Pamplona será la ciudad anfitriona de los Premios Goya 2027, que se celebrarán el sábado 6 de febrero en el pabellón Navarra Arena.
La 41.ª edición viajará por primera vez al norte de España.

La historia de los Premios Goya es, también, la historia de la evolución y descentralización del cine español. Desde aquella primera reunión de profesionales convocada por Alfredo Matas en 1985 hasta la consolidación de unos galardones que hoy recorren distintas ciudades de España, los Goya han construido una identidad propia.
Cuatro décadas después de su nacimiento, la Academia continúa ampliando horizontes y acercando la gran fiesta del cine a nuevos territorios. En 2027, por primera vez, los premios viajarán al norte para celebrar su 41.ª edición en Pamplona. La elección de Navarra abre, así, un nuevo capítulo en la historia de unos galardones cada vez más nómadas.
La génesis del restaurante O’Pazo
Hay que remontarse a una fecha histórica para el cine español para conocer, además, el germen que dio lugar a la creación de los Premios Goya. El 12 de noviembre de 1985, el productor Alfredo Matas convocó a una serie de profesionales del gremio con el objetivo de definir y establecer las bases del futuro de nuestra cinematografía. Luis García Berlanga (El verdugo), Carlos Saura (Cría cuervos) o José Sacristán (Asignatura pendiente) fueron algunas de las figuras presentes en esta cena y, también, en el manifiesto respaldado por ochenta y siete firmas que dio lugar, un año después, a la creación de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España.
Establecidos los cimientos de esta nueva institución, el encargo del diseño y estructura de los premios que reconocerían la tarea de los diferentes apartados técnicos y artísticos que conforman una película recaería en dos madrileños: el director Jaime de Armiñán, artífice de películas tan relevantes del franquismo tardío como Mi querida señorita, y Teo Escamilla, director de fotografía de algunas de las grandes obras maestras de nuestro cine, como El desencanto, de Jaime Chávarri.
El Teatro Lope de Vega, situado en la Gran Vía de Madrid, sería la sede de la primera edición de unos premios de la Academia de Cine que aún no tenían ni estructura, ni forma, ni nombre; conflicto este último que supuso un quebradero de cabeza para los encargados de poner la primera piedra sobre la que sustentar los galardones cinematográficos de mayor importancia de nuestro país.
La final four
Se atribuye a Julio César la frase: «La mujer del César no solo debe ser honrada, sino además parecerlo». Podría asemejarse esto a la pequeña batalla interna entre los neoacadémicos de nuestro cine para encontrar un nombre a la altura del significado simbólico y material con el que querían dotar a los premios que iban cogiendo forma. A la votación final, que se produjo en la asamblea extraordinaria de la Academia de Cine del 18 de diciembre de 1986, llegaron cuatro propuestas muy destacadas que pugnaron en una reñida elección para conocer la denominación definitiva.

La primera de ellas, «Soles», hacía referencia simbólica y homenaje a la luz como elemento esencial del cine, y su propuesta tenía la esencia de quien la ideó: el director de fotografía Teo Escamilla. El segundo de los nombres, que al parecer tuvo poca incidencia en la votación debido a la distante raíz española del mismo, fue el de Premios Lumière, en referencia directa a los inventores franceses del cinematógrafo. Tuvo mayor acogida y podría decirse que partía como favorito el nombre en homenaje al gran director español –con permiso de Luis García Berlanga– de toda la historia de nuestro cine: Luis Buñuel. Se produjo una guerra civil artística entre aragoneses, ya que el director surrealista de Calanda (Teruel) competía directamente contra Francisco de Goya, oriundo de Fuendetodos (Zaragoza). El impacto de un nombre conciso, musical y asociado al arte era una de las líneas rojas inamovibles para los académicos, y el del histórico pintor español reunía todas estas características. Para la decisión final fue clave la relación artística de Goya con el cine que postuló el director artístico Ramiro Gómez, quien destacó la influencia de la pintura y la luz del maestro aragonés, tan cercano a la disciplina cinematográfica.
