Crítica de ‘Sentido y sensibilidad’ (2026): Una adaptación sensible y fiel de la novela de Jane Austen.

Más de setenta adaptaciones televisivas y cinematográficas se han hecho de las novelas de Jane Austen. Sin ir más lejos, Netflix estrenará en diciembre una nueva aproximación, en formato miniserie, de su obra más famosa, Orgullo y prejuicio. De igual manera, otras grandes novelas del siglo XIX han saltado recientemente a la pantalla, como Emma (2020), también de la misma autora, o la aclamadísima y comentadísima revisión de este año de Cumbres borrascosas. Es en esta ola de revisionismo donde encaja la nueva Sentido y sensibilidad, la cinta de Georgia Oakley que, de hecho, recuerda a títulos actuales como Hamnet, de Chloé Zhao, debido a su sensibilidad, o a la Mujercitas de Greta Gerwig.
Como siempre, esto nos lleva a la misma cuestión: ¿por qué ver una nueva versión de un clásico ya tan adaptado? Quizás la necesidad de hacer segundas partes y revisitaciones en estos últimos años subraya una carencia de ideas ante un futuro incierto y convulso; quizás necesitemos versiones hechas por mujeres que se acerquen a las nuevas generaciones; o quizás la nostalgia sí que movilice y sea un pilar fundamental de las producciones, un recurso económico fácil y rápido para el capitalismo. La respuesta está en las salas de cine.

Elinor (Daisy Edgar-Jones) y Marianne (Esmé Creed-Miles) son las hermanas Dashwood: una, el sentido; la otra, la sensibilidad. Junto a su hermana pequeña y su madre, se verán desahuciadas y obligadas a mudarse de su casa debido a que las reglas sociales de la Inglaterra de la Regencia determinaban que la herencia y las tierras pasaban directamente a manos de los hijos varones. Elinor conoce a Edward Ferrars (George MacKay), de quien se enamorará, pero intentará guardárselo por el bien de su familia; mientras que Marianne, de diecisiete años, más dramática y expansiva, será rescatada por el caballero Willoughby (Frank Dillane) tras sufrir un esguince, y quedará ciegamente eclipsada por sus promesas.

Se cuenta el retrato de las hermanas y su privación de libertad e independencia, ambas a la espera de un hombre, ya sea por un ideal romántico o por un conformismo social, que las rescate de su posición precaria. Como bien apuntó la escritora estadounidense Kate Millett: «El amor es el opio de las mujeres, como la religión el de las masas». La propia Jane Austen, que en 1802 iba a casarse con Bigg-Wither, un heredero pudiente que le aseguraba un futuro holgado a ella y a su hermana, terminó dependiendo de sus hermanos cuando su padre falleció tras romper el compromiso con aquel rico al que no amaba. En esta novela, la escritora es críticamente dura e irónica, algo que demuestra en el retrato de la hermana pequeña de las Dashwood o en el carácter de Marianne. Enseña la vulnerabilidad de las mujeres ante los cambios y peligros de la sociedad británica, y muestra cómo los privilegios y la obsesión por la posición social y el dinero pueden sobrepasar la moral. Estas ideas están perfectamente recogidas por Georgia Oakley, que las envuelve en una atmósfera terrosa, sombría y, a veces, asfixiante.
La directora británica capta a la perfección el romanticismo del libro gracias a la finura visual y la puesta en escena. Rodada en 35 milímetros, la composición es meticulosa, más cercana a una obra pictórica, sustentada especialmente en la naturaleza, los paisajes, los primeros planos y unos interiores a menudo recargados, de tono tenue y sombrío, y otras veces luminosos y rosados. Todo ello, adornado con la música de Roger Goula (All That Breathes), cuyos violines y pianos encarnan las emociones de las protagonistas, haciendo que la melodía se integre por completo en el filme. La película usa, además, bellas metáforas, tales como la aparición de los cervatillos cerca de Marianne, o momentos más elegantes y atractivos. Destaca, por ejemplo, la elección de la cineasta de enfocar tan solo a Elinor en la confesión que Edward le hace de que se va a casar con otra, y así quedarnos con los gestos y la expresión de Elinor, padeciendo y empatizando con ella.

La cinta se carga de un tinte amoroso y atemporal, también reflejado en las conversaciones entre Elinor y Marianne dedicadas exclusivamente al amor romántico. Se cuelan el cuidado y el afecto fraternal en pequeños gestos y detalles cotidianos, y se elevan en la escena en la que Elinor, de personalidad introspectiva y comedida, estalla ante la grave enfermedad de su hermana, mostrándose enfrentada y enfadada ante la visita de Willoughby, quien la ha abandonado y engañado. Honrando el texto original, están muy presentes los grandes temas de la novela (y, por tanto, de esta adaptación): la salvación del cariño fraternal, la búsqueda y el equilibrio entre lo racional y el sentimentalismo, el dolor del rechazo, la indagación en las relaciones afectivas y la sociedad de la época.

Cabe destacar las actuaciones de las protagonistas, de gran contención y credibilidad, gracias al correcto y fiel trabajo de adaptación de Diana Reid. Son ellas quienes manejan todo el peso del argumento con frescura y actualidad, aun siendo una obra coral. Aunque los personajes masculinos son indiscutiblemente necesarios y receptores de cada suspiro, ilusión y esperanza de Elinor y Marianne, parecen más bien elementos secundarios, cuyas interpretaciones también merecen reconocimiento y verosimilitud.

Para ultimar, Sentido y sensibilidad puede considerarse otra adaptación más. Sin embargo, mantiene la temática de Georgia Oakley, que ya en su primera película, Blue Jean, mostraba las normas morales de la era Thatcher y su efecto en los vínculos y la intimidad de una mujer. En rasgos generales, se trata de una adaptación sólida, visual e intensamente conseguida, que reflexiona y cuestiona el papel de la mujer en otro tiempo y lanza preguntas tan actuales que nos invitan a descubrir o releer a Jane Austen para ayudarnos a entender e interpretar el mundo.
NOTA: ★★★½
«SENTIDO Y SENSIBILIDAD», ESTRENO EN CINES.
TRÁILER DE SENTIDO Y SENSIBILIDAD:
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