe un manejo del suspense soberbio, pero conforme la amenaza crece, la tensión se disipa y la comicidad se vuelve cada vez más repetitiva. La sensación de peligro disminuye porque, da igual cuán inútil sea el protagonista, ningún infectado conseguirá alcanzarle. No importa que la escena consista en algo tan aterrador como decenas de infectados lanzándose desde las alturas hacia la calle, porque nada tendrá consecuencias… salvo un nuevo chascarrillo.

Al ser este un guion con tan pocas pretensiones y tan ansioso por generar situaciones cómicas, uno no puede evitar pensar que no termina de explorar todo su potencial. Quizá un arco dramático le habría venido bien; a lo mejor un momento de pausa y asimilación habría jugado a favor de un ritmo menos atropellado. Todas sus herramientas están enfocadas a ofrecer una experiencia breve, intensa y fiel al espíritu de los videojuegos.
NOTA: ★★★☆☆
«RESIDENT EVIL», ESTRENO MAÑANA EN CINES.
TRÁILER DE RESIDENT EVIL:
PÓSTER DE RESIDENT EVIL:

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