Crítica de ‘La bola negra’ [74SSIFF]: La ambición desmedida y personal de los Javis con Lorca.

Antes incluso de su estreno en cines, La bola negra ya ha hecho historia. Desde el magnífico Premio a la Mejor Dirección en Cannes hasta el más reciente Premio del Público en Toronto, los Javis parecen encaminados directamente hacia los Óscar. El mero hecho de figurar en las quinielas internacionales ya supone un logro inmenso para la cinematografía española. Gracias a su primera proyección en nuestro país, como una de las perlas del 74.º Festival Internacional de Cine de San Sebastián, la prensa nacional ha podido comprobar que no estamos ante un triunfo de producción, sino, sobre todo, de emoción.

A lo largo de sus extensos 155 minutos, los 15 millones de presupuesto no dejan de notarse en pantalla, pero lo que más se ve y destaca es el fondo, que no ha sido rebajado ni un ápice a pesar de la magnitud del proyecto. La bola negra es una preciosa carta de amor al colectivo LGTBIQ+ (concretamente, a los hombres homosexuales) y, a la vez, un profundo análisis histórico y personal de la dupla opresión-culpa que los ha atravesado durante el último siglo. Puede que el resultado no esté tan refinado como cabría esperar, pero sin duda nadie más que ellos podría haber llegado a ese punto. Nadie más podría haber hecho esta película.
Con todos sus pros y sus contras, esta es su propuesta más personal hasta la fecha. En consecuencia, es mejor no esperar un relato históricamente riguroso, sino una revisión fantasiosa. Los Javis no muestran cómo vivían los soldados homosexuales en la Guerra Civil, sino cómo veían su entorno. Esta fantasía de cuerpos perfectos y diálogos excesivamente profundos es una oportunidad para hacer sentir a cualquier espectador lo que supone vivir con esa bola negra reprimida.

En este cuento de historias entrelazadas, paradójicamente la más potente es la más realista y actual. Se nota la cercanía temporal y la honestidad emocional de los Javis a través del mejor personaje de la película. Carlos González (Mariliendre) es la gran revelación del film, al representar cómo esta historia le atraviesa a él y a su familia. Las dos líneas pasadas están mejor planteadas que ejecutadas y se echa en falta la intensa emoción personal de la obra de teatro de Alberto Conejero, aquí correctamente ampliada como superproducción.
Dentro de este tornado de influencias y adaptaciones (el guion también se basa en la obra homónima inacabada de Lorca), el resultado final acaba siendo y sintiéndose demasiado largo. Esas partes históricas son las que más se resienten en el ritmo, sobre todo por ser las que menos aportan en comparación con esa completamente novedosa historia actual. Afortunadamente, el montaje (visual y sonoro) consigue hilar a la perfección cada salto temporal, manteniendo la tradicional atención al detalle tan artesanal de Javier Calvo y Javier Ambrossi.
Los codirectores y guionistas siguen funcionando como núcleo creativo tras su ruptura a juzgar por todas las ideas y frases memorables que quieren plantear. Quizá demasiadas. A veces, el metraje se siente como una sucesión de escenas reivindicativas como clips de Óscar que no se justifican ni con esa suspensión de la credibilidad histórica. Sobre todo en esa parte intermedia más extendida, el montaje luce más como un tráiler alargado con frases graciosas para X (antes Twitter). Es una pena porque el mensaje que transmiten es tan potente como necesario, aunque pierda fuerza por no saber llegar del todo bien a él.

Todas y cada una de las imperfecciones se perdonan no solo por la emoción resultante, sino por el arrollador clímax al que dirigen al espectador que haya resistido hasta ahí. No se trata solo de resolver todas las historias con giros (bastante obvios), sino de entender el porqué de todo. Esa razón tiene un nombre de tres palabras: Federico García Lorca. Él es el alma de la película, y por eso los Javis se lucen en una preciosa coda dedicada al poeta granadino. Ahí el ritmo no para de subir durante casi media hora de lágrima pura.

Dentro de esa vorágine climática, y a pesar de un despliegue fotográfico y de puesta en escena bien merecedor del Óscar, la escena más artística y emocionante es una conversación completamente a oscuras entre Guitarricadelafuente y Miguel Bernardeau (Querer). El famoso músico español da la talla en cada plano, pero su compañero de reparto tiene posiblemente la mejor interpretación de un reparto ya de por sí estratosférico.
Otro Óscar posible: Mejor Casting. Los Javis saben ser generosos para dejar que cada actor se luzca y aporte su propia esencia. Lola Dueñas es un huracán, como en La Mesías; el joven Milo Quifes hipnotiza con sus movimientos y miradas; y hasta Glenn Close (Atracción fatal) saca músculo con un español muy fluido en la gran revelación de la historia. Su personaje cobra más sentido que el de Penélope Cruz; y, aun así, nuestra ganadora del Óscar por Vicky Cristina Barcelona eleva la película cuando más lo necesita en tan solo tres escenas que bien podrían darle su segunda estatuilla dorada.

Como diría el otro músico migrado al cine, C. Tangana, La bola negra es una ambición desmedida, y ahí reside su alma tan particular. La historia es un caballo desbocado que arrasará los sentimientos de muchos hombres homosexuales. Incluso todo el público que puede dejar fuera se puede sentir orgulloso de que España haya producido una epopeya gay tan épica como personal que marcará no solo esta temporada de premios, sino también la carrera de los Javis… y, ojalá, de nuestra industria. Esta película es el momento y hay que verla en el cine y con gente.
NOTA: ★★★½
«LA BOLA NEGRA» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN Y SE ESTRENA EL 25 DE SEPTIEMBRE EN CINES.
TRÁILER DE LA BOLA NEGRA:
PÓSTER DE LA BOLA NEGRA:

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