Naomi Watts recibe el Premio Donostia del Festival de San Sebastián 2026 de manos de un J. A. Bayona al borde de las lágrimas y se lo dedica a David Lynch.
La actriz británico-australiana rememoró el intenso rodaje de ‘Lo imposible’ y rindió un sentido homenaje al director que marcó un antes y un después en su carrera.

Si en las primeras 48 horas del Festival de San Sebastián 2026 ya han caído los dos primeros Premios Donostia de la edición, cabe preguntarse qué emociones fuertes nos deparará el resto de la semana. El viernes, Werner Herzog abrió la veda de homenajes con una declaración de amor incondicional al País Vasco; este sábado recogió el testigo Naomi Watts, que se subió al escenario para recoger su galardón en el marco de la presentación de La esposa perfecta (The Housewife), su nueva película recién aterrizada desde el Festival de Toronto, donde interpreta a la esposa de un presunto nazi oculto en la Nueva York de los años sesenta.

La actriz que se las vio con un simio gigante enamorado y con el corazón hecho trizas en lo más alto del Empire State; que consiguió que medio planeta mirase su televisor con pavor por culpa de una cinta VHS maldita (dejándonos además una lección vital: acercarse a un pozo nunca trae nada bueno); que se perdió por las carreteras más alucinadas y serpenteantes de Hollywood; que vivió una velada de auténtico infarto con dos intrusos psicópatas vestidos de blanco (recordatorio: nunca, jamás, le prestes huevos a tus vecinos); y que logró salir con vida del tsunami más devastador del sudeste asiático, llegó al Kursaal para recibir un reconocimiento a una carrera marcada por la supervivencia, tanto delante como detrás de las cámaras, donde tuvo que enfrentarse a una infinidad de rechazos hasta que la mirada surrealista de un genio llamado David Lynch se fijó en ella y lo cambió todo.
El sueño premonitorio de J. A. Bayona

Como no podía ser de otra manera, Juan Antonio Bayona fue el encargado de poner en sus manos el premio. El cineasta español, que la condujo hasta su segunda nominación al Óscar con Lo imposible (2012) –la primera fue por encarnar el peso del dolor en 21 gramos (2003), a las órdenes de Alejandro González Iñárritu–, tomó la palabra para desvelar una pequeña confidencia: «Hace algún tiempo soñé que Naomi Watts recibía el Premio Donostia y en aquel sueño era yo quien se lo entregaba».
Tras enumerar la abrumadora lista de autores que han moldeado la carrera de la estrella –David Cronenberg, Peter Jackson, Woody Allen, Michael Haneke, Clint Eastwood, Alejandro González Iñárritu o David Lynch, entre otros–, Bayona quiso compartir una anécdota que radiografía mejor que ninguna otra quién es Naomi Watts cuando las cámaras empiezan a rodar. «Yo era un joven director al mando de una producción como nunca se había hecho en nuestro país. Estaba muy asustado y Naomi hizo algo que nunca olvidaré: confió en mí, se puso en mis manos y decidió seguirme hasta el fin del mundo», arrancó.
Entonces rebuscó en la memoria una escena que todavía le persigue: el momento en el que María, el personaje de Watts, es rescatada tras el tsunami por un grupo de mujeres tailandesas que no eran actrices profesionales. «Aquellas mujeres pronto olvidaron que estaban haciendo una película. Naomi se dejó llevar por esa autenticidad y ocurrió la magia. Nada de lo que pasó estaba escrito en el guion. Naomi empezó a llorar desconsoladamente. Preguntaba una y otra vez por sus hijos. Las mujeres la consolaban, la acariciaban, le cantaban al oído. Ya no había actrices, ya no había personajes, solo había una mujer rota, cuyo único consuelo eran unas desconocidas».
El cineasta catalán, con la emoción aferrada a la garganta, siguió hilvanando el recuerdo de un rodaje que terminó por reconfigurar su manera de entender el cine. «Y María Belón, la auténtica María que interpretaba Naomi Watts, estaba ese día conmigo en el set. Mientras contemplábamos la escena, María se giró hacia mí y me dijo: “Esa es la auténtica Naomi”. Y entendí perfectamente lo que quería decir, porque esa fuerza que aparece cuando Naomi confía, cuando se deja arrastrar, deja de protegerse y se entrega por completo a lo que está sucediendo delante de la cámara, cuando se pierde, cuando desaparece, es cuando aparece la verdadera Naomi Watts».
El recuerdo desembocó, en consecuencia, en una confesión tan personal como reveladora sobre lo que la británico-australiana significó para él: «Para un director no existe mayor recompensa que esa. Dejar de dirigir y limitarse a contemplar cómo aparece ante la cámara algo tan profundo, tan doloroso, que por un instante deja de ser ficción para convertirse en verdad. Y momentos como aquel no solo cambiaron mi forma de dirigir a los actores, sino que cambiaron mi forma de entender el cine. Lo que puede ser una película cuando tienes delante a alguien tan dispuesto a dejarse llevar y llevarte hasta lugares a los que nunca habías imaginado llegar y que ni siquiera habías contemplado como director».
La reflexión terminó convirtiéndose, de forma natural, en una declaración de afecto y gratitud hacia la actriz. «Naomi, quiero darte las gracias por haber confiado en aquel joven director que estaba muerto de miedo, por ser la compañera de viaje, la mejor compañera de viaje que he tenido nunca y por enseñarme algo que hoy día todavía sigo buscando cada vez que me pongo a trabajar delante de un nuevo actor. Te admiro profundamente, pero sobre todo te quiero y esta noche puedo decir además que cumplo un sueño, un sueño hecho realidad, entregarte el premio».
Naomi Watts, la actriz que salió del laberinto gracias a David Lynch

