Crítica de ‘A nadadora’ [71Seminci]: Donde habita el olvido.

Al noroeste de la península ibérica se encuentra un lugar de orografía violenta, rico en mitos y leyendas que conectan de algún modo con la cultura celta, y con una cicatriz social que aún no está del todo atenuada, provocada por décadas de contrabando marítimo en sus aguas. A Costa da Morte es un lugar mágico que debe estar bajo el control de las mouras, las féminas de la mitología gallega, símbolos y guardianas de la naturaleza, el agua y los tesoros ocultos en el corazón de sus costas, ya que, pese al estigma de la droga y el desastre del Prestige en 2002, sigue manteniendo un vigor medioambiental y cultural único en nuestro país.
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Sandra Sánchez, oriunda de Narón, debuta en el largometraje de ficción trasladando a la Costa de la Muerte la historia que ya esbozó en su corto de 2008 A nena azul. Es inevitable pensar, aunque sea de manera tangencial, en la tradición del realismo mágico gallego, del que el gran novelista Álvaro Cunqueiro (Las crónicas del Sochantre) es máximo exponente y piedra angular, anticipándose a otros hoy más reconocidos, como Gabriel García Márquez o Juan Rulfo. Aunque, para quien escribe, el realismo mágico es algo distinto a lo que hace Sandra Sánchez en A nadadora, ya que lo extraordinario no es norma común en la sociedad donde se desarrolla Nico, su personaje protagonista, sino que solo lo es en su realidad, sí se adhiere con facilidad al realismo poético con el que Andrea González definió Romería, de Carla Simón, o la última película de Andrea Arnold, Bird, ambas de 2025.
La conexión es mayor con la última película de Simón por una cuestión geográfica y argumental. A nadadora se traslada a la década de los 90 para contar la historia de Nico, una adolescente que vive con sus tíos y sale a fondear de manera furtiva con su padre, que es adicto, y cuya madre los abandonó cuando apenas era una niña. La virulencia del mar que choca contra los acantilados contrasta con la vulnerabilidad de un pequeño pueblo golpeado por la heroína, que destruyó hogares y sumió a esta comunidad en un lugar lleno de cicatrices y secretos. Nico, que sufre vahídos con frecuencia, se encuentra extrayendo percebes junto a su padre cuando experimenta uno de estos desmayos, que la sumerge en una visión subacuática en la que ve a una joven nadando en las profundidades mientras ella no deja de hundirse.

Sánchez comienza la película con esta imponente secuencia en la que padre e hija conducen una pequeña lancha a motor en dirección a las rocas donde van a faenar, mientras las olas chocan con virulencia. Además de la propia fuerza visual, destaca la edición de sonido, que contrapone el embate de la naturaleza con la posterior sensorialidad sonora que entra en acción y que será seña de identidad de las ausencias que sufre Nico. La primera puesta en escena de A nadadora tiene la eficiente capacidad de apuntar la identidad extradiegética de la película, mientras arranca el viaje de búsqueda de la suya propia por parte de la protagonista.
En una estructura narrativa convencional para esta suerte de coming of age onírico, la fortaleza semiótica reside en los lugares y espacios que los diferentes personajes transversales a Nico habitan. El mar viste con gusto el traje de misterio que lo ha envuelto a lo largo de la historia de la cultura durante siglos y es el lugar desde donde lo observa también la protagonista. El hogar donde vive con sus tíos tiene un valor opresivo como lugar al que volver tras cada intento fallido de escapar de esta aldea, mientras que el pequeño chamizo donde Sánchez organiza el primer gran encuentro entre Nico y la nadadora es el refugio emocional y físico al que la joven acude hasta que encuentre los recursos vitales y económicos para huir de sí y del velo que nubla su pasado.

Aparecerán nuevos lugares nómadas y anclados que se evitará desarrollar porque entran en los actos donde la maraña argumental se desenvuelve, y uno de los grandes valores de la película reside en que el guion hace partícipe al espectador del estado de confusión que la adolescencia, los traumas familiares y la regresión de sus recuerdos producen en Nico en su viaje entre lo real, lo imaginado y lo recordado. No destripa nada de la historia, porque ocurre casi al inicio, que los asuntos turbios en los que está involucrado hacen que el padre de Nico desaparezca de la trama durante gran parte del metraje. De nuevo, el espectador recibirá de manera directa y sutil la incertidumbre que genera a la protagonista el constante ruido de helicópteros batiendo las costas en busca de algo que se hará explícito más adelante.
Mediante la disposición de los cuerpos en el campo visual y la diferente colorimetría causada por la luz, que es más dura cuando Nico se encuentra en estados introspectivos, especialmente de noche, Sánchez logra cubrir de misterio a la joven que ha llegado en una caravana al pueblo y que no parece tener relación alguna con nadie más que con Nico. A medida que la adolescente va comprendiendo los traumas que opacaban su visión lúcida de los hechos, la estética de ambos planos presentados en A nadadora se va entrelazando hasta llegar a un punto de cohesión cuando se alcanza la resolución, a su manera, del conflicto.
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Al igual que la directora en el apartado del largometraje de ficción, también debutan sus dos intérpretes adolescentes, que son parte indivisible a la hora de reflexionar sobre este viaje de identidad y abandono que propone Sandra Sánchez. Nuria López es el personaje cuyo punto de vista casi nunca abandonará al espectador, y ofrece una interpretación que oscila entre la fuerza innata de la actriz y la vulnerabilidad e incertidumbre de un personaje perdido. María de Dina, su contrapunto, es un faro lúcido que hace de Virgilio para guiar a la protagonista a través de su particular infierno. Diego Anido (As Bestas) ha recogido el testigo de Manolo Solo como uno de los grandes secundarios de nuestro cine, volviendo a demostrar su carisma y magnetismo en cada minuto que aparece en esta película.

El punto de encuentro en la Seminci ha sido esta interesantísima propuesta ligada a la tradición literaria mágica gallega, que atraviesa los traumas de toda una región a lo largo de décadas para incorporarlos a una historia de reinterpretación personal en la adolescencia.
NOTA: ★★★½
«A NADADORA» SE PROYECTA EN LA SEMINCI Y SE ESTRENA PRÓXIMAMENTE EN CINES.
PÓSTER DE A NADADORA:

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