Crítica de ‘La Gradiva’ [Cannes2026]: La revelación de Cannes que explora las ruinas de la identidad.

Resulta casi instintivo que en la búsqueda interna por descubrir quiénes somos necesitemos emprender un camino que nos lleve al inicio de las cosas, incluso mucho antes de nuestra propia existencia. En las artes, este viaje arqueológico hacia los orígenes ha tenido un claro protagonista: las ruinas de la Antigua Roma, espacios suspendidos en el tiempo en los que la realidad y lo imaginario se entremezclan, dando lugar a una concepción de la vida que llega hasta nuestros días.
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Marine Atlan, en su ópera prima, La Gradiva, estrenada en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes, sigue a un grupo coral de estudiantes parisinos y a su profesora de latín, Mercier (Antonia Buresi), durante su viaje de fin de curso a Nápoles. A través de ellos, construye un ejercicio metafórico y poético, en el que el territorio devastado de Pompeya erosiona y tensiona a los personajes, creando un hilo invisible que dialoga constantemente entre pasado y presente.

El título del largometraje remite a la novela homónima Gradiva, de Wilhelm Jensen, en la que un joven arqueólogo, Norbert Hanold, se obsesiona con encontrar un friso en bajorrelieve de la figura mitológica Gradiva –«la que siempre camina»–, alegoría del destino y del deseo. Atlan traslada esa obsesión al presente a través de estos adolescentes, atrapados entre sueños y realidad, en busca de aquello que les permita reafirmarse y comprender quiénes son.
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En el caso de Toni (Colas Quignard), el viaje se convierte en una búsqueda íntima de sus raíces familiares, los Montorsi. Su abuela era originaria de Nápoles, pero, tras perder a su gran amor en el terremoto de 1980, nunca volvió a saber nada de aquella parte de su vida. Así, la película teje un paralelismo entre el descubrimiento de Pompeya y el propio proceso interior del personaje: un volcán en erupción, capaz de suspender la vida en el tiempo y convertir la memoria en ruina viva.

Como si se tratara de un regreso a Ítaca, los personajes erráticos avanzan siendo poco a poco devorados por sus propias obsesiones y deseos. La directora francesa tensiona así el filme entre el sismo emocional de la adolescencia y el inexorable paso del tiempo: un tiempo que parece suspendido entre las ruinas, pero que continúa erosionando, silenciosamente, pasado, presente y futuro.
De esta forma, Marine Atlan construye, a través de un realismo documental atravesado por un impecable ejercicio de dirección y una fotografía onírica de gran potencia sensorial, un relato lírico y profundamente expresivo, sobre las grietas que deja el tránsito de la adolescencia a la madurez.

La Gradiva invita a abandonarse a la experiencia emocional y física del descubrimiento, tal y como pronuncia la profesora Mercier: «Deja que la experiencia y tus emociones fluyan; observa los cuerpos, los rostros, los movimientos, los colores».
NOTA: ★★★★☆
«LA GRADIVA» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE CANNES.
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