Crítica de ‘En el corazón de la bestia’ [74SSIFF]: La aventura casi documental sobre el perro que compite en carisma con Brad Pitt.

Si existiera una Concha de Interpretación en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián para los animales (como ocurre en Cannes con la Palm Dog), este año recaería, sin duda, en el perro de En el corazón de la bestia, presentada en Donostia fuera de concurso. Lo más sorprendente no es solo que el precioso Odín sea el absoluto protagonista de la función o que haya sido interpretado por hasta cuatro pastores alemanes diferentes. Su mayor mérito es algo que ningún ser humano puede lograr: competir en carisma con Brad Pitt… ¡e incluso robarle el foco!
Innovando un poco dentro de su estilo como director de acción, David Ayer (Sin tregua) sigue explorando emocionalmente a las fuerzas de seguridad más puramente americanas, solo que, en este caso, quien lucha con el síndrome de estrés postraumático y, por tanto, carga con el peso emocional de la trama no es el oficial de las Fuerzas Especiales James Belmont, sino su compañero canino soldado.

Pero que no cunda el pánico: Brad Pitt sigue siendo una absoluta estrella en cada plano. El ganador del Óscar por Érase una vez en Hollywood repite con el realizador de Corazones de Acero, y ambos presentan su aventura por los bosques de Alaska en el Zinemaldia. Aunque el guion tiene un recorrido muy similar al de El renacido, esta no es una película construida como un tour de force de su protagonista.
Por supuesto, sigue teniendo esa presencia magnética, esa mirada profunda, esa melancolía en sus (pocas) frases… y no deja de sorprender su definido físico a los 62 años. Sin embargo, todo eso queda algo tapado por las numerosas capas de ropa montañera y por una falta de diálogos o momentos de lucimiento individual que, de hecho, cuando llegan, resultan demasiado artificiales.

El director también ha decidido que, a diferencia de sus anteriores trabajos con Jason Statham (Beekeeper: El protector), esta no es una cinta de acción, sino de aventuras y exploración por el bosque. El peligro de esta decisión está en el ritmo, más contemplativo que frenético; afortunadamente, el marketing no parece vender lo contrario. Sí que hay una (única) escena de lucha, sorprendentemente bien montada. Al igual que ocurre con los planos panorámicos, cuando aparecen, se lucen, pero ni esa gran escala ni ese ritmo son elementos que definan la película.
Quien sí la define es Odín. No es solo que la historia se centre en él, sino que la cámara también sabe hacerlo, y de qué manera tan mágica. El encuadre aprende a mirarlo como si fuera un actor: los planos esperan sus reacciones, el montaje las relaciona con lo que ocurre a su alrededor y el contraplano convierte una mirada animal en una respuesta dramática.
Los adiestradores de este perro se merecerían otro premio en el 74.º SSIFF. Como dejan intuir las piezas del rodaje publicadas por Paramount en sus redes sociales, Brad ha trabajado durante muchas horas sus dinámicas con los pastores alemanes. El resultado es una química en pantalla tan chispeante como la que podría haber tenido con cualquiera de sus compañeros de reparto humanos.
La película podría haber sido muda, o estar enteramente contada desde el punto de vista del perro, como hizo hace poco Good Boy; y, aun así, habría funcionado. La clave está en los ojos del animal y en el montaje. El efecto Kuleshov, uno de los principios básicos del lenguaje cinematográfico, sigue funcionando casi un siglo después: una mirada puede adquirir un significado emocional completamente distinto según la imagen que la preceda o la siga. Aquí basta con cortar de Odín a aquello que está mirando para que la mente complete la emoción. Eso sí, la técnica no resta ni una pizca de magia al hecho de haber conseguido esas miradas y aullidos de los pastores alemanes.

Ese zoom emocional también se aplica a las localizaciones y a la puesta en escena, donde realmente se luce Ayer. La loable practicidad del rodaje se nota en cada uno de los espacios naturales por los que avanza o duerme la pareja protagonista, al igual que en sus heridas, sus técnicas de supervivencia o las maniobras de rodaje en el agua. La fotografía también contribuye a este lucimiento a pequeña escala, con una iluminación muy clara incluso de noche (algo realmente sorprendente en Hollywood y sus ininteligibles secuencias nocturnas).
Esa mentalidad de no enfocar el bosque entero, sino centrarse en la belleza de los árboles, se percibe también en el guion de Cameron Alexander. Este debutante en el guion de largometrajes rinde un bonito homenaje a los veteranos de guerra (humanos y animales), pero sin centrarse en sus incursiones bélicas. Es por eso que los flashbacks del pasado militar despistan del enfoque innovador de la historia: mostrar la utilidad, al regresar a casa, de esas habilidades aprendidas y la importancia de tener relaciones con las que compartirlas. Quizá por eso tampoco funciona arrancar por el final, intentando dotar a la historia de una intriga que en ningún momento se esfuerza por construir.

Puede ser frustrante entrar en la sala de cine y encontrarse con esa primera escena esperando una película de acción a gran escala o algún giro final. También despista en esa dirección una banda sonora demasiado ecléctica y completamente desacompasada con un guion que intenta emocionar a brocha gorda. Y aunque, a pequeña escala, el apartado visual es excelente, algunos fondos de CGI chirrían enormemente por comparación (la crisis de los efectos digitales en Hollywood es real).

Merece mucho la pena dejar atrás esa expectativa de altos vuelos para apreciar una aventura como las de antes, sorprendentemente palpable, donde casi todo parece real. A pesar de su título, el corazón de la película no está en lo bestia ni en lo bruto, sino en lo contemplativo: en la belleza de la imagen de un perro y de los paisajes por los que transita. Entre esa mezcla de documental, historia de amor y buddy film, En el corazón de la bestia encuentra su mejor forma en una emotiva relación construida a base de planos y contraplanos entre el hombre, el animal y la naturaleza. Como regalo para los espectadores que paguen su entrada, podrán disfrutar de una de las auroras boreales más bonitas vistas en una sala de cine.
NOTA: ★★★☆☆
«EN EL CORAZÓN DE LA BESTIA» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN Y SE ESTRENA EL 25 DE SEPTIEMBRE EN CINES.
TRÁILER DE EN EL CORAZÓN DE LA BESTIA:
PÓSTER DE EN EL CORAZÓN DE LA BESTIA:

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