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Crítica de ‘Highest 2 Lowest’ (‘Del Cielo al Infierno’): Una tragedia moral de Spike Lee.

© Apple TV+

La filmografía de Spike Lee siempre ha estado bañada por una tensión entre el cine como arte y el cine como vehículo de discurso moral y político. Desde sus primeras películas, allá por los años ochenta, como Nola Darling o Haz lo que debas, hasta sus películas más recientes, Lee se ha movido con soltura en el terreno de la denuncia, la exploración identitaria y la puesta en escena vibrante. En este sentido, Highest 2 Lowest (Del cielo al infierno), que se estrena mañana en Apple TV+, representa tanto una culminación como una reformulación de sus obsesiones: la herencia cultural afroamericana, la música como expresión de identidad y resistencia, la desigualdad social y, por supuesto, la inevitable dimensión shakesperiana de su cine, que convierte los dilemas individuales en tragedias colectivas. Por ello, no es casual que Lee haya decidido reinterpretar, a su manera, uno de los thrillers morales más emblemáticos de la historia del cine: High and Low (El infierno del odio), de Akira Kurosawa. Y es que, lejos de limitarse a un remake, lo que hace el director neoyorquino es apropiarse de una estructura narrativa para injertarla en su propio universo cultural, político y estético.

En Highest 2 Lowest, el protagonista, encarnado por Denzel Washington (Gladiator II), es un productor musical de larga trayectoria, un hombre que en otros tiempos definió el sonido de su comunidad y que ahora se enfrenta a la obsolescencia de su estilo en un mercado cada vez más regido por el algoritmo, lo superficial y lo efímero. Desde sus primeras escenas, Lee convierte a Denzel en una suerte de predicador laico, un pastor que sermonea sobre la necesidad de “mantener el alma de la música”, aunque para ello deba asumir decisiones que ponen en juego la vida de un joven. Un carácter moralista que se ve reforzado por la interpretación de Denzel: su voz profunda, su gestualidad contenida y la intensidad con la que pronuncia cada palabra convierten sus discursos en homilías contemporáneas. El espectador asiste a la paradoja de un hombre que, en nombre de la música y de la cultura, está dispuesto a anteponer la preservación del legado a la supervivencia de una persona inocente. Este dilema, más que cualquier otro elemento, subraya la dimensión shakesperiana de la obra: como Macbeth o Hamlet, el protagonista se enreda en su propia concepción del deber y del honor, confundiendo lo que se debería hacer con lo que se desea hacer, hasta volverse odioso y desdeñable a ojos del público.

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Esa tensión moral es, sin duda, uno de los grandes motores de la película. El guion está estructurado para que el espectador transite de la admiración inicial –al presentar a Denzel como un guardián noble de la tradición musical– al rechazo progresivo cuando este se muestra incapaz de actuar de acuerdo con una ética universal y se deja arrastrar por un egoísmo disfrazado de nobleza. Así pues, la película plantea de manera frontal un viejo dilema ético: ¿es legítimo sacrificar el bienestar individual en aras de un bien cultural o colectivo? En la cinta de Kurosawa, la pregunta se planteaba en términos sociales: ¿debe un magnate arruinarse para salvar la vida del hijo de su chófer? En la versión de Spike Lee, la cuestión se reformula: ¿debe un artista sacrificarlo todo –incluso vidas humanas– por la pureza de la música y por un legado que considera superior a cualquier contingencia? Este juego moral atraviesa todo el metraje y coloca al espectador en una incomodidad constante. Cada decisión del protagonista nos obliga a reconsiderar dónde trazamos la línea entre lo que se debe hacer y lo que, en lo profundo, uno quiere hacer.

