Crítica de ‘Karateka’: El admirable blockbuster sobre una Indiana Jones de Talavera de la Reina.

El karate es un arte. De ahí la categoría de artes marciales. Con esta relevante puntualización como eje narrativo arranca Karateka, presentada por primera vez en la 74.ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Y es que, si esta disciplina es más que un deporte, tenía sentido que la película española sobre ella fuera también una gran obra de arte.
El director Aritz Moreno (Ventajas de viajar en tren) confesó en la presentación de contenidos de Atresmedia en Donostia que quería hacer un blockbuster épico, pero también un thriller de espías, una comedia romántica… Y lo consiguió. En menos de dos horas, este relato sobre la karateka española Sandra Sánchez pone en juego todos esos subgéneros con sus estereotipos fácilmente atractivos para todo tipo de público, pero no se conforma con que funcionen, sino que el guion y la realización llevan cada género o subgénero a su máximo potencial.
El primero de ellos es el superheroico. Para Moreno, Sandra es una Indiana Jones talaverana y la película sobre ella está contada como tal. Es cierto que la historia real de una chica humilde de pueblo con un gran don, pero con muchas dificultades para conquistar una disciplina internacional, ya tiene todos los ingredientes que buscan las películas de Marvel, desde la moralidad tan admirable como la del Capitán América hasta una historia de amor tan bonita y equitativa como la de Steve y Peggy.
Entonces, ¿cómo es posible que esta hazaña estuviera ahí tan escondida y no formara parte de la memoria popular? Afortunadamente, los guionistas David B. Gil, Pablo Tobías y Javier Gullón la cuentan sin ningún tipo de complejo ni victimismo. En plena fatiga superheroica y falta de ideas, no hace falta recurrir a la nostalgia o al fan service para emocionar a los espectadores. A veces, las mejores historias son las reales y no hay que buscarlas al otro lado del charco. Los estadounidenses están muy acostumbrados a encumbrar cinematográficamente a sus estrellas del deporte. Ya nos tocaba sacar pecho.
Da igual que no te gusten las películas de superhéroes o deportivas, porque Karateka tiene la esencia de los grandes clásicos de ambos géneros, de esas películas que no te puedes perder cada vez que las echan en televisión porque siempre te hacen vibrar y sonreír, aunque ya sepas cómo acaban. Además, la estructura narrativa de entrenamientos y competiciones a lo Mortal Kombat facilita la comprensión y la implicación en el deporte: no solo aprendes karate paso a paso, sino que sabes lo que está en juego.

El mejor halago hacia el trabajazo de los protagonistas, Andrea Ros ([REC]²) y Patrick Criado (Amarga Navidad), es que no ves a dos actores, sino a dos auténticos deportistas… y héroes. La sorprendente atención al detalle en el apartado físico va más allá de un espectacular maquillaje con el paso de los años. Aquí no hay trucos de montaje que oculten los movimientos y los abdominales. Tampoco se ha tratado de aprender meras coreografías: Andrea estuvo un año entrenando para el papel, y se nota en cada plano.
El director regala a sus héroes muchas tomas largas sin cortes para que el espectador sienta estar viendo la competición en su época. Así, Moreno presume de la soltura del mejor Edgar Wright, el dinamismo de David Leitch y una fotografía tan profesional como expresiva. Todo ello para provocar una sensación dominante durante todo el visionado en general y hacia sus protagonistas en particular: pura admiración. Y respeto, sobre todo hacia Sandra Sánchez y su entrenador, Jesús del Moral.
A nivel físico y emocional, son dos interpretaciones que deberían marcar una carrera y traer muchos premios. Ambos construyen personajes tan naturales y reconocibles como inspiradores (quizá por eso mismo, porque «son como nosotros»). Ella tiene un mayor reto al presentar menos altibajos dramáticos, más allá de esa primera media hora de conflicto interno y externo constante, pero se agradece que no esperen al final para mostrar el altísimo nivel de Sandra, sino que le den tantas oportunidades de «luchar».

