Crítica de ‘Queen at Sea’ [71Seminci]: Tom Courtenay ofrece una de las mejores interpretaciones del año.

El alzhéimer y otras enfermedades neurodegenerativas que derivan en diferentes tipos de demencia se consideran la gran epidemia del siglo XXI. Según los propios estudios sanitarios, los nuevos diagnósticos han aumentado hasta un 161 % a lo largo del siglo XXI respecto a la década de los 90, y se prevé que en el año 2030 aumenten un 153 % respecto a 2020. Son muchos los factores que dan respuesta al crecimiento exponencial de esta enfermedad, entre ellos el mayor rango de longevidad del ser humano, pero lo realmente importante es la fuerza con la que golpea no solo al paciente, sino también a su entorno esta enfermedad comunitaria. Los progresivos síntomas de la demencia se presentan de formas tan diversas como las personas que la padecen, haciendo de cada caso una batalla moral y ética a la que las familias deben hacer frente a medida que el ser querido pierde su conciencia, recuerdos y autonomía, reduciendo su estado vital, finalmente, a impulsos muy primarios.
Entre estos instintos innatos a la naturaleza animal del ser humano se encuentra la sexualidad, que en sí misma supone un complejo mecanismo en el que interfieren cuestiones biológicas, morales, sensoriales y, por supuesto, emocionales. El cineasta norteamericano Lance Hammer (Ballast) se enfrenta en su segundo largometraje de ficción, Queen at Sea, a la manera en que el deterioro neurodegenerativo reduce la sexualidad a un impulso básico e inocente del ser humano y reflexiona sobre cómo esto desarma a sus allegados, dejándolos en un estado de incomprensión e inoperancia que lleva incluso a enfrentarse a sí mismos. Ganadora del Gran Premio del Jurado y del Oso de Plata a la Mejor Interpretación de Reparto ex aequo para Tom Courtenay y Anna Calder-Marshall, la mirada de Hammer sobre este tema tabú se presenta en la Seminci para remover a los espectadores vallisoletanos de sus asientos.
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Queda claro muy pronto que no va a ser un visionado fácil este de Queen at Sea, desde el momento en que Amanda acude al domicilio donde su madre, enferma de demencia, vive con su padrastro, y los encuentra manteniendo relaciones sexuales en el dormitorio, algo que Hammer muestra de forma explícita. Este es el motor, pero no el centro, de lo que la película desarrolla en adelante. El enfrentamiento directo entre Amanda y Martin, el marido de su madre, se traduce en una denuncia por violación que eleva al plano ético la reflexión acerca del consentimiento sexual de una persona en pleno proceso de deterioro cognitivo y, por tanto, carente de autonomía física y afectiva. Ambos personajes pisan un terreno desconocido en el que no existe una sola forma de actuar.

Es atrevida la premisa de Hammer para su segundo largometraje, tanto por el tema que aborda –el alzhéimer– como por el punto de vista que elige para tratarlo: la sexualidad del paciente y si existe una línea legal y ética acerca del consentimiento en este proceso degenerativo, incluso con la persona con la que lleva más de 18 años. Habrá espectadores que estigmaticen la película desde su incómodo arranque y que tan solo verán una rueda girando en torno a la miseria emocional. No solo no es así, es que además impedirá ver un mapa contextual y narrativo que tiene un profundo interés precisamente por ser un terreno sin abonar desde el punto de vista cinematográfico. El guion no redunda en la enfermedad, que es un tema transversal para los dos personajes principales, interpretados por Tom Courtenay (Doctor Zhivago) como marido y Juliette Binoche (El paciente inglés) como hija de la mujer, sino que elige centrar su mirada en el conflicto que emerge sobre cómo tratar la enfermedad, los impulsos y, en definitiva, los cuidados de una persona en la fase final de su vida.
Más allá de las preguntas que extrapola al espectador, destaca el gusto y la definición visual con los que Hammer logra expresar el estado vital de dos personas que se enfrentan al alzhéimer mientras ven cómo ataca a un ser querido. Rodada en físico analógico de 35 mm, Hammer se hace aquí con los servicios del director de fotografía brasileño Alphonso Veloso (Sueños de trenes), que vuelve a realizar un excelente trabajo de fotografía e iluminación en Queen at Sea. Veloso pinta la película con una tonalidad fría, gris e inerte, en la que los personajes se mueven prácticamente sin vida y desubicados en el encuadre, gracias a la asimétrica composición del plano, donde los vacíos subyugan a los protagonistas a los sectores más extremos. Esta radical apuesta visual confronta de manera directa al espectador con los personajes, que están descompuestos y errantes en un espacio, el de la vivienda, que se convierte en una suerte de laberinto físico y psicológico para ellos.

Como debe narrativo, Hammer se vuelve ambicioso cuando la historia no lo necesita, al darle demasiado metraje a la hija de Amanda y a su despertar sexual, en contraposición con el primer amor que se desvanece de sus abuelos. Suena bien como premisa, pero no acaba de funcionar porque la atención y la fuerza del libreto residen en el conflicto moral y, sobre todo, en el enorme duelo interpretativo de Binoche y Tom Courtenay. En su primer acto, ambos pueden parecer personajes detestables por sus actos y opiniones, pero Queen at Sea está lejos de dar respuestas firmes o de crear personajes estereotipados. A medida que avanza la película, uno entiende y empatiza con el razonamiento y el pensamiento de cada uno de ellos, y se da cuenta de que tienen que tomar decisiones para las que nadie está preparado, mientras sus vidas se fracturan y se desgastan emocionalmente.
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Es cierto que Hammer arriesga demasiado sin necesidad en un final que no es del todo coherente visualmente con la sutileza mostrada durante todo el metraje y que parece buscar una vuelta de tuerca emocional en el espectador que acaba logrando todo lo contrario. No obstante, no se puede rechazar esta obra por una o dos decisiones visuales algo explícitas, cuando el mayor porcentaje de su metraje es un estudio de personajes que intenta equilibrar un universo familiar en pleno desmoronamiento.

Queen at Sea no es una película redonda, pero sí profundamente interesante, tanto ética como cinematográficamente, gracias al tratamiento visual y a la puesta en escena, que elevan la fotografía de Veloso. Por si esto fuera poco, Courtenay ofrece una de las interpretaciones más vulnerables y dolorosas del año, mientras que Binoche vuelve a demostrar que es una de las mejores actrices europeas de la historia.
NOTA: ★★★½
«QUEEN AT SEA» SE PROYECTA EN LA SEMINCI.
TRÁILER DE QUEEN AT SEA:
PÓSTER DE QUEEN AT SEA:

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