Crítica de ‘Pequeños profetas’: Agua de lluvia, cánticos y estiércol, la improbable receta de la pequeña gran serie del año.

¿Recordáis a aquel filibustero de la saga Piratas del Caribe al que se le caía el ojo postizo cada dos por tres, con la consiguiente persecución, a gatas, por toda la cubierta? Sí, el larguirucho que formaba con su inseparable compinche el dúo más desopilante de los siete mares, primero en la tripulación de Barbossa y después en la de Jack Sparrow. Y sí, el mismo que llegó a disfrazarse de señora, cual damisela en apuros, con vestido y sombrilla incluidos, para despistar a los soldados de la Marina Real. Pues bien, ese bucanero de pacotilla, Mackenzie Crook, es quien ha desenterrado el verdadero tesoro de este 2026, la pequeña gran serie del año.
Y es que donde el también cambiapieles salvaje de más allá del Muro (Juego de tronos) y vendedor de papel (The Office) ha marcado la diferencia es detrás de la cámara, con series cien por cien originales. La primera de ellas es la ganadora del BAFTA Detectorists (2014-2022), que sigue a los estrafalarios miembros del Club de Detección de Metales de Danebury en su búsqueda de monedas y reliquias por la campiña inglesa y que, para desgracia de los cafeteros del humor británico, nunca llegó a España (imperdonable). La segunda, Pequeños profetas, sí atraca por aquí, gracias al buen ojo (jé) de Apple TV, para que por fin podamos descubrir el inmenso talento de su showrunner.
Su protagonista es Michael Sleep (al que borda un superlativo Pearce Quigley), un hombre con una barba nada picajosa (o eso dice él) que a más de uno le recordará a Papá Noel. Fue precisamente en Nochebuena, hace siete años, cuando su novia, Clea, se desvaneció de la faz de la Tierra, sin dejar más rastro que su coche, abandonado junto al puente del Severn. Desde entonces, Michael vive anclado en una rutina que se repite día tras día, la misma que seguimos en los seis episodios de media hora que componen esta primera temporada y en los que, dicho sea de paso, nos quedaríamos a vivir.
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Esa rutina arranca cada mañana tras un sueño de lo más extraño, poblado de gaviotas. Después, Michael conduce su Ford Capri (o, cuando toca, pedalea en una bicicleta tándem, con un asiento vacío que dice más que mil palabras) hasta la tienda de bricolaje en la que trabaja. Ya en el aparcamiento le aguarda Brigham (Ed Kear), el encargado de los carritos, un bocazas de risa inconfundible que vive para sacarle de quicio y del que Michael se escabulle siempre que puede. Dentro, el jefe, Gordon, al que da vida el propio Crook con una coleta hasta media espalda, no parece hacer otra cosa en todo el día que mandar a la plantilla a su descanso o amenazar con el despido a quien llega tarde o tiene que marcharse antes de hora. Y entre pasillo y pasillo revolotea Kacey (Lauren Patel), la compañera que sueña con salir en Vecinos, el culebrón australiano.
En su horario laboral (y fuera de él), este Papá Noel de mono azul se mueve como pez en el agua. Si alguien osa preguntarle por su pasado, se sacará de la manga cualquier historia sobre la marcha, y a quien se le ponga por delante lo troleará con la mayor de las parsimonias. Ahí está una de las escenas más tronchantes (en el sentido más british de la palabra): un cliente, rodeado de estanterías atestadas de cubos, le pregunta si los venden, y Michael, sin inmutarse, le responde que no, que eso ya está pasado de moda.
La siguiente parada de su día a día es la residencia de ancianos donde vive su padre (Michael Palin), un anciano con una demencia que le hace bailar los recuerdos y que anda erre que erre con los concursos por carta, regalen lo que regalen. Consciente de que su hijo aún no ha pasado página, le entrega una receta que le pasó un místico italiano durante el servicio militar y que sirve para crear homúnculos, unas criaturillas que tienen respuesta para todo y cuyos nombres no olvidaremos jamás. Si alguien puede desvelar qué fue de Clea, son ellos. Para fabricarlos bastan unos tarros llenos de agua de lluvia, un cuarzo amatista, una moneda antigua de plata, un anillo de oro, una llave de latón, una plumilla de estilográfica y un botón corriente y moliente. Todo ello, enterrado en un montón humeante de estiércol de caballo, con cánticos y túnicas de por medio.

