Crítica de ‘Glaxo’ [74SSIFF]: Amistad y traición en la Argentina de la dictadura.

Estamos en 1956, en Chivilcoy, un pueblo al norte de Buenos Aires, durante la denominada «Operación Masacre», uno de los episodios más siniestros de la historia de Argentina en el marco de la dictadura. En este contexto, el corrupto policía Ramón Folcada lleva a cabo una serie de detenciones y ejecuciones ilegales. Tras estos terribles hechos, asciende de sanguinario agente al servicio de la autodenominada «Revolución Libertadora» a la categoría de gánster.
Cambiamos de fecha. Seguimos en Chivilcoy, pero ahora es 1967, un momento en el que la violencia del sistema se ha vuelto más silenciosa y sutil. En este clima de falsa tranquilidad conocemos al grupo de amigos formado por Flaco, Lucio, Bicho y Miguelito, que hacen lo que suelen hacer los jóvenes de su época: ir al cine, salir a bailar y fantasear con chicas. Es entonces cuando el más ingenuo de ellos, Miguelito, conoce a Folcada y a su esposa, Miranda. Como si de una clásica historia sobre un joven que se adentra en las fauces del mundo criminal se tratara, se gana la confianza del gánster, se enamora de su pareja, encarnada por la también cantante Lali Espósito, y su vida da un giro total.
Pero avanzamos una década más y seguimos en el mismo pueblo, en 1984, con el grupo de amigos ya disgregado. Flaco acaba de salir de la cárcel por algo que él no hizo, observa un mundo que no comprende y no pretende hacerlo, rehúye sus viejas amistades, se encierra en la vieja peluquería de su padre y acumula rencor.
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Estos tres bloques narrativos forman Glaxo, escrita y dirigida por Benjamín Naishtat, basada en la novela homónima de 2009 de Hernán Ronsino –que también participa en la escritura del guion– y presentada en la Sección Oficial de la 74.ª edición del Festival de San Sebastián; una de las películas más especiales y que más resonarán de todo el festival.

Glaxo es todo un triunfo narrativo. Si la novela de Ronsino dividía el punto de vista entre los cuatro jóvenes amigos, la película toma a Miguelito como protagonista del bloque más extenso de la cinta. Respetando la estructura original a modo de puzle, Naishtat crea una obra maravillosamente ensamblada mediante cambios de formato –cada bloque responde a una relación de aspecto diferente–, elipsis y cortinillas transitorias de carácter peliculero.
Hasta que no aparecen los créditos finales, es difícil darse cuenta de lo mucho que el libreto de Naishtat y Ronsino sintetiza en 107 minutos. El juego temporal, que remite tanto al cine negro clásico al que la película tantas veces hace referencia, gana fuerza conforme avanza al no poner todas las cartas sobre la mesa desde el principio. Hay recompensas en el desenlace para el espectador que haya sido atento y paciente con una historia algo críptica, que hace de sus huecos en la trama una ventaja en vez de un desfavorable «agujero de guion». Y si bien no encuentra una forma satisfactoria de desarrollar y cerrar cada una de sus tramas, todas consiguen aportar su granito de arena.
La película transita por numerosos lugares comunes del cine negro a lo largo de sus tres líneas temporales. Desde la ya mencionada relación de capo y aprendiz que se desarrolla entre Miguelito y Ramón (maravillosamente interpretado, por cierto), hasta el revisionismo melancólico del segmento ambientado en los años ochenta, más contenido, pausado e introspectivo, protagonizado por un hipnótico Esteban Lamothe (Envidiosa). Y, por supuesto, una colección de personajes icónicos: la atractiva femme fatale, la anciana madre que no comprende los asuntos de su hijo, los amigos a los que se deja de lado, los jóvenes mormones estadounidenses y un largo etcétera.

Magníficamente ambientada, Glaxo está bañada por una estética a cargo de Pedro Sotero (Bacurau), que navega entre el cine policiaco de luces duras y contrastadas y los colores vivos y cálidos propios del coming of age. Todo ello se acompaña de una genial partitura original en combinación con canciones de la época que, si bien alguna vez subrayan de más, nunca llegan a estorbar. En el mejor de los casos, como ocurre en la secuencia de cierre (que ya podemos denominar una de las más sencillamente emotivas del año), la música engrandece las imágenes y les aporta nuevas dimensiones emocionales.
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Igual que en Rojo (2018), Naishtat recurre al cine negro para hablar de la dictadura y de sus consecuencias sociales y políticas en los años sesenta y setenta. Pero si en aquella el juego consistía en sugerir la violencia latente sin mostrarla directamente, en Glaxo desarrolla una historia de amistad y traición atravesada por la violencia política y el poder corporativo. La fábrica Glaxo, que da título a la película y domina la economía del pueblo, funciona como una presencia silenciosa: promete estabilidad al mismo tiempo que representa un poder capaz de corromper a cualquiera, arrasar con todo tipo de vínculos y arruinar la vida de quienes tienen la mala suerte de toparse con él.

Glaxo se alza como un noir sobre las heridas de viejas amistades y las cicatrices abiertas de un país resquebrajado. Una propuesta que eleva cualquier Sección Oficial.
NOTA: ★★★½
«GLAXO» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN.
TRÁILER DE GLAXO:
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