Raúl Arévalo, Valentina Vidal y Laia Marull, reparto de la serie ‘El castillo’: «En nuestra sociedad la trata y la explotación sexual existen mientras miramos para otro lado».
La ficción de Movistar Plus+, dirigida por Elena Martín Gimeno y Sandra Romero, se estrena en la 74.ª edición del Festival de San Sebastián, fuera de concurso.

El castillo aterriza en la 74.ª edición del Festival de Cine de San Sebastián con la intención de cuestionar los códigos con los que el cine ha representado la trata y la explotación sexual. Basada en hechos reales y en el libro El proxeneta, de Mabel Lozano, la serie se adentra en una realidad que, lejos de pertenecer al pasado, continúa formando parte del presente.
Dirigida por Elena Martín y Sandra Romero, la ficción reúne a dos cineastas con sensibilidades muy diferentes que coinciden en alejarse de la romantización y la erotización habitual en este tipo de relatos. El guion, firmado por Isabel Peña y Eduardo Villanueva, construye personajes complejos atravesados por la violencia, la vulnerabilidad y las contradicciones de una sociedad que durante años ha preferido no mirar demasiado de cerca.
Raúl Arévalo, Valentina Vidal, Omar Ayuso y Laia Marull encabezan un reparto que se enfrenta a estos personajes desde una perspectiva alejada de los arquetipos fáciles. Un resultado que consigue incomodar y acercarse a sus historias sin convertirlas en un decorado romantizable.
En esta entrevista para mundoCine, Raúl Arévalo, Valentina Vidal y Laia Marull hablan de lo que hace diferente a El castillo, del desafío de representar la prostitución y el mundo policial sin recurrir a lugares comunes y de la dificultad de contar una historia como esta desde una mirada más directa, incómoda y libre de idealizaciones.
![Crítica de ‘El castillo’ [74SSIFF]: Una mirada interna a la mafia proxeneta española.](https://mundocine.es/wp-content/uploads/2026/09/el_castillo_2026_serie_critica.webp)
Enrique Constans: La serie está dirigida por Elena Martín y Sandra Romero, dos directoras con miradas y sensibilidades muy personales, que se enfrentan a una historia especialmente delicada y compleja. ¿Cómo ha sido trabajar con ellas en un material tan sensible? Y, sobre todo, ¿qué ha aportado cada una de ellas a los capítulos y a la construcción de vuestros personajes?
Valentina Vidal.: Ha sido increíble, la verdad. Haber trabajado primero con Elena, que también es actriz, me aportó muchísimo, sobre todo porque tengo muy poca experiencia y este es mi primer trabajo de este tipo. El hecho de que ella ya hubiera recorrido ese camino hizo que pudiera guiarme de alguna manera, aplicando algunos de los métodos que a ella le funcionan y que, en mi caso, me ayudaron mucho.
Después, al trabajar con Sandra, encontré otra forma de acercarme al personaje. Las dos tienen muchísima sensibilidad, pero creo que lo hacen desde lugares diferentes. Sandra trabaja más desde lo físico, mientras que Elena lo hace un poco más desde el imaginario. Poder combinar esos dos mundos, pasar del imaginario a lo físico, fue muy bonito porque, a partir de ahí, me resultó mucho más fácil llegar a determinadas emociones y encontrar la manera de conectar con ellas.
Raúl Arévalo: Muy bien definido, estoy de acuerdo. Yo ya he trabajado con bastantes directores y directoras a lo largo de mi carrera, pero puedo decir que ellas dos son ya de mis directoras favoritas con las que he podido trabajar y, además, se han convertido en grandes amigas.
Interpretar un personaje como este me daba bastante vértigo, pero lo digo en todas las entrevistas porque realmente lo siento así: desde Isabel Peña y Eduardo Villanueva, que fueron quienes me propusieron el personaje, hasta Sandra y Elena, los cuatro han estado muy presentes en todo el proceso de construcción. Desde cada kilo que he ido engordando, cada decisión sobre el tono de voz, las líneas de diálogo o el look del personaje, los cuatro han estado involucrados en todo momento.