Imagen de la película Highest 2 Lowest
© Apple TV+

El montaje de Highest 2 Lowest también contribuye a este efecto de desasosiego. Lee apuesta por un estilo dinámico, con continuos cambios de cámara que buscan recoger todas las perspectivas posibles de la acción. Es una película “360 grados”: la cámara se mueve alrededor de los personajes, los rodea, los vigila, los observa desde ángulos múltiples, como si quisiera que el público no pudiera escapar de ninguna faceta de la situación moral. Un recurso que alcanza su clímax en las largas secuencias de persecución por el metro de Nueva York durante el desfile puertorriqueño, donde Lee combina planos ambientales, encuadres cerrados sobre los rostros, panorámicas que captan el bullicio y tomas rápidas de la acción. El resultado es un espectáculo visual vibrante, aunque a veces excesivo, ya que en ciertos momentos la repetición de planos sobre una misma acción recuerda al recurso narrativo de algunos animes, en los que una misma secuencia se muestra desde varios ángulos para intensificar la tensión y actuar como “relleno”.

Sin embargo, esa acumulación de perspectivas también responde a un principio shakesperiano: la realidad nunca se ofrece desde un único punto de vista. En las tragedias del Bardo, lo que parece claro desde la perspectiva de un personaje se nubla cuando se escucha a otro, y el espectador debe lidiar con una pluralidad de verdades. Lee traduce este principio al lenguaje cinematográfico a través del montaje, construyendo una obra que nunca nos permite descansar en una sola lectura de los hechos. La moralidad del protagonista se observa desde su discurso apasionado, desde la angustia del chófer –interpretado con gran dignidad por Jeffrey Wright (American Fiction)–, desde la mirada del hijo que debió ser secuestrado, y desde la óptica de los policías que investigan el caso. Todos estos fragmentos componen un mosaico ético que trasciende la historia particular para convertirse en alegoría social.

Otro aspecto central de la película es el paralelismo que esta traza entre el discurso del protagonista sobre la música y el estado actual del cine de Hollywood. Denzel, en uno de sus monólogos más potentes, se lamenta de cómo la música ha perdido su alma para convertirse en un producto de consumo rápido, sin raíces ni profundidad. Ese discurso puede leerse también como la voz del propio Spike Lee, que aprovecha el personaje para lanzar una crítica frontal a la frivolidad de gran parte de la producción hollywoodense contemporánea. En un momento histórico en el que la industria apuesta por secuelas, franquicias y algoritmos de streaming, Lee reivindica la importancia del legado, de la autenticidad, del alma como motor creativo. La ironía es que, al hacerlo, su personaje se vuelve intransigente hasta el punto de sacrificar valores humanos fundamentales, lo que plantea una crítica doble: tanto a la superficialidad de Hollywood, como a la arrogancia de quienes creen poseer la verdad absoluta sobre el arte. Algo que se ve potenciado por la propia estructura de la película.

En sus minutos iniciales, Highest 2 Lowest parece una carta de amor a la música y a la cultura afroamericana. La cámara acaricia Nueva York, los planos se detienen en las manos que marcan el ritmo, los diálogos giran en torno a la herencia cultural y a la importancia de mantener viva la tradición. Pero muy pronto, casi de manera abrupta, la película se transforma en un thriller de secuestro y debate moral, teñido por las notas monótonas y tediosas de una banda sonora que parece contradecir el espíritu vitalista de la primera parte. Esa transición puede desconcertar a algunos espectadores, pero es parte de la propuesta de Lee: mostrar cómo la belleza de una cultura se ve súbitamente asaltada por las crudezas de la vida, por la violencia, por la desigualdad y los dilemas éticos que no tienen solución sencilla. El guion, adaptado de manera sólida y bien estructurada por parte de Alan Fox (The Eyes), va colocando al protagonista en situaciones cada vez más incómodas, hasta que su terquedad lo vuelve un personaje repelente. En alguien que pierde progresivamente la empatía del público.

© Apple TV+

En medio de todo este entramado, siempre es un placer ver actuar a Denzel Washington. Su presencia en pantalla es magnética, y Lee sabe explotarla al máximo. Como en Malcolm X, aquí Denzel se convierte en portavoz de un discurso político y cultural que trasciende la ficción. Su vozarrón, su cadencia, su capacidad de modular entre la calma y la explosión lo convierten en un auténtico orador shakesperiano. Hay momentos en los que parece estar pronunciando un monólogo de Rey Lear u Otelo, con esa mezcla de grandeza y patetismo que caracteriza a los grandes personajes trágicos. Washington logra que el espectador lo admire y lo deteste casi en el mismo plano, lo que añade complejidad a una película que, en última instancia, es un ejercicio de ambigüedad moral.

