Crítica de ‘Fjord’ [74SSIFF]: La falsa ambigüedad de un dilema ideológico.

El nombre de Cristian Mungiu no es desconocido para la cinefilia actual. Considerado el director más prestigioso del llamado «nuevo cine rumano», es uno de los retratistas más crudos y críticos de las políticas de su país, Rumanía. Su película más importante, 4 meses, 3 semanas, 2 días, marcó el estilo que todavía hoy practica: un realismo casi documental, con una cámara en mano que sigue a los personajes mediante largos planos generales y enteros (sin apenas recurrir al énfasis del primer plano), y con un punto de vista sobrio, neutro y observacional. Mungiu evita los artificios y prioriza la tensión dramática de las interpretaciones y del guion, con escasos pero potentes recursos visuales en la composición que guían la mirada del espectador de forma sutil.
Fjord, su última película, ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes y presentada en la sección Perlak de la 74.ª edición del Festival de San Sebastián, ha resultado tan polarizante como el resto de su filmografía, porque mientras muchos la elogian como un drama complejo y ambiguo sobre la guerra cultural e ideológica, otros la tachan de simple, impostada y tramposa.
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¿Qué nos cuenta Fjord? La estancia de los Gheorghiu, una familia de origen rumano-noruego, en un remoto fiordo noruego. Formada por un padre (Sebastian Stan), una madre (Renate Reinsve) y cinco hijos, uno de ellos todavía un bebé, la familia practica una estricta militancia evangélica. Aun así, y pese a sus diferencias ideológicas con el nuevo entorno, consiguen integrarse en la comunidad local y en sus respectivos trabajos, al menos hasta que una de las hijas aparece en el colegio con moratones en el cuerpo y empiezan a surgir sospechas de posibles abusos en el hogar familiar.

Vagamente inspirada en el caso real de la familia Bodnariu, a la que las autoridades noruegas retiraron la custodia de sus hijos, la película plantea una lucha de gran complejidad. ¿Debemos ponernos del lado de un sistema que, en su afán por proteger al menor, trata a la familia de forma inhumana y desconsiderada? ¿Debemos empatizar con la familia acusada durante dicho proceso, aunque no compartamos su forma de pensar ni sus creencias? Son preguntas tan difíciles que ni siquiera el director se atreve a responderlas.
Porque el cine de Mungiu no pretende ser aleccionador ni discursivo: siempre se acerca a estos dilemas desde la ambigüedad, pero sin apartar la mirada de la realidad. Por eso choca tanto que el supuesto realismo del guion de Fjord resulte tan caricaturesco. Los personajes hablan y se comportan según estereotipos muy reconocibles, tanto la familia Gheorghiu, cuyo comportamiento no presenta un solo matiz o contradicción que se aparte de lo esperado, como los noruegos de izquierdas, que siguen el mismo patrón.

La puesta en escena no hace sino agravar esa tendencia, con un sinfín de detalles que exageran de forma obvia y casi paródica aquello que debería ser ambiguo. Una tensa conversación entre los padres transcurre con una bandera noruega ondeando al fondo. Un hacha clavada con furia separa visualmente al matrimonio después de que les arrebaten a sus hijos. Y la imagen final, absurda e involuntariamente cómica, bien podría estar sacada de un telefilme patrocinado por el Opus Dei.
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En otras palabras: hay algo muy fallido en Fjord. El director quiere hablar de la polarización ideológica actual, de cómo la distancia entre conservadores y progresistas se ha vuelto tan grande que unos y otros han empezado a odiarse, pero su guion solo concede empatía a una de las partes: la familia evangélica. El punto de vista se sitúa de su lado, victimizándolos y, por ende, sacrificando los últimos resquicios de ambigüedad. El resto de personajes, los progresistas, están retratados con una condescendencia aterradora, de modo que Fjord acaba cayendo en un discurso que agradaría a cierto sector reaccionario que condena el wokismo.

¿Qué se puede rescatar de una película así? Que Mungiu sigue rodando de manera impoluta y que las interpretaciones dan veracidad a los personajes; no en vano, el reparto está formado por excelentes actores. Pero, más allá de eso, estamos ante una película que no solo resulta falsamente ambigua y, en más de un aspecto, fallida, sino también perversa, porque tras la aparente objetividad de su cámara se esconde un propósito oscuro. Aquí solo hay manipulación, sin espacio para las verdades incómodas que podrían abrir un diálogo sano entre ambos lados del espectro político.
NOTA: ★★☆☆☆
«FJORD» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN Y SE ESTRENA EL 15 DE ENERO EN CINES.