Como estaba definido, el Teatro Lope de Vega acogió el nacimiento de la primera edición de los Premios Goya el 17 de marzo de 1987, en una gala conducida por Fernando Rey (Tristana), que encumbró a El viaje a ninguna parte, dirigida por otro Fernando, Fernán Gómez, como la primera mejor película de la historia de los premios más relevantes de nuestro cine.
Los Goya nómadas
El primer paso para asentar un proyecto de una envergadura tal como los premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España fue el de avanzar poco a poco e ir creciendo de manera progresiva. Los Premios Goya fueron madurando y el Teatro Lope de Vega se quedó pequeño para albergar el acto, que durante sus primeras treinta y dos ediciones no se movió de su sede geográfica en la ciudad de Madrid, celebrándose, de manera general, en el Palacio de Congresos de la capital española.
Con una excepción. El año 2000, además del cambio de milenio, supuso la primera ocasión en la que los Premios Goya se celebraron en una ciudad española que no era Madrid. La 14.ª edición de los galardones cinematográficos de nuestro cine tuvo lugar en el Auditori de Barcelona, bajo la batuta de la actriz Antonia San Juan, que venía de protagonizar en 1999 Todo sobre mi madre, a las órdenes de Pedro Almodóvar. Esta fue la primera vez en su historia en que la Academia decidió descentralizar los premios y reconocer el valor histórico, en la cultura y el arte, de una urbe clave a lo largo de los siglos como lo es Barcelona, un motor industrial imprescindible, a su vez, para el desarrollo del cine de nuestro país.
![Crítica de ‘La bola negra’ [74SSIFF]: La ambición desmedida y personal de los Javis con Lorca.](https://mundocine.es/wp-content/uploads/2026/09/la_bola_negra_2026_critica.webp)
No fue esto, sin embargo, paradigma de nada, ya que no fue hasta su 33.ª edición cuando los miembros de la junta directiva de la Academia de Cine tomaron la firme decisión de hacer de los Premios Goya unos galardones nómadas por nuestra geografía. El Palacio de Congresos y Exposiciones de Sevilla (FIBES), en el año 2019, marcó el punto de partida de toda una amalgama de enclaves geográficos que han acogido con cariño y muchísima expectación el acto de homenaje y reconocimiento al cine español por excelencia. Málaga, en las ediciones consecutivas 34.ª y 35.ª; Valencia (36.ª); de nuevo Sevilla (37.ª); Valladolid, donde Javier Calvo y Javier Ambrossi fueron los conductores de la edición número 38; la ciudad que vio nacer a Lorca, Granada, para la 39.ª; y, por último, hasta hoy, la celebración de la 40.ª edición de los Premios Goya, que acogió la ciudad condal de Barcelona, repitiendo así el hito de su 14.ª edición con la que inició el segundo milenio.
Los Goya viajan por primera vez al norte
La 41.ª edición de los Premios Goya, en la que La bola negra se perfila desde el inicio como la rival a batir, viajará por primera vez al norte de España y tendrá como escenario el Navarra Arena de Pamplona el próximo 6 de febrero de 2027. La elección de Navarra amplía el recorrido de unos premios que, hasta ahora, habían llegado como máximo a Valladolid, y que en los últimos años han consolidado su carácter itinerante. Una comunidad que ha sido escenario de grandes producciones del cine español, como Las brujas de Zugarramurdi, Akelarre u Ocho apellidos vascos, y que ha estado vinculada a intérpretes como Alfredo Landa o Najwa Nimri, se convierte así en protagonista de la gran celebración anual de nuestro cine.
Además, Fernando Méndez-Leite adelantaba que las nominaciones se conocerán el 15 de diciembre, y el 11 de enero tendrá lugar el encuentro con los nominados. Durante las semanas previas, los Goya viajarán por distintas ciudades de la Comunidad Foral con coloquios, seminarios y encuentros para acercar el séptimo arte a nuevos públicos y reforzar la idea de unos premios que son, además de una competición, una celebración de la cinematografía española y una apuesta por su descentralización. El anuncio también ha estado marcado por el recuerdo a Gonzalo Suárez, Goya de Honor, cuya reciente pérdida supone una ausencia significativa para el cine y para el conjunto de la cultura española.
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