Crítica de ‘La otra madre’: No, por favor.

De entre todos los géneros y subgéneros cinematográficos, el «nos da todo igual» es uno de los que más escasea. Hablamos de películas cuyo ensamblaje, tanto textual como formal, no responde a ninguna lógica. Y esa ausencia de lógica no es fruto de un proceso creativo ni de una intencionalidad; más bien todo lo contrario. Son obras cuya narrativa parece regirse por el «sigue adelante y no mires atrás», porque lo que dejas atrás asusta al mismísimo demonio.
Dashcam (2021), de Rob Savage, es un «nos da todo igual» de libro. El segundo largometraje del director británico es un found footage (metraje encontrado) sobre una caótica y mezquina streamer que, en plena pandemia de la COVID-19, recorre las calles con su móvil mostrando un mundo azotado por la desinformación y el pasotismo, del que ella también es partícipe. Todo cambia cuando se ve envuelta en una sucesión de acontecimientos pesadillescos que desembocan en una persecución ininterrumpida y desquiciada, repleta de gritos, sangre y vísceras. Dashcam pone a prueba la paciencia del espectador gracias a su deleznable protagonista y a su delicioso sinsentido argumental. Únicamente entrando en su violento sentido del humor y su extravagante propuesta, la experiencia deja de ser una agonía para convertirse en un divertimento desprejuiciado e irónico: el epítome del «placer culpable».
Por desgracia, no nos encontramos ante una propuesta como Dashcam. De hecho, Savage abandonó esa vía hace años, cuando realizó la genérica y olvidable The Boogeyman (2023). Sin embargo, el tráiler de La otra madre prometía algo diferente: una fusión de terror familiar grotesco y espeluznante con un sentido del humor macabro en lo que parecía otro interesante título que sumar a la lista del buen cine de terror de 2026. Desde aquí os comunicamos que hemos sido engañados.

Basada en la novela Incidents Around the House, de Josh Malerman, La otra madre acaba siendo un desastre inconmensurable; el equivalente cinematográfico a masticar agua. A lo largo de sus escasos noventa minutos, Savage construye uno de los ejemplos más desaprovechados y tristes del cine del «nos da todo igual» de los últimos años. Compartiendo premisa con el libro de Malerman, la historia sigue a Bela, una niña de ocho años que mantiene un vínculo secreto con una entidad a la que llama «Otra Mamá». Cuando esta presencia demoníaca comienza a manifestarse fuera de su habitación adoptando la apariencia de su madre (Jessica Chastain), la seguridad de toda la familia queda amenazada.

Resulta sencillo trazar paralelismos entre La otra madre y otros títulos del género. El propio concepto de la «otra madre» retrotrae a Coraline (2009), cinta en la que la niña protagonista visitaba una copia colorida y divertida de su gris y aburrido hogar. Allí, su «otra madre» terminaba revelándose como un monstruo que devoraba las almas de los niños que atraía, cual bruja de Hansel y Gretel. La situación en la película de Savage es similar: Bela busca una vía de escape ante la problemática relación entre sus padres. He aquí el único diálogo sutil y con subtexto de todo el filme, cuando su madre regresa a casa y la niña comenta que «huele a otra persona». No habrá nada parecido en toda la película.
El modelo narrativo de La otra madre recuerda también al díptico Smile (1 y 2), de Parker Finn. En ambas propuestas, la entidad sobrenatural altera la percepción de la realidad de su protagonista y genera alucinaciones que se traducen en distintas set pieces de terror. Esta premisa ofrece la posibilidad de jugar constantemente con la duda de qué es real y qué no, tal y como hacía Smile. A ello se suma otra incógnita potencialmente interesante: ¿cuándo estamos viendo a la auténtica madre de Bela y cuándo a la entidad demoníaca que adopta su apariencia?
El problema es que La otra madre desperdicia ambas posibilidades. Resulta dolorosamente obvio distinguir cuándo nos encontramos ante una alucinación y cuándo no. No podemos acusar a la película de ser tramposa, pues para eso debería conseguir engañar a alguien. Y el suspense alrededor de la madre apenas existe. Jessica Chastain (Vidas perfectas) está dirigida de tal manera que resulta evidente cuándo interpreta a un ser humano y cuándo a una entidad demoníaca. Basta observar el trabajo con el rostro, copiado de otros títulos de terror, como la mencionada Smile o Us.

No podemos responsabilizar únicamente a Rob Savage de haber confeccionado una de las peores películas de terror del año. El guion, firmado por el desconocido Nathan Elston, no solo elimina algunos de los pasajes fundamentales de la novela de Malerman, sino que los sustituye por una delirante sucesión de acontecimientos absurdos. Decir que nada tiene sentido en La otra madre se queda corto. A medida que avanza la película, la sensación de pasotismo hacia absolutamente todo –la progresión dramática, la construcción del peligro o el misterio que rodea a la entidad– crece hasta el punto de hacer imposible tomarse el conjunto mínimamente en serio. La película avanza de una escena a otra como quien scrollea en TikTok: a los pocos segundos ya hemos olvidado lo que acabamos de ver.
Sería un milagro que la dirección de Rob Savage consiguiera elevar un libreto tan deficiente como el de Nathan Elston, pero nada más lejos de la realidad. El ritmo es tan atropellado, las imágenes son tan genéricas y acartonadas y el suspense tan predecible que no hay nada que hacer. Cabe incluso la posibilidad de que Savage fuera consciente del desastre que tenía entre manos y decidiera abandonarse al caos. De otro modo, resulta difícil explicar la cantidad de recursos estilísticos y narrativos empleados de forma tan aleatoria como gratuita.

Aquí se abusa del jumpscare; por supuesto, no existe recurso más simple y efectista que el susto fácil en una película de terror. ¡Dios le libre de recurrir al lenguaje cinematográfico o de construir una atmósfera! Pero quizá estemos, además, ante la película con más transiciones de toda la década. Es demencial –porque no hay otra palabra– la cantidad de veces que Savage intenta insuflar vida a la película mediante una estilizada concatenación de secuencias. Todo ello con un único objetivo: disimular lo más evidente, la absoluta falta de control y de intencionalidad.

Al final solo nos queda una salida: reír. Una risa que convierte La otra madre en una comedia inintencional. La otra opción es la muerte.
NOTA: ★½
«LA OTRA MADRE», ESTRENO EN CINES.