Por eso, considero que, aunque el personaje lo haya interpretado yo, en realidad lo hemos construido entre los cinco. Ha sido un trabajo muy colectivo.
Laia Marull: Había visto sus películas y tenía muchas ganas de trabajar con ellas. Desde el primer momento, con Elena, que era la directora principal, me encantó su manera de trabajar. Ya desde el casting me hizo jugar, buscar, probar cosas. Incluso cambiaba las réplicas para que yo pudiera adaptarme a ese juego, y eso es algo que a mí me encanta.
Me gusta que exista esa posibilidad de jugar y de encontrar los personajes a través de las situaciones, de poder improvisar mínimamente. Aunque en este caso había poca improvisación, sí estaba presente esa posibilidad de probar y buscar, y eso me encantó desde el principio.
Además, creo que se nota que Elena también es actriz. Siempre plantea las cosas desde un lugar muy positivo. Los actores a veces somos un poco demasiado sensibles y, de alguna manera, ella siempre proponía las cosas desde el «vamos a buscar otra manera». Incluso cuando algo no funcionaba, nunca lo planteaba como un rechazo, sino como una invitación a encontrar una segunda opción.
Sandra, en cambio, tiene una manera de trabajar muy distinta, pero hay algo de ella que me encanta: tiene un ojo muy bueno para detectar la verdad. Cuando algo no funciona o algo resulta artificial, lo ve enseguida y te lleva a buscar más adentro, de una forma más sencilla y real. Además, tiene un ojo maravilloso para todo, también para el ritmo. Me encantó trabajar con las dos, la verdad.
Y, en cuanto a la serie, también me interesaba mucho el planteamiento de estos policías. No son los policías que solemos encontrar habitualmente en las series, sino personas corrientes que se dedican a esto, con sus frustraciones, sus problemas y sus propias vidas. De alguna manera, son un reflejo de la sociedad del momento.
Y eso también me parecía muy interesante: que, en determinados momentos, policías y proxenetas pudieran llegar a parecer casi intercambiables. Creo que esa ambigüedad dice mucho de la serie y de cómo está planteada.

E. C.: Detrás de unos personajes así hay también un proceso de investigación y de preparación que no siempre vemos en pantalla. ¿Cómo fue ese trabajo previo y qué os aportó a la hora de construirlos?
R. A.: Por suerte, los creadores y las directoras ya estaban muy bien documentados y asesorados. Nos transmitieron todo ese trabajo y nos lo presentaron. En el caso de Elena, por ejemplo, nos reunimos con una psicóloga forense. También conocimos a mujeres que habían sido víctimas de trata y a puteros. No me interesaba conocer a ningún proxeneta, pero sí tuvimos la oportunidad de hablar con mucha gente que pudo asesorarnos y ayudarnos a preparar los personajes.
V. V.: Sí. Para mí fue muy importante encontrarme con estas mujeres supervivientes porque, claro, yo no puedo más que imaginar cómo sería pasar por una situación como esta. Y sentarme con ellas, de alguna u otra forma, hace muy palpables los sentimientos que se generan al traer esos recuerdos a la mesa.
Afortunadamente, las mujeres con las que nos reunimos ya habían pasado por un proceso psicosocial y, de alguna manera, habían trabajado todo ese pasado. Por eso podían hablar de estas cosas con más tranquilidad, aunque, evidentemente, todavía podían llegar a sentirse removidas por algunos de esos recuerdos.
E. C.: El castillo, basada en hechos reales y en el libro El proxeneta, de Mabel Lozano, se adentra en el mundo de la explotación sexual y la trata desde una perspectiva bastante novedosa dentro del cine español. ¿Cómo afrontas, Laia, como actriz, la responsabilidad de dar vida a este tipo de personajes y de acercarte a una historia así?
L. M.: Siempre que abordas una historia real, y más una historia que ocurrió a finales de los años 90 y principios de los 2000, existe una responsabilidad. Además, estamos hablando del germen de una situación que, de alguna manera, sigue vigente hoy, aunque las leyes hayan cambiado, posiblemente también gracias al trabajo de aquellos policías que, como hormiguitas, fueron avanzando hasta contribuir a que se creara una ley específica contra la trata.