Escéptico al principio (faltaría más), pero hipnotizado por una extraña y antigua fotografía en la que aparece uno de estos seres, Michael se deja llevar por la desesperación y se pone manos a la obra en su cobertizo. De ese caldo de cultivo brota, al final del segundo episodio, el primero de los pequeños profetas a los que alude el título. Que nos perdone el padre de Michael por antropomorfizarlos, que ya sabemos que no le hace ninguna gracia, pero no hay otra forma de describirlos: son personitas pálidas, de piel casi translúcida, extremidades larguísimas y raíces que se enroscan como tentáculos, y que flotan suspendidas en un agua turbia y ambarina, como especímenes en formol de un gabinete de curiosidades. Hay que darles unos golpecitos en el cristal para que se dejen ver y, a ratos, con esas bocas abiertas, parecen estar sufriendo.
Entre ellos se encuentran el Rey, la Reina y Serafín, capaces de leer el futuro, pero también el pasado, y cuyo origen se remonta a una nota a pie de página de un viejo libro sobre Paracelso, el alquimista suizo del siglo XVI, donde Crook dio con la idea. Como corresponde a unos entes tan antiguos, cobran vida a la vieja usanza, en stop motion y no con CGI, algo que tiene todo el sentido en una serie que encuentra lo extraordinario en lo prosaico. Para ello, la ficción británica ha contado con Mackinnon & Saunders, todo un referente en la construcción de marionetas (véanse La novia cadáver y el Pinocho de Del Toro), que han fabricado los muñecos, mientras que los animadores Ainslie Henderson y Will Anderson los mueven fotograma a fotograma.

Pero la magia en lo mundano de Pequeños profetas, que es lo que la hace tan especial, no la aportan solo estos pequeños, sino todo lo que los rodea, empezando por el propio Michael, que tiene un no sé qué que atrae a la gente. También quienes viven a ambos lados de su casa: a un lado, los cotillas de Clive y Bev (Jon Pointing y Sophie Willan), él cada vez más desquiciado con los tejemanejes de Michael y ella, encantada; al otro, una señora que libra una guerra sin cuartel contra todo bicho viviente, armada de matahormigas, antibabosas y herbicida a tutiplén. Está también en sus contadísimas localizaciones de Manchester (la tienda, la residencia, la casa con su porche y su cobertizo, la de los vecinos, el pub y las callejuelas) y en sus pequeños detalles, ya sea una estrella fugaz que cruza el cielo o una mancha de aceite de motor en el asfalto que, mirada con buenos ojos, parece un conejo.

Y qué decir de la banda sonora de Cinder Well, un folk de raíces tradicionales cuya instrumentación envuelve la serie en una atmósfera atemporal, misteriosa y muy apegada a la tierra, que casa a las mil maravillas con su tono místico. Su tema principal, Wise Man’s Song, condensa además todo el viaje emocional de la esperanzadora historia en versos como «Will you come back, come back again?» («¿Volverás, volverás otra vez?»), la misma pregunta que Michael ansía hacerles a los homúnculos sobre su amada Clea.

Hagamos ahora nosotros lo propio y demos unos golpecitos al tarro. ¿Es Pequeños profetas la serie joya del año? Con la cabeza, los pequeños adivinos nos lo confirman.
NOTA: ★★★★☆
«PEQUEÑOS PROFETAS», ESTRENO EN APPLE TV.
TRÁILER DE PEQUEÑOS PROFETAS:
PÓSTER DE PEQUEÑOS PROFETAS:

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