Tras una ovación ensordecedora en el auditorio del Kursaal, una abrumada y elegante Naomi Watts tomó la réplica de la farola donostiarra. «Buenas noches, San Sebastián, muchas gracias. Es hermoso ver vuestras caras aquí. Recibir un premio a toda una carrera es increíble, siento un hormigueo por todo el cuerpo; es muy extraño cuando sientes que estás en mitad de tu trayectoria y que, en todo caso, apenas acabas de empezar», comenzó diciendo la actriz de 57 años.
Watts no tardó en devolverle el cariño a Bayona, recordando las extenuantes jornadas pasadas por agua: «Éramos masilla en tus manos, y trabajar contigo rodando Lo imposible en España fue uno de los momentos culminantes de mi vida, incluso soportando treinta tomas sumergida en aquel tanque de agua que Tom Holland llamó “el mejor parque acuático del mundo” y que yo llamé puro dolor». Hay que recordar que, en aquel entonces, nuestro actual Spider-Man era solo un niño debutando en la gran pantalla.
Con la mirada puesta en el futuro, Watts agradeció a Ben Shirinian, director de La esposa perfecta (presente en el patio de butacas), por confiarle un papel tan «complejísimo» hasta el punto de que incluso llegó a bromear con una posibilidad que parecía imposible: «Casi preferiría volver a sumergirme en el tanque de agua».
Empuñando su galardón, Watts lanzó un mensaje a la industria de Hollywood: «Hace más de treinta años nunca imaginé que mis sueños me llevarían tan lejos, así que recibir este honor es profundamente conmovedor. Necesitamos contar historias ahora más que nunca, y estoy inmensamente agradecida de poder demostrar que las mujeres seguimos aquí, rompiendo esa narrativa machista que me advertía a los 31 años que mi carrera se secaría al llegar a los 40. Las mujeres también consumimos cine, queremos vernos reflejadas en la pantalla y todavía tengo muchísimo que dar; sigo queriendo saber qué pasa después y sigo intentando alcanzar las estrellas».
Sin embargo, el núcleo emocional de su discurso estuvo dedicado en cuerpo y alma al hombre que apostó por ella cuando nadie lo hacía. «Estando hoy aquí pienso en la niña que se atrevió a soñar con ser actriz y que tuvo que aguantar una década entera de rechazos constantes, hasta que conocí a David Lynch. Él me vio, convirtió mis heridas en crecimiento, me dio el papel de mi vida en Mulholland Drive y, sobre todo, creyó en mí antes de que yo misma lo hiciera. Ese regalo me abrió las puertas para trabajar con directores increíbles como Cronenberg, Haneke, Iñárritu, Bayona o Peter Jackson, y me enseñó que la mayor alegría de actuar es que, mientras intentas habitar otras personas, acabas descubriendo más de ti misma», confesó, rindiendo tributo al maestro de las cortinas rojas.
Con un emotivo «David Lynch, te echo de menos», la niña que soñó con ser actriz se despidió del público donostiarra.
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