Crítica de ‘Rose’ [71Seminci]: La pasión de Sandra Hüller.

«Los milagros verdaderos ya no existen en el cine desde que Dreyer murió». Así responde el personaje de Max a Miguel Garay, interpretado por el fallecido Manolo Solo, mientras hablan del poder del cine en el patio de butacas de una sala abandonada en la excelente Cerrar los ojos, de Víctor Erice. El director austriaco Markus Schleinzer (Angelo) recoge el testigo de este velado homenaje a Carl Theodor Dreyer, uno de los cineastas más grandes de la historia, en su tercer largometraje, Rose, con la que toma distancia formal y narrativa de la herencia fílmica de Michael Haneke, del que estuvo bajo su mando en la dirección de casting de La cinta blanca, obra que se alzó con todos los premios posibles en 2009, desde el Festival de Cannes hasta la noche de los Óscar.
Aunque lejos de resucitar los milagros del cineasta danés que conjura el comienzo de esta crítica, el espíritu dreyeriano sobrevuela los 94 minutos de la película que Schleinzer presenta en la Sección Oficial a Competición de la Seminci. Desde una clarísima referencia visual a La pasión de Juana de Arco (1928), hasta la similitud temática de dos mujeres que se sublevan, a su manera, frente al orden patriarcal y religioso establecido, pasando por el estatismo del encuadre y la composición de los personajes en planos asépticos, desprovistos de todo barroquismo, subyugados por la fuerza del claroscuro expresionista de la fotografía en blanco y negro, que acentúa la gravedad de los rostros y los reinterpreta a través de la luz, hasta culminar en el milagro, explícito y místico en uno y mucho más terrenal, pero igualmente determinante para el devenir de Rose en otro, son muchas las migas de pan que Schleinzer deja para seguir la pista de uno de los maestros entre maestros.
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Otro indicio que conecta Rose con Dies Irae es su contexto histórico. El omnipresente narrador sitúa al personaje en el primer tercio del siglo XVII, dentro del marco bélico de la Guerra de los Treinta Años, donde un soldado con una aparatosa cicatriz en el rostro llega a una comunidad de fe protestante reclamando una herencia y asentándose en el pueblo con un perfil bajo. Este hombre logra prosperar desde el anonimato –la cinta oculta el nombre que utiliza para esconder el verdadero, Rose– y comienza a construir su propia reputación expandiendo sus tierras y, sobre todo, salvando a un muchacho del ataque de un oso en el bosque colindante. Su ambición insaciable atrae a otro terrateniente que le ofrece en matrimonio a su hija menor como estrategia patrimonial. Este enlace de conveniencia hace que Rose siga llamando la atención en un seno profundamente conservador, regido por unas férreas normas de conducta social y dogmática.

La voz en off extradiegética es la elección de Schleinzer para definir al espectador el oscuro pasado bélico de Rose, tras la inserción de unos violentos planos estáticos iniciales que establecen una conexión directa con el marco de destrucción y muerte que envuelve la historia. La estructura literaria elegida abandona el relato en primera persona para dar paso a un narrador neutro que no juzga a Rose, sino que se limita a relatar los hechos que escriben su vida. El guion parte de una novela que el propio director escribió para sí mismo con el objetivo de construir al personaje ficticio protagonista. Para ello, realizó una ardua labor documental basada en historias reales de mujeres de la época que ocultaron su género para poder prosperar económica, social y religiosamente, encontrando una falsa libertad amenazada bajo pena de muerte.
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Un cineasta siempre bordea la peligrosa línea discursiva y la sobreexplicación de lo que ya muestra la imagen cuando elige un recurso narrativo como este y, aunque a veces la sobrepase, el tercer acto da una posible coherencia argumental a la decisión. La austera puesta en escena de los interiores contrasta con los frondosos parajes que rodean la granja que explota Rose, todo a merced de la fotografía de Gerard Kerkletz, habitual en la filmografía de Schleinzer, que opera con acierto una iluminación que relaja o subyuga al soldado en función de si los hechos se desarrollan a su favor o en contra.
La cooperación del tándem técnico también destaca en los planos cortos de interiores, espacios donde la iluminación expresionista juega con dureza en la contraposición de luces y sombras, sumada al trabajo de encuadre y composición en diferentes escalas. Especialmente resaltable es la relación que establecen a este nivel Rose y la joven con quien contrae matrimonio. Existe un antes, marcado por la distancia y la fragmentación espacial y lumínica entre ambas cuando aún persisten los secretos, y un después, cuando ambas mujeres optan por vivir la verdad en el seno de una mentira, a pesar de los constantes rumores en el pueblo.

Regresando de forma inevitable a Dreyer, Maria Falconetti labró su rostro en la memoria cinematográfica colectiva gracias a la singular obsesión del cineasta danés por rodar en primer plano el sufrimiento de Juana de Arco durante su proceso judicial. Sandra Hüller se postula, tanto por Rose como por Fatherland, a una nueva nominación al Óscar por su impertérrito semblante en la primera mitad y su profundo sufrimiento en la segunda, encarnando a esta mujer soldado que encuentra la libertad en unos pantalones. La actuación de la alemana es imponente, aunque puede generar cierta distancia emocional, ya que, pese a su enorme esfuerzo postural, vocal y protésico, sus definidos rasgos y su presencia en grandes blockbusters la hacen muy reconocible para el espectador. Pese a ello, las loas a su trabajo están más que justificadas: logra impactar mediante la carga expresiva de su rostro, fruto de un trabajo actoral introspectivo y de la elegante labor de Schleinzer al dejar fuera de campo las atrocidades que presencia. Sería injusto no destacar a la debutante Caro Braun, dando una contrarréplica a la altura de Hüller, algo nada fácil, y transformando las emociones de un personaje sumiso en uno autónomo capaz de elegir su destino.

Rose es la reivindicación de aquellas mujeres que tuvieron que hacer de la mentira su bandera para sobrevivir y prosperar en un mundo dominado por hombres a la sombra del dogma religioso. Con otra imponente actuación, Sandra Hüller encarna a un personaje moralmente cuestionable cuya única definición ética es no dejar que nadie escriba una historia que solo a ella le pertenece contar.
NOTA: ★★★★☆
«ROSE» SE PROYECTA EN LA SEMINCI Y SE ESTRENA EL 20 DE NOVIEMBRE EN CINES.
TRÁILER DE ROSE:
PÓSTER DE ROSE:

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