Crítica de ‘Mis muertos tristes’ [74SSIFF]: En ocasiones veo muertos.

La secuencia de apertura de Mis muertos tristes, la nueva miniserie de Pablo Larraín, presentada en la Sección Oficial de la 74.ª edición del Festival de San Sebastián, muestra, en un simétrico plano cenital de evidente pretensión estética y preciosista, la agónica muerte de la anciana madre de la protagonista. Segundos después de fallecer, vuelve a abrir los ojos, convertida en fantasma.
Una secuencia que resume a la perfección lo nuevo del director chileno, que adapta aquí cuatro cuentos de la escritora argentina Mariana Enriquez, especializada en la literatura de terror contemporánea, donde lo sobrenatural se mezcla con historias de carácter social. Un material de gran interés y relevancia en la actualidad, llevado aquí al formato seriado para su visionado en Netflix.
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La trama sigue a Ema, una médica recién jubilada que puede ver a los muertos. Su entorno se completa con su hija Carolina, una fotógrafa con la que mantiene una relación distante y conflictiva, y con su hermana Lidia, quien regresa desde Estados Unidos junto a su marido y su hija. Esta última, Julie, es una adolescente que arrastra múltiples problemas psiquiátricos y de sobrepeso. Sus padres quieren que sea atendida en la sanidad pública argentina. Lo que nadie espera es que Julie comparta el mismo don que su tía Ema: también puede ver a los muertos.

A través de un universo enriquecido por el barrio de Piedrabuena, de aspecto fantasmal y marcado por la violencia y la desatención del Gobierno, Mis muertos tristes elabora una historia, dividida en cuatro capítulos, sobre la muerte, pero de una forma nada habitual. A raíz de un hecho que no revelaremos en esta crítica, se desata un fenómeno que rompe el frágil equilibrio entre vivos y muertos. Lo que hasta entonces había sido una carga para Ema comienza a expandirse por todo el barrio: los muertos empiezan a hacerse presentes para todo el mundo. Esto implica que todos se enfrenten a fantasmas del pasado (un padre alcohólico golpeando la puerta, un trabajador fallecido, cuatro jóvenes modelos tiroteadas, entre otros). Y, en este paisaje tan desolador, Ema es la única capaz de dar paz tanto a los vivos como a los muertos. Lo irónico, y lo que da sentido a su arco, es su incapacidad para hacer lo mismo con su familia.
Uno de los mayores aciertos del guion de Mis muertos tristes es cómo lo dramático se cruza con una ácida y sarcástica comedia. Su sentido del humor nunca anula el drama, sino que lo complementa, dándole una dimensión humana que, de no existir, haría de la serie algo muy cercano a la pornomiseria. El tono, tan complejo, se sostiene gracias a unos personajes, unas situaciones y unos diálogos creíbles y humanos.
Pese a tener destellos de crueldad en la escritura de algunas tramas y personajes secundarios, podemos apreciar la forma en que retrata la aprensión hacia la muerte de la sociedad; podemos aplaudir la mirada política y crítica que deposita sobre las instituciones que fomentan la violencia y permiten la dejadez del barrio; podemos también alabar cómo trata el duelo y la culpa femenina.

El mayor problema de Mis muertos tristes tiene nombre y apellidos: Pablo Larraín, un director cuyo cine ha mutado hacia una versión excéntrica y degradante de lo que una vez fue. Su filmografía se divide entre los títulos en inglés, enfocados en biopics femeninos de gran complejidad técnica y estética (como Spencer y Maria Callas), y sus películas producidas en Chile (y ahora en Argentina), donde el diseño de producción más terrenal, la fotografía de colores desaturados y el bajo contraste conforman un retrato feísta, de cierta crudeza, sobre las cicatrices del autoritarismo en la sociedad moderna.
En Mis muertos tristes, Larraín se impone al humanismo del guion con una dirección ensimismada, tremendamente simple y, en el peor de los casos, de muy mal gusto. Una de las señales más evidentes del deterioro de su cine está en que sus películas emplean cada vez menos recursos.
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Esta serie tiene muy pocas ideas de puesta en escena y las que hay las repite incesantemente. Hablamos de una planificación enteramente basada en la steadycam, aplicando un dinamismo que en ocasiones funciona (esas secuencias sobre caminar, sobre moverse entre diferentes espacios urbanos) y en otras estorba (en la mayoría de las secuencias en interiores, que piden a gritos algo de sensibilidad estética que Larraín rechaza constantemente).
En sus momentos de mayor exceso, la cámara espectaculariza sucesos y entornos de manera caprichosa, generando un mezquino contraste entre lo que vemos (miseria, tragedia) y cómo lo vemos. Esa imagen pulcra, lavada, logarítmica, que no sirve para otra cosa que para remarcar, de forma en ocasiones absurda y redundante, el tono fantasmal del relato.

Pero lo cierto es que, de forma milagrosa, estas decisiones formales no se comen a la serie. Por supuesto, se echa de menos algo de la sutileza y el tacto con los que Larraín abordó películas como El Club. Pero nos encontramos ante una serie donde la sencillez formal deja espacio para los grandes aciertos del guion. No es algo del todo positivo, pues deja al descubierto las limitaciones de su director, pero sí permite a Mis muertos tristes sobrevivir a un destino peor que la muerte: ser sofocada por el ego de un cineasta que ha perdido el rumbo.
NOTA: ★★★☆☆
«MIS MUERTOS TRISTES» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN Y SE ESTRENA EL 24 DE SEPTIEMBRE EN NETFLIX.
TRÁILER DE MIS MUERTOS TRISTES:
PÓSTER DE MIS MUERTOS TRISTES:

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