Crítica de ‘Un poeta’: ¿Qué oficio es ser poeta? ¿Dónde dice: «Se busca poeta, buena remuneración»?

Más de treinta años han pasado desde el estreno de la película latinoamericana El lado oscuro del corazón (1992), donde seguíamos las andanzas de Oliverio, un escritor bohemio, que comparte ciertas similitudes con el personaje de Óscar en la obra de Simón Mesa Soto (Amparo).
Un poeta, Premio Especial del Jurado en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes de 2025, es una tragicomedia de tono satírico en la que el fracaso y el patetismo rodean a su protagonista: un hombre cincuentón, de actitud infantil, padre ausente, desempleado, que aún vive con su madre.
Para sobrellevar su desocupada vida, Óscar se refugia en el alcohol y en el recuerdo de su juventud, cuando fue galardonado por su poemario. Por insistencia de su hermana, consigue dar clases en una escuela y, alejado del estereotipo bukowskiano, intentará ser el mentor de una alumna, Yurlady, para tratar de convertirla en la poeta que él no fue.

En cuanto al tono del film, el humor es esencial y utiliza recursos algo fáciles e infantiles que aluden al humor físico, pero también hace una crítica social y paródica en escenas que reflejan el ambiente literario, donde cabe destacar la misoginia, el interés monetario y la complacencia hipócrita que les rodea.
Así, el uso de gags resulta un tanto excesivo y cuestionable, por ejemplo, en la manera en la que están retratadas las nuevas voces poéticas o en la evidente competición entre minorías. La risa, entonces, sirve como un mecanismo de incorrección política, quizás de manera reaccionaria y conservadora: aquello que tiene un pase, puede burlarse de todo y de todos.

Sin embargo, la película funciona, tanto en su comedia como en su retrato de la mediocridad y la autocompasión. Si en un primer momento Óscar produce rechazo y hastío, a medida que avanza la obra sentimos ternura e incluso empatizamos con su intento de hacer buenas acciones. Todo ello envuelto en una estética sucia, de lente de 16 mm y textura granulada, que resalta el realismo y la fealdad, señalando así una clara burla al sistema educativo, al elitismo, al clasismo y a la desigualdad económica.
En consecuencia, a través de Yurlady, la alumna poeta que dista mucho de los objetivos del protagonista, quien se ve arrastrada por su familia, tratada primero como moneda de cambio y después como víctima, encontramos una elección clara: su desinterés por la poesía como fenómeno social y el querer trabajar para ayudar a mantener a su familia y seguir siendo una niña sin pretensiones que se pinta las uñas, totalmente legítimo y, por otra parte, realista.

Simón Mesa Soto construye una relación paterno filial entre ambos, más paterno que filial, pues Óscar busca redimirse a través de Yurlady, en lugar de buscar y encontrar puntos de interés con su verdadera hija, a quien avergüenza y termina siempre por decepcionar. El director colombiano rompe una lanza a favor de su personaje, otorgándole humanidad y dignidad con gestos honrados, como interceder entre la familia de la niña y los directores de la escuela de poesía, a cambio de dinero, o, directamente, retratándole como víctima de una falsa acusación por abuso sexual, salvando y revertiendo así la imagen que se tiene del hombre.

El guion no pierde el interés; no obstante, en ocasiones se tuerce y se alarga, resultando demasiado explicativo en su tramo final. Aun así, cuenta con varios toques de dulzura y bondad que consiguen que la obra se conserve, en su totalidad, como una cinta ligera y divertida.

Para concluir, Un poeta no pretende dar respuestas ni redimir a su protagonista, y ahí reside su acierto. Se mueve en ese terreno incómodo donde la inspiración convive con el fracaso, y donde la palabra, por muy hermosa que sea, no nos salva. Nos recuerda que la poesía no está en lo que se escribe, sino en lo que se pierde al intentar hacerlo.
NOTA: ★★★½
«UN POETA», YA EN CINES.
TRÁILER DE UN POETA:
PÓSTER DE UN POETA:

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