A mí me interesaba mucho mi personaje porque, de alguna manera, descubre todo lo que está sucediendo al mismo tiempo que el espectador. Ellos tenían los ojos vendados en muchos aspectos: estaban investigando el tráfico, pero no la explotación, porque la explotación era ilegal en España y, por tanto, no se buscaba ese delito.
Cuando los policías acudían a los prostíbulos, en realidad iban fundamentalmente a buscar a mujeres indocumentadas para deportarlas o hacer lo que les correspondiera, que era lo que se les pedía desde arriba. Y eso también lo vemos en la serie. Pero lo interesante, para mí, es el momento en que el personaje y todo el grupo empiezan a comprender que la víctima es ella, que allí existe una situación de trata y que hay un delito que perseguir.
Y ahí es donde se dan cuenta de que la sociedad no estaba preparada y, quizá, todavía no lo esté del todo. Se encuentran con la propia ley, con la dificultad de reunir pruebas, y con todos los obstáculos que existen para demostrar y atajar un delito así. Es una realidad muy dura.

E. C.: Tanto el personaje del Suizo (Raúl Arévalo) como el de Claudia (Valentina Vidal) manejan distintos niveles de contención. En tu caso, Raúl, esa contención está especialmente presente en la violencia. Interpretas a un personaje tremendamente violento, pero que pocas veces llega a exteriorizarla o hacerla explícita. ¿Cómo trabajaste esa violencia contenida?
R. A.: Es cierto que, cuando tienes un buen guion, ese tipo de cosas también ayudan mucho. En este caso, esa contención de la violencia, esa agresividad o ira soterrada que tiene mi personaje, era algo muy interesante de trabajar. Uno siempre recurre a cosas que tiene dentro, pero también es fundamental contar con un buen guion que te ayude a sostener todo eso y transmitirlo.
Creo que, en este caso, lo teníamos. Al igual que contábamos con dos directoras maravillosas, teníamos un guion que permitía construir esa violencia y conseguir que, de alguna manera, llegara a verse en pantalla sin necesidad de hacerla explícita. Me alegra que lo hayas percibido, porque era precisamente una de las ideas que queríamos trabajar.
E. C.: En tu caso, Valentina, guardas mucho dolor y mucha rabia, pero rara vez los exteriorizas. ¿Cómo ha sido trabajar esa contención emocional en tu personaje?
V. V.: Tuvimos la posibilidad de reunirnos con una psicóloga forense y mantener una conversación que, para mí, y creo que también para Rodolfo, fue muy importante. Nos ayudó a entender cómo reaccionarían nuestros personajes ante determinadas situaciones.
En mi caso, esa contención emocional tenía que ver con no perder de vista el motivo por el que mi personaje está allí, que básicamente es su hijo, pero sin renunciar a expresar lo que siente cuando no está de acuerdo con algo o cuando percibe que se está cometiendo una injusticia con ella. Era importante encontrar ese equilibrio entre contener las emociones y, al mismo tiempo, permitir que afloraran cuando la situación lo exigía.
E. C.: Y Laia, tu personaje, Osés, es una mujer policía a finales de los 90 y principios de los 2000, en un entorno profundamente masculinizado y rodeada de hombres que, en ocasiones, representan una masculinidad muy violenta. ¿Cómo afrontaste el reto de construir un personaje que tiene que abrirse camino y ejercer su autoridad en ese contexto, pero que, al mismo tiempo, se convierte en una especie de brújula moral y ética dentro del grupo?
L. M.: Creo que en la realidad mi personaje no siempre era suficientemente escuchada. No tenía una voz especialmente clara dentro de ese entorno, y en la serie sí hemos querido poner el foco en ella. Intenté construir a una mujer que tiene su propio criterio, sus opiniones y sus juicios, aunque no siempre pueda expresarlos o llevarlos a cabo. Al final, era un mundo profundamente masculino.
