Crítica de ‘Obsession’: Las relaciones tóxicas recuperan el foco del nuevo cine de terror.

Baron (Michael Johnston), al que sus amigos apodan cariñosamente «Bear», es el típico chico apocado y tímido con escasas habilidades sociales para relacionarse con las mujeres. Él está tremendamente enamorado de Nikki (Inde Navarrete), hasta el tuétano, a pesar de que ella –la típica amiga del grupo, divertida, animosa y extrovertida– siempre le verá como a su hermano pequeño. Sin embargo, Baron desea con toda su alma que ella corresponda a sus sentimientos; lo anhela tanto que está dispuesto a pasar por encima de la voluntad de la propia Nikki.
Esta es la premisa del último bombazo en la taquilla norteamericana, Obsession, dirigida por el youtuber Curry Baker, otro de esos nuevos nombres insultantemente jóvenes que nos están llegando desde sectores con influencias audiovisuales diferentes a las del cine tradicional. Demasiados puntos en común con lo que ya comentamos en la crítica de Backrooms como para obviar la nueva tendencia que se está imponiendo en el cine de género de los últimos años.

Al igual que ocurría con la viral película de los espacios liminales, la de Baker tampoco es una obra maestra sin fisuras ni presenta la premisa más original, pero sí es una cinta que ha costado muy poco dinero (750 000 dólares de producción, a los que hay que sumar los 15 millones por los derechos adquiridos por Focus Features) en proporción a las cuantiosas sumas que está devolviendo en la taquilla estadounidense, rozando los 300 millones de dólares al cierre de estas líneas.
Puede resultar cuestionable calificar estas obras como pertenecientes al cine independiente, ya que sus directores han llegado apadrinados por figuras del terror contemporáneo como James Wan (Expediente Warren: The Conjuring), Mike Flanagan (La maldición de Hill House) u Osgood Perkins (Longlegs). Sin embargo, no se puede negar que estos cineastas no proceden de la realeza de Hollywood, sino de sus márgenes, e incluso de las nuevas formas de ocio y comunicación audiovisual, del mismo modo que resulta irrefutable el enorme éxito comercial que han cosechado.

Uno de los grandes aciertos de Curry Baker radica en lograr que el público se identifique con un personaje que, aparentemente, protagoniza la típica historia de amor adolescente cruzada con el cine de maldiciones amorosas en clave de «cuidado con lo que deseas», a pesar de que, en realidad, atesora ciertas características propias del amor más tóxico. De esta forma, y «Sauce del Deseo» mediante (al más puro estilo de la pata de mono), se produce un juego de traslación entre los conceptos y roles de villano y víctima que le sienta realmente bien.
En este sentido, Bear funciona como un caballo de Troya con el que el cineasta introduce una reflexión, subyacente a la historia de género, respecto a lo peligroso y fácil que es obsesionarse con una persona cuando el amor no es correspondido, desencadenando una espiral de dramatismo inmaduro que conduce al protagonista al extremo de considerar que, por el mero hecho de albergar esos sentimientos, tiene el derecho divino de anular la voluntad ajena. Un ejemplo de ello es el gran ejercicio cinematográfico que realiza el director con la escena en la que Nikki, aparentemente dormida, consigue comunicarse con Bear para trasladarle lo que realmente está sintiendo, y es muy revelador el modo en que él reacciona ante este hecho.
De hecho, la película tiene la inteligencia suficiente como para no sermonear ni caer en maniqueísmos a la hora de presentar un tipo de masculinidad anulada, resentida, frustrada y sin personalidad que, desgraciadamente, ha protagonizado situaciones de lo más alarmantes en los últimos años, llegando a conectar con el fenómeno incel. Así, la película se adentra en premisas argumentales peliagudas que le permiten plantear ideas para que el espectador reflexione sobre las relaciones tóxicas dentro de la pareja, la codependencia extrema, las dinámicas dañinas entre hombres y mujeres y los problemas de comunicación emocional masculina.

Esta hondura temática se ve reforzada por la pericia técnica de Baker tras las cámaras. Si bien no es la obra maestra definitiva que algunos han vendido, sería injusto negarle un uso más que correcto de elementos clave como la fotografía. Por ejemplo, a la hora de presentar los «cambios» que se producen en Nikki –una decisión que mantiene con coherencia hasta el final del metraje–, Baker nos regala un plano de gran virguería técnica en el que el brillo de los ojos de Inde Navarrete cobra una importancia fundamental. Este recurso nos permite comprender el descenso de la joven hacia la oscuridad en la que ha sido introducida por Bear, como metáfora de cómo este ha conseguido anular su voluntad.
También resulta destacable el inteligente uso de la escala y las líneas diagonales para anticipar el conflicto entre Nikki y Sarah, la amiga enamorada de Bear, especialmente en la secuencia de la tienda entre Bear y Sarah, donde ambos terminan igualándose en escala, o para enfatizar el tipo de relación «real» que se desarrolla entre Bear y Nikki, contraponiendo los conceptos de unión y desunión entre los que se mueven constantemente los dos personajes.
Desgraciadamente, existen momentos en los que el realizador repite machaconamente estos recursos, cuando habría sido deseable una planificación diferente de la escena o recurrir a otras técnicas con las que contar lo mismo sin «quemar» las decisiones anteriores. Con todo, y con ello, la película posee argumentos e ideas suficientes para narrar la historia de manera más solvente que otras propuestas del género.

Obsession también ha supuesto la consagración de la joven actriz Inde Navarrete (Por trece razones) como una de las nuevas musas del terror contemporáneo. Un personaje, el de Nikki, que pasará a la historia por lo meteórico de su ascenso como nuevo icono del género –guarden estas palabras–, del mismo modo que lo consiguieron Florence Pugh en Midsommar y Amy Madigan en Weapons. Resulta tremendo el ejercicio interpretativo de Navarrete, que comprende las exigencias del registro al jugar con la mímica gestual de Nikki y con sus cambios de humor para pasar de cero a cien en cuestión de segundos dentro de una misma escena, sin despeinarse. Un trabajo de entendimiento del personaje que llevó a la actriz estadounidense a improvisar algunas secuencias donde el guion tan solo marcaba los diálogos, pero no la forma de interpretarlos, como ocurre con el ya icónico «stay!!!» en el dormitorio.
Finalmente, también sería injusto no mencionar el trabajo de Michael Johnston (Teen Wolf), ya que la película se narra desde su punto de vista, además de conseguir aportarle matices psicológicos a Bear de tal manera que permite a Baker construir su circo de tres pistas alrededor de la tesis central. Opacado frente al torrente físico que supone Navarrete, y por el hecho de que Nikki sea el personaje más lúcido de la historia, lo cierto es que Johnston está perfecto dentro del registro que le ha tocado defender.

Estamos ante uno de los fenómenos de terror del año por derecho propio, y el espectador difícilmente se arrepentirá del carrusel de emociones que experimentará al ver Obsession en pantalla grande.
NOTA: ★★★★☆
«OBSESSION», ESTRENO MAÑANA EN CINES.
TRÁILER DE OBSESSION:
PÓSTER DE OBSESSION:

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