Crítica de ‘Cartas de Estado’ (‘Yellow Letters’) [71Seminci]: Precisa disección de la represión política como dinamita familiar.

Tras la debacle bélica de la II Guerra Mundial y la división territorial entre Alemania Occidental (RFA) y Alemania Oriental (RDA), el conjunto del entonces país separado por el Muro de Berlín experimentó un descomunal crecimiento económico e industrial impulsado, eso sí, desde dos formas antagónicas de entender el mercado: el capitalismo y el socialismo, sistemas soberanos a un lado y otro de la franja.
La reconstrucción en tiempo récord de un país literalmente en ruinas se debió en gran parte a la mano de obra migrante, que compensó la escasez de trabajadores locales. En esta excepcional situación de éxodo de las décadas de 1950 y 1960 reside el germen para entender que hoy casi el 3,5 % de la población alemana tiene origen turco, país mayoritario de aquellos trabajadores, constituyendo la mayor comunidad otomana fuera de tierras turcas.
El cineasta İlker Çatak es uno de los ejemplos visibles de esta homogénea sociedad formada por alemanes de primera generación con raíces otomanas, ya que el director de la nominada al Óscar Internacional en 2024, Sala de profesores, es descendiente directo de inmigrantes asentados en Berlín en la década de los setenta. En ocasiones, es necesario conocer cierto contexto para entender el impacto de un hecho como que su nueva película, Yellow Letters, que llega a la Seminci como Cartas de Estado, haya obtenido el Oso de Oro, el máximo galardón de la última edición de la Berlinale. Y lo es porque, para universalizar su relato de persecución política a artistas por sus convicciones morales en una falsa democracia, como la Turquía actual de Erdogan, Çatak elige rodar en Berlín y Hamburgo para vestirlas como Ankara o Estambul, respectivamente, con el objeto de reivindicar que la amenaza autoritarista del siglo XXI no es algo ajeno a Occidente.
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Tras una representación escénica filmada entre bambalinas con un juego de sombras expresionista que apunta a lo alargada que será la política, Cartas de Estado presenta a sus dos protagonistas principales en torno al teatro. Derya es una actriz tan reputada en las tablas como reconocida por sus éxitos televisivos, mientras que su marido, Aziz, es el dramaturgo a cargo de la obra con la que da comienzo la película, que, cómo no, trata del carácter universal de las diferentes etnias.
Ambos mantienen una vida burguesa en Ankara (Berlín), donde Aziz da clases en la universidad, donde promueve la conciencia social de sus alumnos para reclamar los derechos LGTBIQ+, la cuestión palestina o el conflicto de Ucrania. Su posición política y su crítica a través de los textos artísticos y literarios que alimentan las manifestaciones pacíficas también resultan profundamente molestas para el régimen de control turco, que le envía una carta de despido y una citación judicial por los delitos de insurrección y motivación de causas terroristas, lo que obliga a Aziz a mudarse a Estambul (Hamburgo) con su familia y a renunciar al estatus que mantenían.

Existe una intencionalidad casi obsesiva de relacionar la simbología turca con la sociedad alemana durante todo el metraje con el objeto de extender los brazos de su crítica más allá del contexto otomano. No solo en ese trasunto de reinterpretación de las ciudades alemanas como si fueran turcas, sino también en la aparición constante de otros elementos, como estatuas germánicas, textos esculpidos en alemán y los propios sobres amarillos que se utilizan en Alemania para comunicar autos administrativos a sus ciudadanos. Pese a que, sin duda, es un tratamiento narrativo tan singular como estimulante, quizá perpetra el delito de distraer la atención del espectador en varias ocasiones para obligarle a reajustar los mensajes visuales oximorónicos que aparecen durante el metraje.
No obstante, la inspiración y el valor artístico de esta Cartas de Estado van mucho más allá de este plano de reprobación política, y es que la película, paradójicamente, crece cuando cierra su mirada en las consecuencias de la represión en la intimidad del seno de la familia Tufan, formada por los padres y su hija adolescente, Ezgi. El propio Çatak, su esposa Ayda y Enis Köstepen construyen un guion que se encarga de despojar a los miembros de la familia de todos y cada uno de los privilegios que habían obtenido en Ankara, haciendo que se replanteen su nueva vida, que comparten en la casa de la madre de Aziz, mientras buscan nuevas formas de asalariarse en el caso de los adultos y de generar un nuevo grupo de amistades en el caso de la niña. La manera en que cada miembro afronta la amenaza política desde puntos morales y éticos distintos, que tendrán que sacrificar si quieren salir adelante como familia, es lo más interesante de la parte narrativa.

Es en estas subtramas donde se produce la sinergia entre los aspectos técnicos y artísticos que alcanzan su máximo nivel en la película. En un vaivén de discusiones maritales y profesionales –ya que ambos comparten su amor por el arte («¿Puede el teatro salvar el mundo?» se preguntan en varias ocasiones)–, Özgü Namal y Tansu Biçer ofrecen dos interpretaciones desde el contraste moral de sus personajes, pero completamente compatibles en pantalla. A este tira y afloja interpretativo se suma la pericia y precisión de la puesta en escena de Çatak, que mantiene un control absoluto del espacio y la composición de los diferentes niveles de plano de sus personajes, conectando las diferentes tensiones emocionales que surgen entre ellos y que, de manera directa, resuenan en la complicada vida de una adolescente en un nuevo lugar.
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Su banda sonora también acierta al acompañar la acción sin ahogar ni remarcar los diferentes niveles emocionales de la trama, dejando espacio a la reflexión del espectador. El carácter escénico, creativo y crítico del teatro es vital en el proceso de regresión que vive la familia, que concluye con un plano final que, sin llegar a ser pesimista, se aleja de lo que se podría considerar un final feliz.

Yellow Letters es una película notable que demuestra músculo en su puesta en escena y cuenta con una pareja protagonista que está a la altura de los múltiples conflictos que una cuestión ideológica y política desencadena. Seguramente adquirirá altura mediática y trascendental en contextos más localizados, como su victoria en el corazón de Alemania, a la que también sacude con su película un İlker Çatak que sigue haciendo crecer su cine.
NOTA: ★★★½
«CARTAS DEL ESTADO (YELLOW LETTERS)» SE PROYECTA EN LA SEMINCI Y SE ESTRENA PRÓXIMAMENTE EN CINES.
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