Crítica de ‘Las ciegas hormigas’: Una adaptación entre la crudeza visual y los límites del relato.

Existen múltiples debates en el séptimo arte que, lejos de resolverse, se vuelven cada vez más complejos. Uno de los más recurrentes gira en torno a las adaptaciones cinematográficas de obras literarias. ¿Cuándo podemos considerarlas logradas y cuándo fracasan? ¿Qué líneas delimitan una buena adaptación de una que no lo es?
En 1960, el escritor bilbaíno Ramiro Pinilla publicaba Las ciegas hormigas. Casi siete décadas después, Igor Legarreta y Andoni de Carlos trasladan esta historia al guion y, posteriormente, a la pantalla. Una historia que, anclada en el contexto histórico de los años treinta, consigue proyectar una resonancia que trasciende su propia época. Sin embargo, la película no siempre logra hacer brillar todo el potencial de la obra original, reavivando así la eterna pregunta: ¿qué hace que una adaptación cinematográfica funcione y qué es lo que la condena al fracaso?
![Crítica de ‘Sacamantecas’ [74SSIFF]: Pan sin sal.](https://mundocine.es/wp-content/uploads/2026/09/sacamantecas_2026_critica.webp)
Bajo la apariencia de una fábula, Las ciegas hormigas retrata a los habitantes de Algorta, un pueblo costero de Vizcaya, cuya precaria situación económica convierte el naufragio de un barco inglés cargado de carbón en una oportunidad para afrontar el invierno. Impulsados por la necesidad, los vecinos emprenden una arriesgada búsqueda en medio de una noche tormentosa, movidos por el mismo instinto de supervivencia que lleva a las hormigas a trabajar incansablemente para asegurar su sustento.
En el centro del relato se encuentra Sabas Jauregui, interpretado por Urko Olazabal (Soy Nevenka), un padre de familia cuya determinación por sacar adelante a los suyos se traduce en una dureza que deja entrever la impotencia de quien lucha contra unas estructuras sociales difíciles de transformar. Frente a él se sitúa Josefa (Itziar Ituño), que representa la otra cara de la moneda al encarnar una forma distinta de afrontar la situación, marcada por el presentimiento de una tragedia. Su actitud actúa como contrapunto y aporta una dimensión más emocional a un relato cargado de tensión.

Sin embargo, aquello que podría garantizar la supervivencia de esta familia está sujeto a unas relaciones de propiedad que convierten la necesidad en delito. En este contexto, el teniente, interpretado por Carlos Santos (Los hombres de Paco), actúa como contrapunto y pone de manifiesto las contradicciones del sistema. Así, la máxima que atraviesa el relato, «todo tiene dueño», adquiere una dimensión que trasciende lo material y revela una realidad en la que incluso la supervivencia y la propia vida están condicionadas por la posición que cada individuo ocupa en la sociedad.

La película encuentra uno de sus mayores aciertos en la forma en que el director traslada ciertos códigos asociados a géneros como el western, donde los espacios áridos dejan de funcionar como un mero telón de fondo para fundirse con la psicología de los personajes y reforzar el tono crítico del relato. En este caso, la costa vasca, azotada por un temporal y sumida en la oscuridad de la noche, intensifica las dificultades de los personajes para acceder al carbón. Sin embargo, esta dificultad adquiere una dimensión metafórica al remitir a problemas de carácter estructural. De este modo, el territorio se convierte en un espacio violento y casi opresivo, que trasciende su condición de escenario para reflejar las tensiones que atraviesan la película.

Imanol Nabea (Tratamos demasiado bien a las mujeres), director de fotografía, es quien, a través de un tratamiento minucioso de la luz, contribuye a construir esa atmósfera opresiva que envuelve a los personajes. La oscuridad, no se limita a una mera reproducción de las condiciones de una noche tormentosa, este trata de convertirlo en una elemento narrativo que acentúa esa sensación de incertidumbre y refuerza la hostilidad del entorno.
Así, la propuesta visual acompaña la dimensión simbólica del relato y subraya el desamparo de unos personajes atrapados entre la necesidad y unas condiciones sociales que parecen condenarlos. Aunque la fotografía logra trasladar buena parte de la crudeza de la novela, la potencia estética de las imágenes no siempre encuentra un correlato en la construcción dramática de la película, dejando la impresión de que, en determinados momentos, la forma termina imponiéndose sobre el desarrollo de aquello que pretende contar.

En definitiva, aunque ambientada hace casi un siglo, Las ciegas hormigas encuentra en la pobreza energética contemporánea un eco que impide reducir su historia a la reconstrucción de una época. Es precisamente en esa vigencia donde reside buena parte de la fuerza de la obra de Ramiro Pinilla, cuya dimensión crítica trasciende el contexto histórico que la vio nacer. Sin embargo, la adaptación de Legarreta, pese a su solidez visual y a su capacidad para construir una atmósfera asfixiante, no siempre consigue trasladar esa profundidad al desarrollo dramático, donde la potencia de sus imágenes no basta para sostener todo el peso de la historia. La película demuestra así que adaptar una novela consiste en encontrar un lenguaje cinematográfico capaz de preservar aquello que la hace perdurar.
NOTA: ★★½
«LAS CIEGAS HORMIGAS», ESTRENO EN CINES.
TRÁILER DE LAS CIEGAS HORMIGAS:
PÓSTER DE LAS CIEGAS HORMIGAS:

¡SÍGUENOS!
- Crítica de ‘Las ciegas hormigas’: Una adaptación entre la crudeza visual y los límites del relato. - octubre 19, 2026
- Crítica de ‘Forastera’: ¿Cómo seguimos habitando a quienes ya no están? - septiembre 22, 2026
- Crítica de ‘La risa y la navaja’ [AMFF16]: Una deconstrucción de la mirada colonial y de los propios cimientos del cine. - agosto 24, 2026
