10 películas con espacios liminales que tienes que ver si te gustó ‘Backrooms’.
‘Vivarium’, ‘El resplandor’ y otras excusas perfectas para no volver a pisar un pasillo vacío.

Si después de ver Backrooms, de Kane Parsons, miras de reojo el gotelé de tu salón esperando a que mute o aceleras el paso por cada pasillo solitario como si te persiguiera una entidad, enhorabuena (o nuestras más sentidas condolencias): tu cerebro acaba de descubrir el terror a los espacios liminales.
Este fenómeno viral, que ha arrasado en taquilla con un presupuesto de 10 millones de dólares, ha fundamentado su éxito en la «trastienda», ese laberinto infinito de moqueta amarilla y luces fluorescentes. Pero atención, aunque el joven cineasta de 20 años haya logrado la proeza de capitalizar este trauma, no es, ni mucho menos, el primero en retratar lo que hoy conocemos como espacios liminales.

Brevísima pausa: la palabra «liminal» proviene del latín limen, que se traduce como «umbral». Un espacio liminal es un lugar de transición, un sitio diseñado únicamente para ir de un punto A a un punto B. Un entorno cotidiano que, al vaciarse de presencia humana, se congela en el tiempo y se vuelve hostil para quien lo contempla.
Piénsalo un segundo: los monótonos pasillos de tu oficina cuando eres el último pringado en salir y las luces se apagan por sectores; la interminable terminal de un aeropuerto a las tantas de la madrugada; un centro comercial moribundo con música de ascensor de fondo, o una estación de metro desierta. Son escenarios que te gritan al oído que no deberías estar ahí.
El séptimo arte lleva décadas explotando esta atmósfera de «lugar a medio camino» para crear desasosiego sin necesidad de monstruos generados por ordenador, fantasmas vengativos de la época victoriana envueltos en sábanas ni psicópatas enmascarados empuñando machetes oxidados.

Así que, si ya has hecho noclip en la butaca del cine con Backrooms y tu cuerpo te pide más de esta estética (masoquismo puro y duro, pero lo respetamos y validamos), toma nota. Aquí tienes 10 películas que dominan el oscuro arte de los espacios liminales:
10. Vivarium (2019)

Una joven pareja (a saber: Imogen Poots y Jesse Eisenberg) encarna la pesadilla millennial e inmobiliaria definitiva: la búsqueda desesperada de la primera vivienda. Terminan visitando una urbanización llamada Yonder (que en inglés significa «allá»). El problema llega cuando intentan marcharse de ella: cojan la calle que cojan, la carretera los devuelve en bucle al punto de partida. A partir de ese momento, atrapados y con cajas de suministros que aparecen misteriosamente frente a la puerta, se ven obligados a criar a un pálido y repulsivo niño que crece a un ritmo biológicamente antinatural y que imita sus voces con la gracia de un loro demoníaco. Todo ello mientras intentan descifrar el propósito de su encarcelamiento en ese infierno fabricado en pladur.
Yonder es todo un espacio liminal en sí mismo. Todas las casas son de un verde pastel sintético e idénticas entre sí. Las nubes tienen formas alineadas y repetitivas que recuerdan al skybox mal renderizado de un videojuego antiguo. La secuencia que mejor ejemplifica este concepto llega cuando el protagonista se sube al tejado de la casa y la cámara nos muestra un mar ininterrumpido de tejados verdes que se extiende hasta perderse en el horizonte. Te quitará las ganas de independizarte con tu pareja y de tener hijos.
9. Skinamarink (2022)

Dirigida, escrita y concebida por el jovencísimo Kyle Edward Ball, se realizó con un presupuesto irrisorio de apenas quince mil dólares y, contra todo pronóstico, recaudó millones gracias al boca a boca. En 1995, dos pequeños hermanos, Kevin y Kaylee, de cuatro y seis años respectivamente, se despiertan en mitad de la noche y descubren que su padre ha desaparecido y que las puertas y ventanas de su casa se han esfumado.
Heredera de la estética del found footage, la cámara estática se dedica a enfocar rincones, techos y marcos de puertas desde la altura de un niño de cuatro años. Te hará dormir con la luz encendida y comprobar si la puerta de entrada sigue en su sitio.
8. El resplandor (1980)

