Crítica de ‘La risa y la navaja’ [AMFF16]: Una deconstrucción de la mirada colonial y de los propios cimientos del cine.

Una carretera vacía, en mitad de Guinea-Bisáu, sirve de apertura a la película. Sérgio, un ingeniero que llega desde Lisboa para construir otra nueva de la mano de una ONG, irrumpe en ella. El plano prolongado de ese espacio abierto ya plantea una primera tensión entre el territorio y la mirada de quien llega para transformarlo. Si bien la concepción de una idea —como es aquí el caso de la carretera— está supeditada a quien la percibe, esta no puede imponerse sin explorar otros puntos de vista.
Pedro Pinho (La fábrica de nada) construye precisamente desde ahí su nueva obra, La risa y la navaja, que es una invitación a cuestionar quién observa, desde dónde lo hace y qué consecuencias tiene esa mirada cuando pretende transformar aquello que desconoce. Una cuestión que el propio cineasta traslada también a su manera de hacer y entender el cine o al menos una forma de plantearse nuevos paradigmas o puntos de partida.
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El cineasta portugués sitúa la culpa colonial en el centro del relato sin la intención de convertirla en un discurso cerrado con una única respuesta. Por el contrario, la hace latente en las contradicciones de su protagonista, en sus largos y tendidos silencios tras ir desmontando su concepción del lugar a medida que habla con el resto de los habitantes. Pinho concede precisamente mucha importancia a esas pausas y conversaciones, dejando que los momentos de aparente inactividad prolonguen la incomodidad del protagonista.
A medida que avanza, aquello que parecía un trabajo concreto comienza a desbordarse y obligándole a enfrentarse a los límites de su propia percepción. No basta con llegar a un lugar con la intención de ayudar si esa ayuda continúa reproduciendo las estructuras que históricamente han determinado cómo debe organizarse ese lugar.
La carretera funciona, pues, como uno de los grandes elementos vertebradores de la película tanto físicamente como metafórica. Construirla implica decidir por dónde debe pasar, qué espacios debe atravesar y qué lugares quedan conectados o aislados. Es decir, intervenir sobre un territorio también supone modificar las relaciones que existen dentro de él. El director utiliza esta construcción para cuestionar una idea de progreso que se presenta como universal, pero que responde a unos códigos económicos, sociales y políticos muy concretos.

La pregunta deja de ser si esa carretera puede ser construida para pasar a la incomodidad de cuestionarse: ¿para quién se construye? O, yendo un poco más lejos, ¿para el beneficio de quiénes? Incluso la manera en que la película filma los desplazamientos y los espacios de tránsito parece insistir en esa cuestión, convirtiendo el movimiento físico en una extensión de los conflictos que atraviesan el relato.
Pinho amplía progresivamente esta cuestión mediante una narración que se abre a distintas miradas. La perspectiva de Sérgio deja de ocupar el centro absoluto y otros personajes, como Diára y Guilherme, irrumpen para comprender que Guinea-Bisáu no puede reducirse a la mirada de un occidental. La película encuentra en esa multiplicidad una forma de desmontar la mirada inicial, mostrando que aquello que desde fuera puede parecer un problema concreto adquiere otras dimensiones cuando es observado desde dentro. También la puesta en escena acompaña este desplazamiento, puesto que, a medida que avanza el filme, Sérgio deja de controlar aquello que sucede y la narración y la cámara conceden más espacio a personajes y situaciones que al principio parecían formar parte de su entorno.
Esta ampliación de perspectivas también hace que La risa y la navaja trascienda el conflicto colonial para acercarse a cuestiones relacionadas con el capitalismo, el cambio climático, el deseo o las formas de vida que quedan desplazadas por una determinada concepción. Esta acumula preguntas y deja que estas se contradigan entre sí. Incluso la propia película, a lo largo de sus tres horas y media, parece desconfiar de la posibilidad de encontrar una solución sencilla a problemas que han sido construidos durante siglos.

Resulta igualmente significativa la incorporación de personas y testimonios que introducen en la ficción una dimensión cercana a lo documental. La frontera entre aquello que está construido y lo que pertenece a una experiencia real se vuelve en cierto modo porosa, como si la cinta rompiese con sus propios límites para cuestionar también la manera en que representamos al otro.
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Los cambios de tono y la dilatación de algunas conversaciones contribuyen a esa sensación de incertidumbre, dificultando separar completamente la ficción de lo que parece surgir de la propia realidad. La cámara, por tanto, tampoco puede considerarse neutral pues decide en todo momento qué rostros permanecen en el plano, qué conversaciones se prolongan o qué espacios se muestran y qué de todo ello no.

De esta forma, el director portugués se sitúa junto a otras miradas contemporáneas que han utilizado el cine para cuestionar las formas heredadas de representación. Más allá de ello, La risa y la navaja encuentra su particularidad en no limitar esa crítica al pasado colonial. El problema continúa presente en el modo en que se piensan las políticas entorno al desarrollo, en las relaciones de poder que persisten entre territorios y en la facilidad con la que Occidente continúa atribuyéndose la capacidad de determinar qué necesita el otro. Hecho que también puede trasladarse al cine.
NOTA: ★★★★☆
«LA RISA Y LA NAVAJA» PUEDE VERSE EN EL ATLÀNTIDA FILM FEST EN LA VERSIÓN ONLINE EN FILMIN.
TRÁILER DE LA RISA Y LA NAVAJA:
PÓSTER DE LA RISA Y LA NAVAJA:

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