Crítica de ‘La invitación’: El salto definitivo de Olivia Wilde como cineasta.

Han pasado siete años desde que Olivia Wilde añadiera la dirección de largometrajes a su faceta de intérprete, por la que ya era una cara muy conocida para el gran público. Booksmart, que en nuestro país se tradujo como Súper empollonas, supuso un inmejorable debut, siendo aclamada por la crítica profesional y recuperando la inversión inicial de manera holgada en taquilla. Como consecuencia de este primer éxito, Wilde triplicó el presupuesto que manejó para realizar su segunda película, Don’t Worry Darling, cuyo reparto de altura, con Florence Pugh (Oppenheimer), Chris Pine (Star Trek) y el otrora componente de One Direction, Harry Styles, reforzaba la expectación en torno al proyecto. Este último ocupó el papel destinado inicialmente a Shia LaBeouf (Honey Boy), con quien Wilde y Pugh tuvieron conflictos internos en plena preproducción.
Lejos de ser un fracaso de taquilla y pese a las tibias críticas que recibió –siendo una película para nada desdeñable–, la producción estuvo rodeada de una polémica ingente que provenía de la ruptura de Wilde con Jason Sudeikis (Ted Lasso) a causa de un supuesto affaire de esta con Harry Styles, con el que después inició un romance, y del malestar del equipo artístico durante el rodaje, que se consumó con una bochornosa presentación en Venecia, donde ni Pugh apareció en la rueda de prensa. Cuatro años ha costado que la cineasta tomase distancia de aquella controversia hasta dirigir y protagonizar este año 2026 La invitación (The Invite), obra antagónica en lo económico, lo formal y lo argumental a aquel segundo trabajo de tan ingrato recuerdo.

Para ello, toma como referencia el binomio teatral y cinematográfico con el que Cesc Gay puso en órbita la historia de La invitación, de título Los vecinos de arriba y Sentimental, respectivamente. Impulsada creativamente por la ruptura tras más de diez años de relación con Sudeikis, Wilde presenta el argumento de su nueva película: la invitación de un matrimonio en crisis a sus extravagantes vecinos para compartir una cena. Las rencillas, los manierismos y hasta los toqueteos con la infidelidad entre los cuatro personajes de esta obra cuasi teatral saltan por los aires cuando surge la posibilidad de que se produzca un intercambio sexual entre las antagónicas parejas y personalidades.

Que Olivia Wilde es una cineasta a tener en cuenta ya lo apuntaban sus dos obras anteriores, pero es algo que su nueva película confirma. En ella, demuestra un talento innato para manejar el lenguaje cinematográfico más académico con la precisión que lo hace. Su largo prólogo hasta el rótulo del título es una respuesta formal ejemplar a la pregunta «¿cómo introducir la historia de un matrimonio en descomposición?».
En primer lugar, la desacompasada melodía de un piano se entremezcla con las voces de la pareja hasta que unas imágenes, apenas perceptibles a causa del efecto quemado de la propia película, dejan entrever el recuerdo de una pareja joven, Wilde y Rogen, que comparte afición. Es entonces cuando aparece impreso, en dos partes, el leitmotiv sobre el que gira The Invite: «Uno debería estar siempre enamorado. Esa es la razón por la que uno nunca debería casarse», firmado por Oscar Wilde. El efecto reminiscente de estos primeros segundos da paso, ahora sí, a un primer plano completamente limpio de Seth Rogen y al inicio de los créditos, donde los personajes maritales aparecen siempre en distintos encuadres.
El tratamiento visual, una vez que ambos se encuentran físicamente en la casa –que será el escenario donde se desarrollará el resto de la trama–, se maneja en los mismos códigos compositivos. Bien a través de la dirección de actores en el espacio, bien por los diferentes niveles y distancias entre sus cuerpos y composiciones en relación con la cámara y el diferente manejo de la profundidad de campo, el conflicto de esta pareja siempre estará presente, también a través de cada frase y contradicción que mantienen Ángela y Joe. El contraste es aún mayor cuando entran en escena sus vecinos, Hawk y Pina, que muestran una afinidad sexual y emocional infinitamente mayor que la de sus anfitriones. El texto, firmado por Rashida Jones (Sunny) y Will McCormack, apuntala todas las bases visuales que trabaja Wilde desde la dirección, con una tensión dialogal en aumento que incorporan sus cuatro protagonistas desde la química interpretativa.

El punto de no retorno, que hará cambiar la forma en la que el espectador ha percibido la distancia del matrimonio frente a la aparente perfección de sus invitados, será plantear la libre sexualidad mediante un intercambio de parejas. De nuevo a través del humor, cercano casi a la comedia slapstick, se vuelven a truncar los planes en esta velada de los horrores, donde casi nada sale como estaba planeado. En cambio, es a raíz de este momento cuando se produce un giro en toda la propuesta de la primera mitad de la película, que se desquita del cinismo y el trato políticamente correcto que ha mantenido hasta el momento. El salón se convierte en una sala de terapia en la que todos los personajes tratarán los conflictos propios y los comunes a sus relaciones desde la sinceridad. La desnudez narrativa del último acto también es la de sus propios personajes, que encuentran en la franqueza un modo de canalizar los sentimientos enquistados que les han impedido avanzar, concluyendo con una secuencia de cierta esperanza como contrapunto a la inicial.

Pese a que ya se ha destacado la labor de Wilde en la dirección, por la que debería merecer una nominación, al menos, entre las diez mejores películas de los Óscar, esta obra de cámara y texto no podría funcionar sin la labor de sus cuatro protagonistas. Destacan, por su mayor minutaje en pantalla, la propia directora y Seth Rogen (The Studio), el principal trasunto cómico de este juego a cuatro. Ambos se lucen tanto solos como acompañados, y son el ejemplo de matrimonio medio en el que más de uno se verá reflejado. Por contra, Penélope Cruz (La bola negra) destaca en el papel de la libérrima sexóloga Pina, ofreciendo su registro más sensual como pareja de Edward Norton (El club de la lucha), que, siendo solvente, es el personaje más inane de los cuatro a todos los niveles.

La invitación devuelve a Olivia Wilde al foco puramente cinematográfico tras los vaivenes amarillistas de su Don’t Worry Darling. Partiendo del texto original de Cesc Gay, ofrece una dirección ejemplar y se rodea de tres intérpretes en estado de gracia para entregar una de las mejores comedias de 2026.
NOTA: ★★★★☆
«LA INVITACIÓN», ESTRENO EN CINES.
TRÁILER DE LA INVITACIÓN:
PÓSTER DE LA INVITACIÓN:

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