Crítica de ‘Cute’ [74SSIFF]: La fina línea entre la mirada clínica y la provocación que bordea el morbo.

Blue Film aterrizaba en el Atlàntida Mallorca Film Fest hace apenas un mes con la vitola de la censura debido a una provocación y un morbo señalados en torno a la cosificación sexual por medio de las redes sociales y, sobre todo, a la reflexión interna de uno de sus protagonistas acerca de la naturaleza y la acción pedófila en primera persona.
Ya hay una cinta que recoge el testigo en el marco de la sección New Directors de la 74.ª edición del Festival de Cine de San Sebastián, que acaparará debates morales y éticos tanto por sus formas como por su tratamiento argumental. Cute es el nombre del primer largometraje de la cineasta noruega Marlene Emilie Lyngstad, ganadora del Primer Premio La Cinef en Cannes 2023, sección en la que competía contra quince películas seleccionadas entre más de dos mil pertenecientes a escuelas de cine de todo el mundo.
Pese a su origen noruego, la joven cineasta, que aún no ha alcanzado los 30 años de edad, se formó en la Escuela Nacional de Cine de Dinamarca. Esto no es baladí, ya que esta conexión geográfica y el estilo argumental de su primer largometraje hacen que, al menos en cierto sentido, Lyngstad pueda ser considerada una de las herederas del movimiento cinematográfico nórdico Dogma, cuya cabeza más visible es Lars von Trier y cuyos rasgos temáticos se acercan a la crudeza y la violencia formal para provocar al espectador desde la visceralidad de sus historias. Es innegable el interés que genera tanto esta producción danesa, en colaboración con Noruega y Suecia, como la figura de esta cineasta emergente que llega a San Sebastián con un proyecto financiado en parte gracias a su reconocimiento en el Festival de Cannes.
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Pese a que en un momento embrionario del proyecto se apuntaba a una sinopsis en torno al concepto que da nombre a la cinta, que se puede traducir como aquello afín a lo adorable, el consumismo y el hecho de que una mujer trabaje como camgirl –otro paralelismo con uno de los personajes de Blue Film– para subsistir, la realidad es que la película comienza con ella, pero tarda apenas una escena en conectar con algo tan perturbador como el deseo sexual que siente un hombre por su hijastra de siete años. Aterrado por estos impulsos sexuales, el hombre rompe con su pareja y se enclaustra en su hogar de adolescencia, donde la aniñada camgirl trabaja como asistente de una madre en estado demencial y con la que empieza una relación de profunda turbiedad.

Es muy remarcable que una cineasta debutante en el largo como Lyngstad tenga tan claro el camino que sigue su primera película. Tal es así que su introducción es un buen reflejo de gran parte de la misma. El significado de los objetos y las situaciones adquiere una fuerte carga connotativa tanto en su primer impacto visual como en la relación semiótica de Cute a través del montaje.
En su arranque, Lyngstad otorga un valor dramático y simbólico a un modelo de calcetines cuyo proceso industrial de fabricación supone la apertura previa a los créditos de la cinta. Siguiendo su curso, y antes incluso de que aparezca la figura del hombre, ya ha relacionado, a través del montaje consecutivo y de los calcetines, a la mujer que ejerce el sexo online vestida de colegiala y a la hijastra, personaje para el que la cámara desciende en altura para alcanzar su punto de vista y abandonar, por un momento, el de los adultos.
Cute mantiene un continuo juego de espejos en el que subvierte la relación sentimental entre los dos protagonistas, un hombre y una mujer adultos, motivado por la carga psicológica de cada uno. Los reflejos son un recurso que Lyngstad utiliza con asiduidad para evocar la dualidad y elevar el interés de la propuesta cuando no es discursiva, trabajando desde la relación de los elementos y la pareja, por muy incómodos que sean algunos de ellos.
Estas relaciones semióticas tienen la capacidad de generar una idea perturbadora que hiere la sensibilidad y hace que el espectador se cuestione la licitud de algunas de las decisiones narrativas que toma la directora. Son de por sí escabrosas las escenas explícitas en las que la mujer asume su incapacidad para envejecer y muestra, como un juego desde el punto de vista de dos personas con profundos conflictos internos, la bulimia que viene acusando desde su preadolescencia.

El hombre, interpretado con acierto desde la ambigüedad, la hondura y la vergüenza por Jan Gunnar Røise, se presenta en constante batalla interna ante lo que identifica como impulsos monstruosos, los momentos en que estos se apoderan de él y aquellos de profunda vulnerabilidad en los que se cuestiona el objeto de su propia existencia. Lo que hacia el nudo de la película parece una solución de conveniencia para una mujer que se niega a abandonar la adolescencia y un hombre incapaz de frenar sus impulsos sexuales hacia menores de edad se convierte, aún, en algo más inconfortable cuando llega a casa la hijastra del hombre, rompiendo esta falsa sensación de acomodo que ambos habían encontrado interpelando roles.
Es en esta parte donde surge un debate sobre la mirada clínica de un conflicto psicológico a través del cine, la provocación emocional del espectador y, sobre todo, si un cineasta debe tener líneas rojas o si Cute las cruza. Lo que hasta ahora se había mostrado como un juego eróticamente incomodante se torna psicológicamente violento cuando irrumpe el elemento de la menor de edad en el ecosistema formado por la extraña pareja. Los juegos de rol que el hombre y la mujer adulta practican, emulando ser padre e hija en situaciones cotidianas e íntimas, permean en la interacción de la camgirl con la hijastra de Richard, ofreciendo una escena que abrirá el debate sobre la línea moral que bordea la escena en concreto.

Más allá de esto, la película tiene un debe en su guion, que se torna conveniente para alcanzar la incomodidad, haciendo que la repetición diluya el impacto a lo largo de las casi dos horas de metraje, volviéndose reiterativa y generando la pregunta de si se trata de una narración o de una mera provocación.

El cine necesita autores que agiten al público y reflexionen sobre cuestiones de hondura y oscuridad psicológica que, queramos o no, existen en los seres humanos. Cute es una ópera prima que destaca por su capacidad para cargar de simbolismo y significación incómodas escenas del día a día, pero se acerca mucho a la fina línea que separa la provocación del morbo para conseguirlo.
NOTA: ★★★☆☆
«CUTE» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
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