Y ahí también era interesante la llegada de Miesa, el personaje de Omar Ayuso, a la unidad en la que mi personaje lleva años trabajando. Él es un joven que llega con una actitud muy determinada y con ciertos prejuicios y aspiraciones, mientras que ella lleva mucho tiempo allí y conoce perfectamente ese entorno. Sin embargo, ambos terminan encontrándose en algo fundamental, ya que los dos tienen el interés y la necesidad de llegar hasta el fondo de la investigación. Ahí es donde resultaba especialmente interesante trabajar su relación.

E. C.: Es una relación, de hecho, con una muy buena sinergia, que nace del conflicto, pero que acaba encontrando también cierto entendimiento.
L.M.: Sí, porque, en realidad, los dos son personas con ganas de llegar al fondo de la cuestión, y es ahí donde se encuentran. Y, al final, también está el cariño que se va construyendo entre ellos. Me interesaba mucho esa relación entre una inspectora que lleva años en la unidad, pero que, por el hecho de ser mujer, probablemente no ha tenido las mismas oportunidades de crecer profesionalmente ni de avanzar en su puesto.
E.C.: Y, para acabar, ¿qué creéis que diferencia El castillo de otras ficciones españolas que han abordado esta temática?
R. A.: Pues tengo que decir que no sé si ahora mismo me vienen a la cabeza ficciones que hayan abordado esta temática desde este lugar. Creo que aquí se pone el foco en la visibilización, en la crítica, en la reflexión y en mostrar un tema como quizá no se había mostrado antes.
Creo que ha habido mucha romantización, desgraciadamente, por parte de la ficción, tanto española como internacional, sobre este mundo. Y creo que El castillo pone el foco en algo que, hasta ahora, no se había hecho desde este lugar.
V. V.: Eso es algo que los creadores buscaban desde el principio, y las directoras también se encargaron de llevar la narrativa hacia ahí: precisamente, no erotizar ni hacer que estas situaciones parezcan sexys. De alguna u otra forma, cuando piensas en este tipo de series, incluso puedes imaginarte una paleta de colores específica que dista completamente de la realidad.
R. A.: Sí. No romantizar el mundo de los proxenetas, no erotizar a las mujeres, no idealizarlo, ni hacer una ficción más yankee, como estamos acostumbrados a ver, sino mostrar a personajes más de carne y hueso. Creo que ese era el reto, y creo que está conseguido.
L. M.: Yo creo que, no sé si solo en las ficciones españolas, pero la prostitución, en general, se plantea desde un lugar en el que siempre se acaba erotizando, llevándola hacia un determinado lado o señalando a la mujer como víctima.
Creo que aquí, de alguna manera, han intentado ir al quid de la cuestión: la trata y cómo estos proxenetas de tres al cuarto empiezan y pueden llegar a construir una mafia gigantesca, y cómo eso es posible en una sociedad como esta.
Y van ahí, a eso. De alguna manera, creo que una de las diferencias es ir hasta el máximo de la realidad, no romantizarla, mostrar la sordidez de lo que es y, como te comentaba también, acercar los personajes. Porque puede ser cualquiera de nosotros: mi padre, mi tío o el tuyo. Tanto el proxeneta como el cliente o el policía forman parte de nuestra sociedad. Y en nuestra sociedad, esto existe mientras nosotros miramos para otro lado.
Creo que también es muy importante algo que he visto, por ejemplo, en el primer capítulo: cómo se fijan en ese primer cliente. Están sobre él, no sobre ella, observando cómo ella lo sufre. Sobre todo, la mirada está puesta en él, y esa es una visión que creo que resulta muy interesante porque te pone más entre la espada y la pared.
Y luego está también esta manera de mostrarlo. Si tú vas a ver una película que transcurre en un prostíbulo o en un striptease, seguramente vas a ver culos, tetas, brillos y momentos espectaculares. Aunque incluso renuncie a ello, de alguna manera, El castillo va un poco a la contra, si te fijas.
Para mí, esa otra manera de hacerlo es importante porque, al final, cuando representas la prostitución de una determinada forma, estás colaborando con un imaginario colectivo que hace que se perpetúe la historia tal y como la conocemos.
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