El diálogo entre Kurosawa y Spike Lee también se da en el terreno formal. Kurosawa había concebido High and Low como un thriller dividido en dos mitades: una primera parte cerrada, casi teatral, en el interior de la mansión del magnate; y una segunda parte abierta, casi documental, en las calles de Yokohama. Spike Lee recoge esa estructura y la traslada a Nueva York, aunque introduce su propio sello. El director estadounidense busca rendir homenaje a la quietud y contemplación del cine asiático, sobre todo a través de la banda sonora, que en ocasiones adopta un tono minimalista, repetitivo y cercano al silencio. Sin embargo, esa apuesta no siempre encaja con el dinamismo visual que caracteriza a Lee. La disonancia entre una música lenta y un montaje frenético genera un contraste que no siempre resulta armónico. Mientras Kurosawa encontraba en la pausa un modo de intensificar la tensión, Lee parece debatirse entre dos impulsos: su admiración por la quietud asiática y su necesidad expresiva de movimiento constante. El resultado es, en algunos momentos, un choque de registros que resta fluidez a la narración.

Pero volviendo a la dimensión shakesperiana de la película, esta no se limita al personaje de Denzel o a los dilemas morales. También se expresa en la forma en que Lee concibe la historia como una tragedia urbana, en la que los conflictos de clase, raza y poder funcionan como fuerzas ineludibles que arrastran a los personajes hacia la catástrofe. Como en Romeo y Julieta, hay un choque de clanes (el mundo del lujo y el mundo de la calle); como en Hamlet, el protagonista se enreda en su propio discurso hasta paralizarse; como en Macbeth, la ambición lo corrompe hasta volverlo incapaz de discernir lo justo de lo injusto. Spike Lee, al igual que Shakespeare, sabe que la tragedia no es solo individual, sino colectiva: lo que está en juego no es solo la vida de un adolescente secuestrado, sino el destino de una comunidad entera. El legado cultural de un pueblo y la vigencia de una tradición.

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Por último, conviene señalar que Highest 2 Lowest es también una reflexión sobre el lugar de Spike Lee en la historia del cine. A través de Denzel, el director parece hablar de sí mismo: de su obsesión por la autenticidad, de su rechazo a la banalización cultural, de su temor a que el legado de la cultura afroamericana se diluya en un mar de frivolidad. Al mismo tiempo, la película reconoce los peligros de esa postura: el riesgo de volverse dogmático, intransigente, incapaz de dialogar con el presente. En ese sentido, la obra se sitúa en un punto intermedio entre homenaje y autocrítica, entre celebración de la cultura y advertencia sobre el precio de su defensa a ultranza.

Imagen de la película Highest 2 Lowest
© Apple TV+

En conclusión, Highest 2 Lowest es una película ambiciosa, contradictoria, excesiva y fascinante. Una reinterpretación de Kurosawa que se filtra por el tamiz shakesperiano de Spike Lee, dando lugar a un relato moral sobre el arte, la ética y la comunidad. Un texto complejo, incómodo y profundamente actual. Un recordatorio de que el cine, como la música, solo tiene sentido cuando se atreve a poner en juego cuestiones fundamentales.

NOTA: ★★★★☆

«HIGHEST 2 LOWEST», ESTRENO MAÑANA EN APPLE TV+.


TRÁILER:

PÓSTER:

Póster de la película Highest 2 Lowest
© Apple TV+

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Mario Hernández

Mario Hernández

Cinéfilo granadino de la generación del 98 (1998 más concretamente), amante del cine independiente y las grandes sagas. Entusiasta de una buena sesión de peli y manta y graduado en Economía por la Universidad de Granada (UGR) con nivel C1 de inglés. Ha realizado el curso de Crítica de Cine en la Escuela de Escritores de Madrid y ha cubierto como prensa acreditada festivales como los de Málaga y San Sebastián para mundoCine, además de entrevistar a personalidades de la talla de Salva Reina, José Mota y Jorge Sanz.

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