Crítica de ‘Garance’ (‘Another Day’) [Cannes2026]: Adèle Exarchopoulos sobresale en una mirada luminosa frente al alcoholismo.

Garance es un nombre enraizado en la tradición francesa que significa vitalidad, entusiasmo o ilusión. También es el título de la película que presenta la directora Jeanne Herry (En buenas manos) en la Sección Oficial a Competición del Festival de Cannes 2026 que, junto a Charline Bourgeois-Tacquet (La vie d’une femme) y Léa Mysius (Histoires de la nuit), completa el trío de realizadoras galas elegidas por los organizadores del certamen.
Para su cuarto largometraje, Herry cuenta con la presencia de Adèle Exarchopoulos, una de las grandes estrellas de su generación y directamente relacionada con Léa Seydoux, su compañera de reparto en La vida de Adèle, la controvertida cinta de Abdellatif Kechiche con la que le une una gran relación más allá del aspecto puramente profesional.
El alcohol es la adicción más aceptada a nivel social y, por tanto, uno de los enemigos invisibles que destruyen y afectan más vidas. Siempre que aparece como tema central sobre el que vira un relato –caso de la producción que nos ocupa–, tiendo a recomendar un vistazo a Días sin huella (1945), la obra de Billy Wilder protagonizada por un impresionante Ray Milland, que es una de las reflexiones en torno al alcoholismo más duras –y mejor rodadas– en la historia del cine, y que poco tiene que ver cinematográficamente con la película de Wyler más allá de su temática, y es que la aproximación que hace Herry está enfocada a la presencia continua, en cualquier contexto diario, de la bebida y cómo afecta transversalmente a su protagonista a lo largo del metraje.
Como otras tantas, Garance es una actriz de teatro con cierto talento que, aún, no le ha granjeado un éxito más allá de obras menores destinadas, en su mayoría, al público familiar, faceta que compagina con su labor en el doblaje para poder llegar con cierta holgura a final de mes. Esta inestabilidad profesional se traslada, también, a sus vínculos afectivos y sentimentales, cuya independencia y libertad individual acaba quebrando de una u otra forma, desembocando en una ansiedad que sofoca a base una vida nocturna, sexo esporádico y golpes de alcohol. Pendiendo en el borde de un abismo, serán dos motores relacionados con su familia y la aparición de alguien inesperado en su vida los que tirarán de ella para volver a encontrar la luz afín a su nombre.
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Hay un acercamiento luminoso a la historia y al personaje de Adèle Exarchopoulos que hace que Herry sortee los tropos tan manidos de este tipo de películas, donde era fácil caer, y no lo hace. Su dirección apuesta más por enfocar la sustancia como elemento presente y tentador para individuos en situación de vulnerabilidad, en lugar de utilizarla como un motor continuo para la caída y redención de su protagonista.
Siempre hay una mano tendida hacia los personajes por discutibles que sean sus decisiones, expulsando todo juicio sobre los mismos para otorgar todo el espacio posible a la empatía y la esperanza. Todo ello se logra mediante una sutil introducción del conflicto, añadido de manera progresiva y orgánica, siendo, al principio, una mera costumbre social hasta convertirse en problema.
Resulta muy interesante la forma en que se introduce la voz en off, aunque faltaría confirmar su coherencia interna durante todo el metraje. Esta herramienta aparece de manera elíptica y desordenada, a veces, incluso, generando disonancias con la escena en la que Garance interactúa con otros personajes. Este uso refuerza el impacto de la inestabilidad y el proceso de ansiedad vital por el que está transcurriendo la titular y, por tanto, estrechando su conexión con el espectador. En correlación con su oficio de actriz de doblaje, el conflicto suma interés cuando esta es despedida, precisamente, porque no se precisa en la sincronía con su trabajo vocal en el estudio debido a su alcoholismo.
En el apartado interpretativo, la palma –veremos si nunca mejor dicho– se la lleva Adèle Exarchopoulos, que logra construir un personaje tan lleno de dudas como de fuerza para querer salir de cada uno de los problemas que sortea en la película. Su vulnerabilidad y aparente egoísmo inicial contrastan con la energía y personalidad que vibra cuando lucha contra su adicción a cuidar a una hermana, enferma de cáncer, y el afecto de la mujer que la acompaña en los momentos más oscuros. Justamente, es su relación con el personaje de Sara Giraudeau (Los colores del tiempo) la que genera más ternura en el descubrimiento sexual y romántico del amor entre dos buenas personas que atraviesan un mal momento.
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Garance conmueve por la ternura con la que abraza a una figura central gris que se redescubre a sí misma mientras lucha por no hundirse en un pozo de alcohol y drogas. Es, precisamente, su tratamiento luminoso lo que hace que el espectador abrace una película que, eso sí, dentro de la Sección Oficial a Competición, solo encontrará opciones en la gran interpretación de su actriz protagonista, una imponente Adèle Exarchopoulos.
NOTA: ★★★☆☆
«GARANCE» SE PROYECTA EN EL FESTIVAL DE CANNES.
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