¿De verdad hace falta algún tipo de presentación para la obra magna del terror? La adaptación que Stanley Kubrick hizo de la novela homónima de Stephen King nos relata el lento, inexorable y violento descenso a la locura de Jack Torrance (un Jack Nicholson en estado de gracia). Con la intención de superar su bloqueo como escritor, Jack acepta el puesto de vigilante de invierno en el lujoso y aislado Hotel Overlook, situado en las remotas Montañas Rocosas de Colorado. Le acompañan su sumisa esposa, Wendy (Shelley Duvall), y su hijo, Danny.
Los pasillos vacíos y kilométricos del Hotel Overlook son el estándar de oro de la liminalidad. La masterclass sobre el uso de un entorno transicional llega con las secuencias de Danny en triciclo. Los planos de seguimiento, con la entonces revolucionaria Steadicam deslizándose a ras de suelo, muestran al niño rodar sobre la icónica alfombra de patrones hexagonales naranjas y marrones. Si le sumamos el laberinto de setos nevado y ese baño rojo de iluminación aséptica, obtendremos el manual definitivo sobre cómo construir un espacio liminal. Nosotros, por si acaso, no haremos reserva, no sea que a alguien se le antoje coger un hacha.
7. El cubo (1997)

La versión sádica de los escape rooms. Un grupo heterogéneo de desconocidos –que incluye a un policía, un matemático, una doctora, un ladrón de prisiones y un joven con autismo– se despierta en el interior de un misterioso, gigantesco y mortal laberinto compuesto por miles de habitaciones cúbicas interconectadas entre sí. En este entorno, donde cada paso en falso puede activar trampas mortales que van desde alambres afilados que cortan cuerpos en pedazos hasta lanzallamas ocultos y ácido corrosivo, esta tropa deberá dejar a un lado sus diferencias para intentar salir de allí.
El verdadero enemigo es el espacio liminal: cada habitación del Cubo es exactamente igual en tamaño y distribución, con seis escotillas metálicas (una en cada pared, una en el techo y otra en el suelo) y paneles industriales. Es el peor cubo de Rubik de la historia, definitivamente, y no es para ti si odias las matemáticas.
6. Exit 8 (2025)

Basada en el videojuego independiente japonés del mismo nombre, la película sigue a un oficinista cualquiera, exhausto tras una larga y tediosa jornada laboral, que se dispone a volver a casa en transporte público subterráneo en Tokio. Sin embargo, su viaje de vuelta se convierte en una pesadilla sin fin cuando descubre que el anodino pasillo del metro que recorre a diario, concretamente el trayecto que conduce a la salida número 8, se ha convertido en un bucle espacio-temporal infinito. Da igual que camine en línea recta, que vuelva sobre sus pasos o que intente correr presa del pánico: siempre acaba desembocando en el mismo tramo de pasillo, con la misma señal luminosa amarilla que indica una salida que nunca llega a materializarse.
Este bucle de transporte público encapsula a la perfección el terror del espacio liminal subterráneo. Las reglas para sobrevivir exigen que el protagonista observe detenidamente cada milímetro de este aséptico pasillo mientras avanza; si detecta la más mínima anomalía (¿un póster torcido?, ¿unos ojos en la pared?), debe darse la vuelta de inmediato. Una mecánica de supervivencia tan estresante que te hará dudar de tu propia cordura y besar el asfalto la próxima vez que hagas transbordo. Renfe en un mal día se queda corto al lado de esto, y ya era difícil.
5. Us (2019)

Adelaide (una soberbia e inolvidable Lupita Nyong’o), su marido y sus dos hijos ven cómo sus vacaciones se convierten en un infierno cuando son atacados por sus dopplegängers, versiones macabras de Hands Across America vestidas con monos rojos y armadas con tijeras doradas, que han salido de las profundidades para tomar su lugar en el mundo de la superficie.
La cinta de Jordan Peele nos recibe con el espacio liminal por excelencia: la atracción de los laberintos de espejos. Sin embargo, el verdadero terror liminal se encuentra en el clímax, cuando descendemos a las instalaciones de los Atados: kilómetros de pasillos revestidos de fríos azulejos blancos, interminables hileras de luz fluorescente, escaleras mecánicas y adornado, para más inri, con conejitos. Muchos conejitos.
4. Cómo ser John Malkovich (1999)

