Crítica de ‘Los miserables’ (2026) [74SSIFF]: Un intento de thriller social demasiado Netflix y sin el alma de Victor Hugo.

Resulta que Mis muertos tristes, de Pablo Larraín, no es la única serie camuflada de película en la Sección Oficial del 74.º Festival Internacional de Cine de San Sebastián. A pesar de sus 178 minutazos, Fred Cavayé (Cuenta atrás) intenta presentar su versión de Los miserables como un largometraje de más de 30 millones de dólares que, sí, llegará a las salas españolas el 6 de noviembre. Sin embargo, ver el logotipo de Netflix en los créditos iniciales ayuda a entender mejor el resultado: un producto funcional, tan dilatado como reduccionista, que habría encajado mejor en formato de miniserie y que en absoluto se beneficia de la gran pantalla.
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Durante más de un siglo, distintas cinematografías han adaptado este clásico del siglo XIX sobre el bien y el mal a través de la redención de un pobre presidiario. Ahora, la historia vuelve a su país de origen con un cineasta galo al frente del guion y la dirección. Puede sorprender la elección de Fred Cavayé, dueño de una filmografía muy centrada en el thriller y la comedia contemporánea, pero ese es, precisamente, el enfoque que aplica a esta nueva aproximación.
Casi tres cuartas partes del innecesariamente extenso metraje plantean un juego del gato y el ratón. El entretenimiento nace de la constante huida de Jean Valjean ante la persecución de malos malísimos, mientras la cinta replica los principales puntos de giro de la obra original sin apenas peso dramático. Aquí se nota la mano de Cavayé –y puede que también la exigencia de una plataforma de streaming– para no conceder ni un solo momento de calma, encadenando un clímax tras otro.
Quizá por eso le habría sentado mejor una estructura episódica, sobre todo para desarrollar unos bruscos saltos temporales que parecen responder más a necesidades de montaje que a necesidades narrativas. El humor también intenta mantener la atención con chistes esporádicos, pero sorprende lo mal que cuajan algunas líneas de diálogo tratándose de un director curtido en el género. Para completar ese déficit de atención tan propio del algoritmo, al final de las tres horas asoman incluso flashbacks internos de la propia película.

Una pantalla pequeña habría disimulado, al menos, los fondos CGI a medio renderizar de esos incomprensiblemente abundantes planos de dron. Por su parte, la fotografía y la partitura, genéricas e inexpresivas, se acercan también a ese modelo de producción del gigante del streaming (cuesta entender que apenas existan sombras marcadas y que todo esté iluminado de manera tan uniforme en pleno siglo XIX).
Después de esa repetitiva persecución, el último cuarto de la obra parece querer lucirse con aquello de lo que presume su póster: la revolución. Pero aquí también llegan los recortes: la guerra consiste en un panfleto y una calle. Y ya está. Lo atractivo de este tramo es la reunión de todos los personajes y las subtramas, aunque su ejecución hace añorar la tensión propia del thriller.
Cavayé apuesta todo a ese género cinematográfico, concretamente a su vertiente social más que a la política. Como deja explícito mediante rótulos y diálogos, su mensaje gira en torno a la eterna lucha de clases entre pobres y ricos. Sin embargo, la tensión de los acontecimientos acaba ahogando el propio mensaje, hasta el punto de tener que recurrir a una gratuita voz en off para aclarar la moraleja final y situar la acción de vez en cuando.
Paradójicamente, casi nunca se llega a mostrar el sistema que se critica, sino únicamente la miseria en la que la película se regodea en demasía para subrayar su tesis. Apenas se habla del contexto político, ya sea la monarquía o la república. El resultado es una estampa tan horrible como la de unos desfavorecidos enfrentándose entre sí. Es lo que ocurre cuando no se cuenta nada del sistema político (la corrupción externa) ni del sistema moral (la corrupción interna) que les lleva a ello.
Sí se percibe, en cambio, el caos al que conduce el autoritarismo, al menos en un par de preciosos planos del tramo final donde Cavayé demuestra, por fin, la potencia visual de su producción. No obstante, tampoco se analizan las figuras de poder que lo desencadenan (hasta los soldados enemigos parecen CGI).

Pero, más allá de traicionar su propia premisa, lo peor es cómo saquea la de Victor Hugo. Al quedarse únicamente con el esqueleto de los acontecimientos narrativos de la novela, apenas quedan dos candelabros como recordatorio de que la auténtica victoria del bien sobre el mal solo puede llegar a través del perdón y no de la lucha. De poco sirve que Valjean tenga ese recordatorio en su casa si después se pone a pelear afirmando que puede volver a ser malo cuando le plazca, casi como si se tratara de Hulk. El libreto se empeña en mostrarlo siempre en contra o huyendo de alguien, cuando, en realidad, él está a favor de algo: lucha no contra personas, sino por ellas.
Hasta en tres ocasiones alguien le pregunta al protagonista por qué actúa con semejante misericordia. Son oportunidades perfectas para asentar el alma de la cinta, pero se desperdician dejando a Valjean sin respuesta, con un plano en silencio o con alguna frase hueca de autoayuda. Tanto él como lo que representa quedan en segundo plano, hasta el punto de que ni siquiera el gran Vincent Lindon (Titane) consigue salvar al personaje.

Los auténticos protagonistas terminan siendo los dos villanos: el señor Thénardier y Javert. Destaca especialmente este último, cuyo trasfondo se amplía con un pasado que permite introducir mayores debates internos, por mucho que Tahar Rahim (Alpha) apueste por la contención. Por su parte, Noémie Merlant (Retrato de una mujer en llamas) tampoco logra emocionar en la piel de Fantine, sirviendo como otro ejemplo más de ese regodeo gratuito en la miseria y de una dirección actoral francamente poco inspirada. Peor paradas salen las jóvenes Cosette y Éponine, atrapadas en un triángulo amoroso que ha llegado a provocar risas involuntarias entre los espectadores.

Puede que sea más efímera que el resto de la Sección Oficial del Festival de San Sebastián, pero sin duda es de las que más se van a poder recomendar para ver y disfrutar sin ningún tipo de culpa. Al fin y al cabo, este divertimento experiencial bien puede presumir de su lograda hazaña técnica sin trampa ni cartón, en la que todo se ve y se disfruta durante una hora y media de tensión creciente. Aunque los espectadores salgan sin reflexionar de ella, también lo harán con la adrenalina por las nubes.
NOTA: ★½
«LOS MISERABLES» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN Y SE ESTRENA EL 6 DE NOVIEMBRE EN CINES.
TRÁILER DE LOS MISERABLES:
PÓSTER DE LOS MISERABLES:

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