Además de épica, la película también es muy didáctica, que no moralizadora, como tantos biopics deportivos. La clave está en esa aparente desventaja narrativa de ser un deporte que no consiste en hundir a otra persona en un campo. El objetivo de esta disciplina y de la película es concentrarse en la actitud propia, superarse y ofrecer al público algo bonito, un arte (marcial), en lugar de algo más feo o rastrero; lo artístico prevalece sobre lo bélico.
Consecuentemente, Karateka también se planta de cara ante las dinámicas abusivas que otras películas de este estilo justifican en aras de la supuesta gloria. Ojalá esta obra se proyectara en todos los entrenamientos de institutos y clubes deportivos para enseñar a perder sin quitarle el sentido al esfuerzo de ganar y a priorizar a las personas sobre los objetivos. Esa es la brújula moral constante de la acción, no un discurso fácil de servilleta, sino una honestidad que la hace aún más grande (y, tristemente, poco frecuente).

Igual de admirable es el retrato de los personajes femeninos y de sus relaciones de amistad y enemistad. La emotividad se da la mano (literalmente) con la tensión en esta apasionante subtrama de archienemigas que, ojalá, también ayude a tender puentes con los contrincantes deportivos. Esto no reduce ni un ápice la dureza de la competición, rodada como si se tratara de una pelea de gladiadores o de la elección Española del Mundial.
De hecho, en ningún momento se utiliza el carácter femenino de la competición como elemento dramático. Resulta más inspirador naturalizar y celebrar al máximo una figura como la de Sandra, sin complejos de categorías y, a la vez, sin hipérboles. El retrato de este personaje no cae en el error de Marvel con la Capitana Marvel de Brie Larson, que anuncia su máximo poder antes de demostrarlo. Una vez más, eso se ve en pantalla y ojalá lo vean muchas niñas y se inspiren desde su butaca.
Estos elementos dramáticos no son puramente serviciales a lo que ocurre en el tatami. La competición se retroalimenta de estas subtramas, como la relación amorosa. Sin sucumbir al melodrama, el libreto se nutre de una relación basada en la asertividad dentro de los conflictos (que los hay) para mostrar, de manera práctica, a escuchar y complementarse. Así, ofrece otro buen referente, esta vez en lo que respecta a las relaciones de pareja y de trabajo.

Por último, esos 110 minutos están impregnados de una lograda visión cultural tanto local como internacional. El entrenamiento físico también ha pasado por la lengua, al cambiar el acento catalán y madrileño de Andrea y Patrick por un tono talaverano, reflejado igualmente en su personalidad. Ni las frases ni la forma de decirlas imitan una fórmula genérica; todo suena épico, pero también cercano. Una vez más, sorprende el gran trabajo de mimetización con Sandra y Jesús.
Hacia fuera, el guion evita la visión de turista o los puntos de comedia más simplones para honrar la cultura japonesa. Incluso con ese inglés españolizado o el resto de dialectos presentes en el film, todos los diálogos rezuman naturalidad. Este apartado tampoco es simplemente un relleno visual: era necesario rodar en Japón para poder extraer el origen y la mentalidad del karate como fuente del «superpoder». Y aun así, también eleva considerablemente la factura del épico producto resultante.
Todos estos son los ingredientes para construir el blockbuster del año, sin necesidad de franquicias, de ciencia ficción ni de salir de España. Esta es nuestra Karate Kid, con esas mismas dosis de entretenimiento, inspiración y calidad cinematográfica, tanto en lo que se ve como en lo que no (el objetivo de esta crítica era principalmente desgranar este último apartado). Con permiso de La bola negra, este también podría ser el peliculón del año para el público y un nuevo clásico disfrutable.

Su vocación comercial no solo no le resta valor, sino que la hace mejor. Una película de esta categoría no necesita reinventar el cine como La odisea para merecer también las cinco estrellas. Basta con bordar todo lo que se propone y acabar emocionando. Karateka lo consigue de una forma profundamente admirable. Enhorabuena a todo su equipo por este trabajazo y por volver a recordar, como han hecho otras películas este año, que en España se pueden hacer superproducciones de calidad.
NOTA: ★★★★★
«KARATEKA», ESTRENO EN CINES.
TRÁILER DE KARATEKA:
PÓSTER DE KARATEKA:

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