Crítica de ‘Historia de dos ciudades’ (‘A Tale of Two Cities’): Sangre, barro y guillotinas.

Hay un peligro inherente en adaptar una novela cuya primera frase es más famosa que la inmensa mayoría de los libros jamás escritos. El peso de Charles Dickens suele aplastar las adaptaciones televisivas, convirtiéndolas a menudo en desfiles de vestuario almidonado, acentos impostados y un romanticismo edulcorado que traiciona la cruda realidad de la obra original. Sin embargo, la nueva miniserie de cuatro episodios coproducida por MGM+ y la BBC no solo esquiva esa bala, sino que la intercepta en el aire y nos la devuelve envuelta en pólvora.

Bajo la batuta creativa de Daniel West y Kit Harington (quienes ya demostraron su afinidad por la historia británica más sombría en Gunpowder), esta iteración de Historia de dos ciudades (A Tale of Two Cites en su versión original) se deshace del corsé del drama de época tradicional para abrazar el pulso de un thriller político visceral y claustrofóbico. No busquen aquí los salones iluminados de Los Bridgerton ni la flema aristocrática inquebrantable de Downton Abbey. Esto es realismo sucio del siglo XVIII; un mundo de calles adoquinadas cubiertas de fango, tabernas que huelen a ginebra barata y una tensión social que se palpa en cada fotograma.

El mayor acierto de esta adaptación es, sin duda, su audaz decisión de casting. Históricamente, las adaptaciones han confiado en un solo actor para interpretar tanto al disoluto abogado inglés Sydney Carton como al noble francés exiliado Charles Darnay –como hiciera brillantemente Chris Sarandon en 1980–. Y es que, la novela exige un parecido físico asombroso entre ambos para sostener su clímax. Sin embargo, al dividir estos roles entre el británico Kit Harington (Juego de Tronos) y el francés François Civil (Los tres mosqueteros: D’Artagnan), la serie sacrifica el efectismo del «gemelo idéntico» en favor de una confrontación psicológica mucho más rica.
Civil dota a Charles Darnay de una autenticidad asombrosa. Su interpretación está anclada en una culpa aristocrática latente; es un hombre que huye de los pecados de su familia, pero que lleva el peso de la historia de Francia en su postura. Su Darnay es noble, sí, pero también peca de una ingenuidad casi trágica respecto al fuego que se está gestando en su país natal.
Por su parte, Harington entrega la que posiblemente sea la mejor interpretación de su carrera post Juego de Tronos. Su Sydney Carton no es simplemente un borracho enamoradizo buscando redención. Bebiendo claramente de la escuela de antihéroes atormentados de series como Peaky Blinders o Taboo, el Carton de Harington es un cínico clínico, un hombre brillante devorado por la depresión y el nihilismo. Es por esto por lo que, cuando finalmente pronuncia sus famosas líneas finales, no suenan a poesía romántica, sino al suspiro de alivio de un hombre que por fin encuentra un propósito en el vacío de su existencia.
Y en el centro de este huracán masculino se encuentra Mirren Mack (28 años después: El templo de los huesos) como Lucie Manette. Es un alivio ver cómo el guion de West rescata a Lucie del arquetipo de «dama en apuros» victoriana. Mack la interpreta no como un mero trofeo por el que compiten dos hombres, sino como el ancla moral e intelectual de un grupo de exiliados que intentan mantener la cordura mientras el mundo arde a su alrededor.

A nivel de dirección de arte y fotografía, la serie construye las «dos ciudades» no como lugares geográficos, sino como estados mentales. El Londres georgiano se nos presenta en tonos grises, burocrático y opresivo, un lugar de tribunales implacables donde la vida humana vale poco. París, por el contrario, comienza en tonos dorados decadentes que rápidamente descienden a un infierno de rojos carmesí, antorchas y sombras cerradas.
Y es precisamente en las calles parisinas donde la cinematografía brilla con un uso del claroscuro que bebe directamente del dramatismo de Goya. Las secuencias nocturnas utilizan una iluminación artificial y violenta que recuerda irremediablemente al farol que ilumina la impoluta camisa blanca del condenado en El 3 de mayo en Madrid, dejando a los verdugos revolucionarios en un sombrío y deshumanizado anonimato.
Del mismo modo, cuando la cámara se sumerge en las multitudes sedientas de sangre, la serie abandona el realismo para abrazar la pesadilla: los rostros del pueblo, deformados por el hambre, el fanatismo y la histeria colectiva, parecen cobrar vida directamente de las Pinturas Negras del artista aragonés. Observar a la turba agolparse en torno a las carretas de la muerte evoca la grotesca brutalidad de Saturno devorando a su hijo o las miradas dementes de El aquelarre. A través de esta lente casi expresionista, la serie ilustra el descenso de Francia hacia la locura del Régimen de Terror, transformando la historia en una experiencia visceral y terrorífica.

El sonido es otro personaje más. El zumbido constante de la turba parisina, el sonido de las carretas sobre los adoquines (los ominosos tumbrils) y, por supuesto, el silbido seco y gutural de la guillotina («La Navaja Nacional») están diseñados para generar una ansiedad constante en el espectador.
Pero lo que verdaderamente eleva a esta miniserie de excelente a imprescindible es su escalofriante resonancia contemporánea. Los creadores han entendido que Historia de dos ciudades no va sobre la Revolución Francesa; va sobre lo que ocurre cuando el contrato social se rompe de forma irreparable. Al ver a la turba tomar las calles de París, impulsada por una ira absolutamente justificada contra la desigualdad extrema de la nobleza, pero que rápidamente muta en una sed de sangre ciega y descontrolada, es imposible no pensar en nuestro propio clima de extrema polarización actual.
La serie actúa como un espejo implacable de la cultura de la cancelación llevada a su extremo más letal, mostrando cómo la justicia populista, cuando no tiene frenos ni contrapesos, termina devorando a sus propios hijos. Madame Defarge (interpretada con una frialdad aterradora por Roxane Durán) tejiendo los nombres de los condenados no es tan diferente de los algoritmos y listas negras que hoy dictan quién es el enemigo del pueblo.

Con todo ello, y en sus ajustados cuatro episodios, esta nueva Historia de dos ciudades no pierde un solo minuto. Es una adaptación magistral que respeta el espíritu del texto de 1859 mientras arranca sus temas a la fuerza hacia el siglo XXI. Oscura, implacable, brillantemente actuada y profundamente perturbadora, nos recuerda por qué los clásicos sobreviven: no porque nos hablen del pasado, sino porque nos advierten, una y otra vez, sobre los peligros de nuestro propio presente. Una cita ineludible en la televisión de este año.
NOTA: ★★★★½
«A TALE OF TWO CITIES», ESTRENO HOY EN MGM+.
TRÁILER DE A TALE OF TWO CITIES:
PÓSTER DE A TALE OF TWO CITIES:

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