Crítica de ‘Krux’ [74SSIFF]: Vergonzoso relato de terror y fanatismo.

Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, una oleada de suicidios sacudió algunas zonas rurales de Alemania. Debido al temor a las terribles represalias del ejército soviético y al delirio fanático de un pueblo dispuesto a destruir todos sus bienes con tal de no dejarle nada al enemigo, familias enteras se envenenaron, se ahorcaron o se lanzaron al río. Una de las últimas atrocidades del nazismo, fruto de la propaganda y el terror impulsados por el régimen.
Krux, debut en la dirección de Ulrike Tony Vahl, presentada en el Festival de Toronto y aspirante a la Concha de Oro de la 74.ª edición del Festival de San Sebastián, recoge estos hechos en una ficticia historia de autodestrucción ambientada en una aislada aldea alemana en la que todo lo que queda es un puñado de mujeres, niños y unos pocos hombres a quienes se les permitió quedarse. Su vida, basada en la repetición de viejos rituales (escuela, iglesia, trabajo), pierde todo significado cuando los rumores hablan del final de la guerra y de una inminente invasión. El miedo los empujará a una cruel espiral de muertes para la que no todos los miembros de esa pequeña comunidad están preparados.

El filme se presenta como un estudio introspectivo del miedo infundido por la ideología fascista, rimando así con películas como La cinta blanca (2009), que podría considerarse el prólogo de la Alemania nazi, mientras que Krux funcionaría como su epílogo.
Pero una película no es solo su premisa, y Krux no va más allá de ella. La atmósfera propia de una historia de fantasmas (aspecto sobre el que El sonido de la caída acertó sobradamente, convirtiendo a esta en una sombra de lo que aquella fue) recurre a las sábanas ensangrentadas, el niño que casi se ahoga en una clase de natación… Una incesante e invariable reiteración del mismo concepto que mina las posibilidades discursivas del guion.
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El arranque hace temblar a cualquiera. Una joven mujer alemana abre la puerta, en mitad de la noche, a un hombre que le entrega el corazón de quien, en vida, fue su novio. Acto seguido, la mujer lo guarda en un frasco y lo contempla como quien ha conseguido reencontrarse con su amante de regreso de la guerra. Pocos días después, se celebra una ceremonia de matrimonio simbólica: la joven se casa con el casco del soldado fallecido y la cámara, en un lento travelling, se acerca a su rostro, subrayando su silenciosa disconformidad.

Krux se desarrolla como una historia coral en la que seguimos a una colección de personajes demasiado planos como para suscitar algún tipo de interés. La recién casada es la única que manifiesta, de forma redundante, su disconformidad con el devenir de los acontecimientos a través de silencios y miradas. No es mucho, pero es más que el resto de hombres y mujeres, pobremente escritos, que protagonizan unas escenas arbitrariamente estructuradas y pobremente interpretadas (con actores empujados hacia registros exagerados y sobreactuados).
Todo posible rastro de ambigüedad, profundidad o complejidad en los actos que realizan durante su espiral de autodestrucción y delirio colectivo es sustituido por una sucesión de diálogos expositivos, obvios y atravesados por una ingenua voluntad filosófica. Todo debe sonar trascendente, pero termina resultando anodino y, en ocasiones, paródico.
Nos encontramos ante una película que, teniendo los ingredientes para construir un oscuro retrato de un grupo de seres humanos empujados a la muerte por un sistema que prácticamente los obliga a ello, solo tiene ojos para el dolor. Su cinismo (tan frecuente en las películas ambientadas en esta época) y su sadismo (que muestra el horror a medias tintas, temiendo resultar demasiado desagradable) acaban por destruir cualquier rasgo de humanidad cinematográfica.
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Es fácil confundir las imágenes con unas que albergan gran cantidad de ideas visuales, además de una estética de herencia pictórica e inspiración romántica. Pero nada de esto encaja con un libreto tan endeble como el de Krux, cuyas imágenes no tardan en revelarse como dolorosamente vacías y toscas, de escasísimo valor expresivo y que, en el fondo, lo único que consiguen es embellecer actos atroces.
Lo mismo sucede con el diseño sonoro, hecho con enorme talento y de evidente carácter expresionista, que acaba siendo reiterativo (esa banda sonora que subraya a más no poder) y exagerado (con golpes de efecto innecesarios, tan propios de películas que únicamente están interesadas en el shock estético).
Pero el mayor de los males de Krux es el incesante uso de alegorías, que no tienen otro fin narrativo que sobrexplicar aquello que, en una película que trate al espectador como un ser inteligente, se daría a entender por la vía de la sutileza. Algunos ejemplos de esto son una serpiente rodeando e invadiendo una maqueta del pueblo, como ese ejército invisible que se avecina, o un panal de abejas, cuyas obreras morirán si la reina fallece, simbolizando la sumisión y el suicidio.

Al final, el verdadero terror de Krux no se encuentra en su temática, sino en lo cinematográfico. Solo esperamos que se nos olvide como si se tratara de una pesadilla.
NOTA: ½
«KRUX» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
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