Surgida de la inclasificable mente del guionista Charlie Kaufman y dirigida por Spike Jonze, esta comedia negra sigue la patética vida de Craig Schwartz, un titiritero callejero en paro, deprimido y frustrado con su matrimonio. En su intento por encontrar estabilidad financiera, Craig consigue un trabajo como archivero en una extraña empresa de Manhattan. Es allí, mientras organiza papeles en su despacho, cuando descubre una puertecita oculta tras un archivador de metal. Al cruzar ese túnel, es succionado, literal y físicamente, al interior del cerebro del actor de Hollywood John Malkovich.
El absurdo y la incomodidad arquitectónica de la película se ponen de manifiesto en el lugar de trabajo de Craig: la planta número 7½ del edificio Mertin-Flemmer. Este inusual espacio de trabajo, creado por un arquitecto excéntrico entre el séptimo y el octavo piso, tiene techos tan bajos que obliga a todos los trabajadores, secretarias y directivos a caminar encorvados durante su jornada laboral. Un dolor cervical asegurado.
3. It Follows (2014)

Dirigida por un David Robert Mitchell en plena forma, la trama sigue a Jay Height (la scream queen Maika Monroe), una joven universitaria de diecinueve años que, tras mantener relaciones sexuales consentidas en la parte trasera de un coche con su nuevo novio, descubre horrorizada que ha sido portadora de una extraña y letal maldición. A partir de ese momento, se convierte en el objetivo exclusivo de una entidad que puede adoptar la forma física de cualquier persona (ya sea un desconocido en la calle, una anciana semidesnuda o un familiar cercano) y que caminará sin descanso hasta alcanzarla y matarla de la forma más brutal. La única vía de escape temporal para Jay es transmitir la maldición a otra persona mediante el sexo.
Más allá de la evidente y asfixiante amenaza sobrenatural de una entidad que nunca corre, pero que jamás se detiene, la película de Mitchell está rodada y concebida visualmente con una melancolía suburbana puramente liminal. La historia transcurre en unas calles residenciales de los suburbios de Detroit. Los jóvenes protagonistas deambulan por piscinas interiores de institutos abandonados o playas grises fuera de temporada. Todos estos escenarios transicionales están fotografiados de tal manera que transmiten la agobiante sensación de que el mundo está ausente o narcotizado. ¡Y tiene secuela confirmada!
2. Twin Peaks: Fuego camina conmigo (1992)

Aunque la aclamada serie original revolucionó la televisión de los años noventa, fue con esta precuela cinematográfica con la que el onírico director David Lynch concentró la esencia más pura de su imaginario visual. Repudiada por muchos en su estreno en Cannes, con el paso de los años se ha convertido en una obra de culto que narra los últimos siete días de vida de la icónica reina del baile, Laura Palmer (Sheryl Lee), antes de que el mundo entero la conociera envuelta en plástico.
Si hay un elemento que cimenta el estatus de esta película como un monumento a la liminalidad, es la representación de la Logia Negra, también conocida como la Habitación Roja. Este espacio interdimensional es un plano astral situado más allá de los confines de la cordura humana, compuesto por un laberinto de pasillos y salas idénticas. El suelo está cubierto por un hipnótico y mareante patrón de líneas en zigzag blancas y negras. Las paredes no son sólidas, sino que están formadas por pesadas cortinas de terciopelo rojo. Decorado esporádicamente con sillones de cuero, lámparas art déco de pie, estatuas de la Venus de Milo y entidades que hablan del revés, es la sala de espera definitiva antes de entrar al infierno.
1. Separación (2022-)

Vale, lo confesamos. Nos habéis pillado con las manos en la masa. Hemos prometido una lista exclusiva de películas a lo largo de todo el artículo y, justo al final, hemos decidido incluir una serie de Apple TV para cerrar el top. En ella, Lumon Industries ha perfeccionado un polémico procedimiento médico llamado severance (separación), que divide quirúrgicamente los recuerdos de sus empleados. Así, Mark Scout (Adam Scott) y su equipo de Refinamiento de Macrodatos no recuerdan absolutamente nada de su vida personal mientras trabajan, ni recuerdan el trabajo cuando están en casa. Un trato redondo, sobre todo si al final del trimestre te recompensan con un bufé de melones, una trampa china para dedos o el premio gordo: una coreografiada fiesta de gofres.
Lumon Industries es, sin lugar a dudas, la representación arquitectónica más pulida del espacio liminal corporativo moderno, con pasillos kilométricos de un blanco nuclear en los que es fácil perderse. ¡Alabado sea Kier!
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