Crítica de ‘Forastera’: ¿Cómo seguimos habitando a quienes ya no están?

El cine, al igual que la vida, tiene algo de fantasmagórico, una capacidad para detener el tiempo y ser narrado en pasado. Una experiencia que, en mayor o menor medida, nos lleva a preguntarnos cuánto de lo que somos perteneció alguna vez a alguien más. Con el estreno de su ópera prima, Forastera, Lucía Aleñar Iglesias se instala precisamente en esa incógnita.
A través de Cata (Zoe Stein), una adolescente que, tras la muerte de su abuela, comienza a hacerse pasar por ella, la directora construye una película sobre la necesidad de mantener cerca a quienes se van y sobre la manera en que proyectamos su presencia sobre aquello que permanece.

La película, que tuvo su estreno mundial en la sección Discovery del Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) 2025, surge del cortometraje homónimo presentado en la Semana de la Crítica de Cannes de 2020. Si bien aquellos veinte minutos ya tenían presente la idea de esas mutaciones que producen las ausencias. El largometraje recoge esa intuición y la expande, convirtiendo el duelo en una experiencia casi fantasmagórica.

Al elegir a Cata como punto de vista central, la película encuentra en la adolescencia un territorio especialmente fértil para explorar un tema tan presente en el cine como el duelo, pero desde una perspectiva menos transitada. Es una etapa en la que la identidad todavía está en construcción y en la que la imaginación permite establecer vínculos con aquello que no sabemos cómo asumir. El gesto de Cata se aleja, así, de una negación racional de la muerte para convertirse en una forma de jugar con la posibilidad de que alguien pueda seguir existiendo bajo otra forma. Su transformación representa, en última instancia, la dificultad de aceptar que la muerte pueda significar una desaparición definitiva.
Esta construcción de lo espectral aproxima Forastera a determinadas formas del cine de Christian Petzold, donde la memoria y la presencia de los ausentes alteran la percepción de lo cotidiano sin necesidad de recurrir a una explicación sobrenatural. Dialoga directamente con su último film, Espejos nº3, especialmente desde la idea del reflejo como espacio de desdoblamiento y proyección. Cata funciona, en cierto modo, como un espejo de su abuela. Está presente como ella misma, pero su cuerpo comienza a devolver a los demás la imagen de quien ya no está. La identidad queda supeditada a una idea, donde es tan solo una superficie en la que otros proyectan sus recuerdos.

Lucía despliega un exquisito ejercicio formal que acompaña y articula toda la narrativa, recurriendo a planos generales que construyen el retrato de una Mallorca idílica. Sin embargo, la aparición puntual de la cámara en mano, los desenfoques y los desencuadres quiebran esa aparente armonía visual y revelan la verdadera psicología de la protagonista. Todo ello se ve reforzado por el uso del fuera de campo que, en diálogo constante con el sonido, se convierte en el verdadero esqueleto sobre el que se sostiene la película.

El personaje del abuelo, interpretado por Lluís Homar (Los abrazos rotos), funciona como contrapunto de Cata y amplía la perspectiva desde la que la película aborda el duelo. Ambos comparten una misma pérdida, pero la experimentan desde lugares diferentes. Él parece enfrentarse a ella desde una memoria más asentada, mientras que Cata lo hace desde la imaginación. Entre ambos se establece un hilo invisible que los conecta a través de aquello que ya no pueden recuperar.
Las fricciones del abuelo con su hija, interpretada por Núria Prims (El ser querido), introducen además distintas formas de relacionarse con esa ausencia. El duelo deja así de entenderse como una experiencia común para convertirse en un proceso íntimo y particular que cada miembro de la familia atraviesa desde su propia posición. Una mirada que dialoga con películas como Los tortuga, de Belén Funes, o Lo que queda de ti, de Gala García.

En definitiva, Lucía Aleñar convierte su ópera prima, Forastera, en una experiencia sobre el duelo que trasciende la ausencia para preguntarse por las formas en que seguimos habitando a quienes ya no están. Encuentra en la mirada de Cata un territorio desde el que explorar la necesidad de prolongar al otro a través de la imaginación, reforzada por una puesta en escena que convierte los cuerpos y aquello que permanece fuera de campo en una extensión de esa pérdida. Así, Aleñar se suma a una generación de directoras como Sandra Romero, Gemma Blasco o Eva Libertad, cuyas óperas primas encuentran en los cuerpos un mapa desde el que explorar nuestras heridas.
NOTA: ★★★☆☆
«FORASTERA», YA EN CINES.
TRÁILER DE FORASTERA:
PÓSTER DE FORASTERA:

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