Crítica de ‘La última casa’: Wagner Moura y Greta Lee están encerrados en su casa y no merece la pena que te encierres en la tuya para verlos.

Hay películas capaces de transformar un simple fenómeno meteorológico en nuestra peor pesadilla. Ahí está la niebla de The Mist, que hacía de un supermercado cualquiera una ratonera lovecraftiana, o la interminable noche nevada de 30 días de oscuridad, que daba carta blanca a un clan de vampiros para montarse su particular bufé libre. Ahora le toca el turno a la lluvia de aguarnos la fiesta, y tampoco es que esta idea acabe de caer del cielo –The Rain ya había imaginado un virus propagándose con las precipitaciones, entre otras–, pero La última casa, de Netflix, es, pues sí, la última en meter los pies en este charco.
Con una cita de Arthur C. Clarke que ya deja entrever por dónde van a ir los tiros –«Qué inapropiado llamar Tierra a este planeta, cuando es evidente que debería llamarse Océano»–, se abren las puertas de una producción que se encarga de cerrarlas todas apenas unos minutos después.

En un día cualquiera, a escasas jornadas de Navidad, empieza a diluviar y, de repente, todos los habitantes de un barrio descubren que no existe forma humana de abandonar sus casas. Ninguna puerta se abre, ninguna ventana puede forzarse y, por si a alguien le entra la vena de héroe de acción –que ya nos conocemos–, cualquier intento de romper los cristales será en vano. Ah, y, por supuesto, tampoco hay internet, ni cobertura, ni forma alguna de pedir ayuda. Solo queda esperar… o desesperar.
En este apocalipsis de estar por casa que hace aguas en más de un sentido, conocemos a Jason, un ingeniero y curtido pescador, y a su esposa, Riley, quienes, junto a sus dos hijos, tienen que aprender a sobrevivir en este inesperado encierro que se prolonga mucho más de lo imaginable, mientras las reservas de comida empiezan a escasear y echan mano de su ingenio para encontrar formas de conseguir algo que llevarse a la boca (avisados quedáis, animal lovers: esta película no piensa tener miramientos con vosotros).

No cuesta demasiado empatizar con esta atrapada familia, cuyas limitadas opciones para matar el tiempo se reducen a juegos de mesa, una vieja colección de vinilos, un piano y noches de cine alternando los dos únicos DVD que tienen: Annie y Air Force One. Y es que el guionista Matthew Robinson (Buena suerte, pásalo bien, no mueras) construye buena parte del relato como una evidente alegoría del confinamiento, una experiencia demasiado reciente para todos, que incluso hace pensar en el gran apagón que vivimos hace no tanto, cuando bastaron unas pocas horas sin internet para darnos cuenta de que el verdadero fin del mundo podía ser muchísimo más aburrido de lo que nos mostraba Hollywood.
Aburrida resulta también esta decepcionante y muy shyamalanesca La última casa, cuya primera mitad avanza con un ritmo tan letárgico, tan repetitivo y tan empeñado en recrearse en lo cotidiano que el agotado espectador acaba compartiendo el tedio de sus protagonistas. Porque la cinta de Louis Leterrier, más acostumbrado al músculo y al ruido del cine de acción, como ya demostró en Fast X y El increíble Hulk, nunca termina de decidir si quiere ser un drama íntimo, una horror movie o un survival puro y duro. Pasan los días, luego los meses y después los años en un salto temporal tan pronunciado que incluso es necesario sustituir a los actores infantiles (Noah Alexander Sosnowski y Riley Chung) por otros más mayores (Gabriel Barbosa y Emma Ho).

Cuando por fin parece que el somnoliento film decide desperezarse y los esperados horrores de clara inspiración lovecraftiana –¡qué casualidad, como en The Mist!– se dignan a hacer acto de presencia, ya es demasiado tarde. El acuático misterio termina desembocando en una resolución bastante absurda que, además, deja la puerta abierta –la ironía se escribe sola en una película donde nadie puede abrir una– a una posible secuela por si los caprichosos números acompañan y los talentosos, aunque aquí bastante desaprovechados, Wagner Moura (El agente secreto) y Greta Lee (Vidas pasadas), convertidos en un matrimonio con el agua al cuello, deciden volver a morder el anzuelo como los metafóricos peces en los que se han convertido después de pasar tanto tiempo atrapados en esa pecera para humanos en la que ha mutado su hogar a raíz de la extraña lluvia.

Precisamente, su decadente hogar es una de las pocas cosas que salen a flote en este naufragio. El diseñador de producción Kevin Jenkins (The Acolyte) construyó la vivienda desde cero para poder deteriorarla de forma práctica conforme avanzaba la historia. Por ese motivo, el rodaje se realizó en orden cronológico, permitiendo así que la construcción envejeciera, se pudriera y, literalmente, se fuera hundiendo junto con sus desdichados moradores.

La verdadera pregunta no es si Wagner Moura y Greta Lee conseguirán escapar de su casa. La pregunta es otra, y mucho más importante: ¿deberías encerrarte voluntariamente en la tuya para ver cómo lo intentan? Nos tememos que es mejor salir por la puerta ahora que todavía podemos abrirla.
NOTA: ★★☆☆☆
«LA ÚLTIMA CASA», YA EN NETFLIX.
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